Mes: diciembre 2018

Un vale alarga vidas

A mi hermana le gusta mucho la Navidad, a mí nada. Le gusta tanto la Navidad que ya desde el verano empieza a hablar de la cena de Nochebuena, de qué vamos a comer y dónde la vamos a pasar. Me pone mala. Digo, cállate ya con la cenita de las narices que me atacas los nervios. Ni caso, dale y dale con la cena, con la comida del día siguiente, con la Nochevieja y con los Reyes Magos. Cuanto más habla ella de las fiestas navideñas más las odio yo. A lo mejor, si no las mencionara tanto, si dejara que se desarrollaran solas sin esa anticipación y ese regodearse con todo lo que vamos a hacer,que siempre es lo mismo, me brotaría algo de espíritu navideño, no mucho pero a lo mejor un poco, algo así como esas plantitas minúsculas que salen en la esquina de una alcantarilla. Pero es que no me deja espacio, me arrincona en una esquina y ahí aplastada por su entusiasmo me tengo que quedar, asfixiándome.

-No te gusta, no te gusta, si es que a ti no te gusta nada, ¿qué te gusta?

Un poco de razón tiene, no me gusta casi nada de lo que se supone que a uno le tiene que gustar

-¿Pero por qué nos tiene que gustar a todos lo que alguien dictó que tendría que gustarnos, quién se inventó todo esto y por qué seguimos esos ritos y tradiciones sin cuestionarlos?

-Ay, ya estás con tus preguntas, le das muchas vueltas a todo y así no se puede vivir, había pensado comprarles a las chicas unos bolsos muy monos que he visto en esa tienda nueva, ¿qué te parece? Y para los chicos, los chicos son más difíciles, yo ya no sé qué les gusta a los chicos, ¿se te ocurre algo? En Nochevieja voy a llevar a casa de Elena esos rollos de jamón y después había pensado unos patés y la ensalada de cangrejo que está buenísima, gustó mucho el año pasado.

Me baja, me baja y me hunde con sus conversaciones de menús y regalos. Me dan ganas de darle con el libro que estoy leyendo en la cabeza y que vea pajaritos dando vueltas como en los dibujos animados o luces navideñas dando vueltas, eso le gustaría. Solo que luego sigo leyendo y no le doy con el libro, entre otras cosas porque es de tapa blanda y no demasiado gordo.

Sé que ella vivirá más que yo, está claro, tiene ilusiones que la empujan de un año a otro, que la hacen ir avanzando por la escalera del tiempo y no necesita buscarlas, no tiene que esforzarse por crearlas ni defenderlas ante la mirada extrañada de los otros, son las ilusiones comunes, las que una voz que no se oye le va dictando que tenga. Y ella copia con buena letra, así no siente sola ni rara. Es feliz yendo al comprar el roscón y si hay cola, todavía más feliz. Supongo que será porque así forma parte de algo, del grupo de los que van a comprar el roscón y luego se lo comen con un chocolate que preparan ellos mismos removiendo mucho rato con una cuchara de madera. Remueven, remueven y son felices removiendo. Yo no remuevo pero en el caso de que lo hiciera sé que a la segunda removida de cuchara ya me estaría queriendo matar del aburrimiento y de la desesperación.

A ella le gusta cumplir todos los rituales sin fallar ni uno. Comprar la lotería, intercambiarla con amigos y familiares, comerse las doce uvas y llevar algo rojo puesto, dar muchos abrazos después de las doce y a continuación saltos y bailoteos felices, como si estuviera pasando algo importante en ese momento, ella se cree que está pasando algo importante. Le gusta buscar regalos para todos, los días previos se le llenan de contenido y de sentido de vivir yendo y viniendo a buscar los regalos, adora envolverlos ella misma montando un jaleo tremendo y llenando toda su casa de trastos, se divierte haciendo el trayecto hasta la pastelería más concurrida de Madrid para hacer la cola del roscón.

Por todo eso sé que ella vivirá más que yo, en nuestra familia siempre han vivido más los que hacían la cola del roscón; los que no la querían hacer, los que odiaban hacerla, los que era decir la palabra roscón y ya se alteraban, esos se murieron pronto y para colmo, algunos, antes de morirse, se volvieron locos. Será casualidad pero ahí está la estadística.

