Día: 21 enero, 2019

El paquete equivocado

Voy a tener que darle la razón a  Petronila, el “todo llega” no es más que una frase hecha. Todo no llega, al menos no todo lo que queremos que llegue ni a su debido tiempo. El encargado de  los repartos se distrae mucho por el camino y para cuando recibes el paquete ni te acordabas de que lo habías pedido y lo más seguro es que  ya no te interese. Eso por no mencionar la de veces que se equivoca entregando envíos no requeridos, muchos de los cuales no solo no  quieres sino que te disgustan o hasta repugnan.

Mi prima, por ejemplo, lleva gran parte de su vida esperando una revolución en condiciones con la que cambiar el mundo. “No es locura ni utopía, es justicia”, dice ella. También lo dice una pintada en un muro  muy cercano a su casa,  así que no sé si ha plagiado al muro o ha sido el muro el que ha plagiado a Petronila de tanto oírla al pasar. Porque antes de recibir el paquete equivocado pasaba mucho por ahí delante,  rumbo a toda protesta o manifestación que se convocara. Es que ni una se perdía.

En una de esas se hallaba cuando le cayó el regalo no solicitado. Dentro,  la enfermedad misteriosa. El caso es que entre el jaleo de gritos, palmas, batucadas y silbatos, escuchó una voz muy antipática que le decía, “a casita que llueve, Petronila”. Un poco desconcertada miró hacia ese cielo de Madrid que de cerca parece puro azul,  pero que de lejos es un borrón marronoso, y aunque no vio a nadie, contestó por si acaso, “¿tú eres idiota o te lo haces?, ni llueve ni me pienso ir a casa. Sa-ni-dá-pu-bli-cá-nosevende sedefiende”.

Al terminar de decir “sedefiende”, la Misteriosa utilizó  otro tipo de lenguaje más  violento y contundente. A Petronila no le quedó más remedio que doblegarse ante el dolor y se arrastró hasta la calle Bremen con su pancarta de retirada barriendo el sucio suelo.

Pero antes  de confinarla de forma definitiva, la Misteriosa se le apareció más veces, todas ellas mientras estaba entre gentíos protestando a los gritos pelaos por alguna justa y necesaria causa. En todas las ocasiones oyó la misma vocecilla odiosa, “a casita que llueve” y después, para que viera quién mandaba,  le arreaba  una buena dosis de dolores surtidos.

La última de esas veces,  Petronila, derrotada ya, abandonó  la manifa (así las llama ella), pero antes de meterse en casa se dejó caer (literalmente) en “Ponte guapa”, la peluquería de su calle. Derrumbándose sobre uno de los sillones, le dijo a la peluquera Rosi, “córtame el pelo todo lo contrario a como ahora lo llevo y que sea rápido porque creo que me estoy muriendo”.

Ya, objetó  Rosi, sin apresurarse lo más mínimo, (no es mujer a la que le impresione la muerte súbita de ninguna clienta), pero es que lo llevas corto y todo lo contrario sería largo, de corto a largo no puedo pasar, me pides un imposible.

“No es locura ni utopía, es justicia social”, contestó mi prima sin saber ya ni qué decía.

Vale, dijo Rosi, pues te pongo unas extensiones.

Desde entonces, Petronila ha pasado de ser una mujer  de pelo corto con un rostro rozagante y plena de salud y energía, a ser una mujer exactamente igual pero con el pelo largo y sin salud ni energía.

En la peluquería de Rosi hay un cartel que dice, “cuando una mujer se corta el pelo es que quiere cambiar de vida”

Ni lo uno ni lo otro me ha pasado a mí, dice mi prima. El pelo me lo he alargado y en cuanto a cambiar de vida, sí, pero  no ha sido queriendo, ¿te puedes creer que estoy tan desesperada que hasta leo poesía, como tú?

La verdad es que me cuesta creerlo,  más allá del “ito, ito, ito, que se caiga el pajarito”, en referencia al helicóptero que vigila las protestas o el “un bote, dos botes, corrupto que el que no bote”,  nunca había oído yo salir rima alguna de sus labios.

Y sin embargo, el otro día, en uno de nuestros paseos por el Desmochao, Petronila se sacó un libro de la manga del abrigo y me leyó este poema:

“Estás enferma, ¡oh rosa! El gusano invisible que vuela, por la noche, en el aullar del viento, descubrió tu lecho de alegría escarlata, y su amor sombrío y secreto consumió tu vida”.

Mira, Petro, solo un gradito, dije yo señalando los números rojos del alto edificio por desviar la conversación de tan siniestro poema agusanado.

Qué pocos, dijo ella, tengo frío y escalofríos.

Brliiii, bri  brlriiii, añadió uno de los mirlos.

Sube un momento a casa que te quiero hacer un regalo, me ofreció Petronila guardándose el libro  de nuevo en su manga.

Esta me va a dar la ropa que ya no se pone, qué bien, tan contenta subí en el ascensor haciéndome mis conjuntos mentales. Pero no era eso, no era eso lo que quería darme.

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