La vida es muy corta como para perder el tiempo haciendo todas esas tonterías, le he dicho a mi hermana esta mañana cuando me ha propuesto que fuéramos a buscar los regalos de los chicos. Pero luego he pensado que es al revés, la vida de los que hacen esas mismas tonterías es más larga que la de los que no las hacen. No lo entiendo.

De todas maneras he ido, ella se lo estaba pasando bien mirando esto y lo otro, estaba disfrutando, claramente. Yo padecía. Para pagar había una cola tan larga que por un momento he pensado que nos iban a pagar ellos a nosotros, a lo mejor es al final de esa cola donde te dan el vale que alarga la vida. Pues me espero. La mujer que teníamos detrás estaba hablando por teléfono sobre un tal Lorenzo que tenía depresión. Ha dicho: es que es Virgo y los Virgo son muy serios, no hacen locuras, si fuera Géminis… No he podido más y me he salido a la calle, si no me dan el vale, que no me lo den. Si me muero antes, que me muera. Mejor.

Un músico callejero conectado a una máquina de oxígeno estaba tocando el invierno de las cuatro estaciones de Vivaldi. Enfrente, sentado en un banco, un señor muy viejo aplaudía con cara de contento. Invierno no parecía esta mañana de sol. Pasaba mucha gente cargada con bolsas, pasaba mucha gente en general, he oído decir a uno, “agarra bien el bolso que las carteras vuelan” y el otro, como si fuera el teatro del absurdo, le ha contestado, “hace hoy una temperatura de lo más agradecida”.

Después ha salido mi hermana, enrojecida y satisfecha, ” ya tengo casi todos los regalos para los chicos, solo me faltan dos pero ya se me ha ocurrido una cosa buenísima, voy a ir a esta tarde”, ¿por qué te has ido, y tus regalos?,  no me digas que al final no has comprado nada, se te cruza el cable con una facilidad… O podemos ir ahora, pero estará cerrado.

“Cerrado por melancolía”, le he dicho yo recordando el título del libro que estoy leyendo. Es muy bueno, me gusta mucho ese título y también su interior.

-¿Te han dado el vale alarga vidas?, le he preguntado. No me ha entendido.
-¿ Qué dices, pero qué dices de melancolías y de vidas? Me han dado tique regalo.

Su encantadora niña

El gran hito y también tormento de cada mañana era pasar por delante de la tienda de trajes de novia y detenerse a mirar. Mónica había intentado en varias ocasiones cambiar de itinerario para evitar el momento tul ilusión, pero Lucía protestaba y tiraba de su brazo, reconduciéndola. Sabía perfectamente dónde estaba situada, cómo para no saberlo, era una tienda enorme, hacía esquina y en sus grandes escaparates se exhibían los, para ella, espantosos vestidos blancos y largos, como de princesa trasnochada. La niña se paraba extasiada, algunas veces hasta se llevaba las manos a la cara como no pudiendo creer que en el mundo existiera tanta belleza.
Quiero ese, dijo esa mañana heladora, señalando con su dedo forrado de lana el vestido más recargado de todos, un auténtico merengue lleno de encajes y falsas perlas brillantes. Sus gustos nunca eran sencillos.
No puede ser, le explicó ella, son de mayor, para casarse. Los que estén por la labor de casarse y con esas pintas, que ninguna de las dos cosas son necesarias, añadió después.
Quiero casarme ya. Con el disfraz de princesa. Y para que quedara clara la emoción que tal anhelo le producía dio tres saltos, se puso en puntas y ejecutó con los brazos en alto uno de los giros que había aprendido en las clases de baile. Qué horrible niñita, ¿será posible que tu propia hija te caiga mal? Sí, debe de serlo porque a ella, en ese momento, su querida hija se le estaba atragantando. Mónica sintió una punzada de culpa mezclada con unos cuantos interrogantes, ¿a quién se parecía esa niña, quién le había metido esas ideas tan rancias en la cabeza? Ella, desde luego, no. Más bien trataba de inculcarle las contrarias.
En el colegio les habían pedido a los padres que, antes de las vacaciones navideñas, cada niño llevara su libro preferido para leer en clase. Mónica le había propuesto que eligiera el titulado, “Paula tiene dos mamás”, pero a la niña no le resultó nada atractiva esa historia y se empeñó en escoger “La sirenita”. No hubo forma de que cambiara de opinión, si ser tozuda es una virtud, esa virtud la tenía. Mónica trató de explicarle que Ariel era una moñas a la que no se le había ocurrido nada peor que renunciar a su identidad por amor. Enamorarse está muy bien, le dijo mientras se cepillaban los dientes, pero nunca tienes que dejar de ser tú ni renunciar a nada por un hombre, ¿lo entiendes? Te puedes enamorar y te enamorarás pero no dejes de ser tú misma.
Lucía, con la boca muy abierta, el cepillo detenido en el aire y una gota de pasta babosa chorreando por su barbilla, parecía estar asimilando un discurso difícil de digerir. No dijo nada, pero antes de irse a la cama guardó el cuento de La sirenita en el fondo de la mochila para asegurarse de que al día siguiente sería Ariel la que iría con ella al colegio y no Paula y sus dos aburridas madres.

Mónica había hablado bastantes veces del tema de los gustos y aficiones de Lucía con el padre, por teléfono casi siempre porque cuando se veían en persona era durante muy poco tiempo y la niña estaba delante, pero él no le daba importancia a lo que a ella le preocupaba. Decía que ya se le pasaría, que solo era una niña, que había que dejarla que tuviera sus propios intereses y que, poco a poco… poco a poco se ha ido llenando de estereotipos de género obsoletos, pensó con rabia mientras cruzaban la calle y apretaba, sin darse cuenta, la mano de su hija con demasiada fuerza.

Me haces daño, lloriqueó Lucía, zafándose de la garra dominante y echó a correr en dirección al colegio donde tres de sus amigas ya la estaban esperando junto a la puerta. Sororidad, pensó con cierta felicidad Mónica al contemplar cómo las tres niñas se abrazaban. Al momento se pusieron a ejecutar una coreografía extraña, con movimientos de caderas y contoneos supuestamente seductores. Eso ya no le hizo tanta gracia. Los pitidos de coches de cada mañana, las prisas…se fue enfadada al trabajo pisando una alfombra de hojas sucias y resbaladizas. Por la otra acera un hombre vestido como para ir a la guerra las estaba aspirando con unos tubos muy ruidosos.

Por la noche, mientras las dos cenaban, la niña se la quedó mirando con fijeza. A Mónica le daba miedo cuando la examinaba así, era muy crítica con su aspecto físico ¿Se puede saber qué me miras tanto? Mamá, déjate el pelo largo, podrías hacer un anuncio de champú, de esos que mueven el pelo así y así y giró la la cabeza a un lado y a otro como si agitara una melena imaginaria.

El aspecto físico no es lo importante, Lucía, y cómete el pollo de una vez, que lo estás mareando. Lo importante son otras cosas,¿a qué te gustaría dedicarte cuando crezcas?
Quiero comer pipas sentada en un banco con mis amigas y luego ir toda la noche a la discoteca.

Eso no es una profesión, me refiero que en qué quieres trabajar.
Quiero ser la novia del vestido de esta mañana o lo de la abuela, que está en su casa con el gato.

Otra vez la punzada de culpa, ¿cómo le podía caer tan mal su encantadora niña?

Un baño de bosque

Ya que tiene que estar tantas horas en esa garita la ha ido poniendo acogedora, decorándola a su gusto, poco a poco. La mesa está cubierta por un mantel de flores que encontró por casa, así no se ve lo vieja que es, y al lado del calendario con imágenes de los parques naturales de Chile, ha colgado un reloj redondo que parece de estación de tren. Utilidad no tiene porque al segundo día se paró en las cuatro y media, pero si lo quita se ve un círculo blanco que delata la suciedad de la pared. Si quiere saber la hora consulta el móvil, aunque ya tiene comprobado que es mejor no mirar demasiado porque entonces el tiempo, como si se supiera vigilado, se atasca.

Le pasa lo mismo que a él cuando se le coloca detrás el jefe para hacerle el seguimiento. También se atasca y se tropieza y no será porque no se conozca el territorio. Tiene inventariado cada desconchón del suelo, cada grieta y cada mancha. Hay muchas, el don Luis no se gasta un euro en mantenimiento, es rata como él solo. Hasta un agujero tiene el suelo y por ese agujero, cuando está en la planta segunda, ve aparecer a primera hora las suelas de los zapatos del don Luis. Es ver esas suelas y algo le pasa en el estómago, le entra un hambre rara, una necesidad de comer algo mezclada con angustia. Vacío doloroso lo llamó la doctora y le dijo que se tenía que hacer una endoscopia. No se la ha hecho.

Como hoy es domingo las suelas de los zapatos no van a aparecer por el agujero. Aun así, no puede evitar mirarlo con recelo, como no puede evitar que las palabras que le dijo ayer le estén dando vueltas por la cabeza como uno de esos moscardones que no hacen más que zumbar y estrellarse contra los cristales. Ahora resulta, después de tanto tiempo, que no le gustan sus decoraciones, como si las acabara de ver.
“Pero hombre, José Ángel, ¿qué me ha puesto ahí?, ese mantel florido y ese reloj… que no está usted en el salón de su casa, por Dios”.
“Tacaño, súbame el sueldo”, pensó él. La de veces que se lo ha pedido, que lleva catorce años cobrando lo mismo, pero él ya tiene la respuesta preparada y como si fuera una máquina, con la misma vocecilla cargante, una y otra vez le suelta, “¿se lo bajé acaso cuando llegó la crisis? No, se lo mantuve. Lo uno por lo otro y quite esos aderezos de una vez, que esto es un parking”
Aderezos, como en las ensaladas, pues no los piensa quitar. Se sienta tras la mesa, clava los codos sobre el mantel florido y enciende la radio. Empieza el programa que le gusta. Una mujer de voz muy dulce dice,”la luminosidad parece brotar del suelo. Viajamos al interior de la fronda. Todos nuestros sentidos están para ser despertados, un nuevo mundo surge a nuestro alrededor”. De fondo se escuchan pájaros, crujir de hojas, frote de ramas. Entrecierra los ojos.

Cuando se jubile, y solo le falta un año, se va a pasar los días dándose baños de bosque, pero verdaderos. Por el momento sigue adentrándose en el de la radio a través de la voz de la locutora. Lo malo es que al viaje se ha apuntado, sin que nadie le invite, el don Luis, lleva traje y corbata y los zapatos de siempre con esas suelas de marcas onduladas para evitar resbalones, “tuve que echar a su hijo porque a su hijo no le gusta trabajar, es muy vago, yo en mi negocio solo quiero gente a la que le guste trabajar, ¿cómo le salió tan vago?”, va diciendo mientras pisa la tierra húmeda con aprensión de hombre urbano acostumbrado solo a la dureza del asfalto.

Eso es mentira, le contesta él, hundiendo con placer las botas sobre las hojas mullidas, no es vago, lo que pasa que no se calla, protesta cuando tiene que protestar, cuando algo es injusto o está mal y eso es lo que usted no ha podido aguantar, que le lleven la contraria”. Se ha ido haciendo de noche y la locutora les avisa porque, si están atentos, tal vez puedan ver y oír a la dama de noche, la misteriosa lechuza blanca.

Al don Luis poco le interesa la lechuza ni que cada vez vayan quedando menos, él solo quiere saber quién ha sido el que ha escrito cabrón en su capó. Cuando se trata de su coche se vuelve obsesivo, con los de los demás, los golpes son tonterías sin importancia.

Abre los ojos, está harto de ese paseo imaginario en el que se ha colado el jefe. Cuatro y media en el reloj redondo de la pared, once y media en el móvil. Todavía las once y media. Un año para jubilarse, para vivir de verdad. Siente el vacío doloroso en el estómago, ¿y si no llegara a tiempo al bosque? Se mete en la boca tres almendras y las mastica mientras contempla en el calendario una foto de un lago. Chungará, así se llama.