Día: 28 enero, 2019

¡Grita! , tú que puedes

Si el orden de una casa refleja el de la mente de su poseedor, Petronila está como una regadera. Pero si el desorden  lo que  refleja es una pensamiento de altas miras que sobrevuela las nimiedades cotidianas, Petronila se merece un premio Nobel. En qué categoría, no lo sé todavía.

Con los pies, (a patada limpia),  iba apartando cosas esparcidas por el pasillo, trazando así un camino por el que poder transitar. Por ese sendero fuimos mientras ella se excusaba, “esto han sido los gatos, no los puedo dejar solos porque mira tú”.

Tiene dos gatos machos, o tenía, ahora lo que tiene son dos gatos eunucos. Según ella, no ha quedado más remedio,  ha sido por su bien, para evitarles riesgos, todo el que tiene mascotas lo sabe. Pero a mí, que no tengo,  me parece una crueldad. Los gatos me  dan alergia, así que cuando voy los encierra en un cuarto. Ahí se quedaron los pobres castrati, tras la puerta, arañándola.

En este armario está el regalo que te voy a dar, me dice muy ceremoniosa. Me hizo pensar en nuestra abuela que cada cierto tiempo nos convocaba a todas las nietas para hacer el reparto de su joyero. Sacaba con mucho teatro las cuatro joyas que tenía y nos las iba entregando con parsimonia y cara de “más generosa no puedo ser ya, bonitas, tenéis una abuela que no os la merecéis”. A la media hora  echaba muchísimo de menos sus riquezas y  nos perseguía para que se las devolviéramos. El joyero regresaba a su cajón, lleno de nuevo,  hasta el próximo arrebato  ( corto) de desprecio por lo material.

Se lo recordé: a ver si vas a tener el gen de la abuela que primero nos daba y al rato nos quitaba, lo que me des que sea de verdad.

De verdad va a ser, pero si más adelante lo puedo usar porque me recupero, te lo pediré,  es como un préstamo, dijo abriendo el armario y provocando un alud. Todo lo que allí había, y había mucho, escapó en tromba de su encierro: una escalera, un tendedero pleglable,  abrigos variados, mochilas, zapatillas de correr,  un saco de dormir,  una taladradora y unos palos con unos trapos enrollados.

Atrapó al vuelo dos de esos palos y me los colocó amorosamente sobre los brazos como si quisiera que los acunara.

Este es tu regalo, te estoy pasando el testigo, ¿te emociona? Confío en que no te comportes como cuando éramos pequeñas y jugábamos a carreras de relevos, siempre te caías y perdíamos por tu culpa. Nada de caerse que esto es serio. Tengo muchas más pero te doy estas dos al azar para que vayas empezando.

Por si todavía no lo has adivinado son mis queridas pancartas, quiero que ocupes mi lugar en el activismo social. También te he preparado un calendario de manifestaciones y protestas. La primera la tienes mañana a las once en la puerta del Sol. Es para reclamar la renta mínima.

Y por favor, por favor,  no repitas esa conducta tan tuya de irte a mitad del juego y ponerte a perseguir mariposas, a  oler flores  o a abrazar árboles. Tienes que involucrarte, llegar hasta el final,  formar parte. Hazlo por mí, hazlo por el mundo. Y si algo se tuerce, no llores. Ahora, adiós, la Misteriosa me está diciendo que me quede quieta en el sofá, que me tome un analgésico y que lea poesía.

Ya voy, Misteriosa, ya voy. Gatos,  os libero, que mi prima la alérgica ya se va.

Mucho os libero pero bien que los ha capado, si eso es liberar que baje el dios gatuno y lo vea.  Ya en la calle Bremen, no muy emocionada, me senté en  una pequeña plaza y desplegué las pancartas para ver qué mensajes iba a tener que portar en beneficio del mundo.

Es muy grande el mundo y me da miedo, ahora que mi prima no me oye.

El primero decía, “dignificación de esta profesión”. Muy genérico,  vale para todas, a ver qué trabajo no necesita ser dignificado.  El otro era más expresivo y bastante más concreto.   Unas letras muy grandes y de color rojo gritaban más que decían “estamos hasta las tetas de haceros las croquetas”.

Qué vulgarcita me has salido, prima Petro.

Desde su peluquería, Rosi levantó el pulgar no sé si en señal de adhesión al mensaje  o porque tenga ella ese tic nervioso.

Enrollé de nuevo las pancartas y  me encaminé hacia donde la luna me quisiera llevar, que fue la boca de metro más cercana

En ella me metí cual si fuera la del lobo con muy pocas  ganas de hacer lo que Petronila me había encomendado, más me apetecía hacer lo que le había encomendado a ella la Misteriosa.Tenía la esperanza de que, al igual que nuestra abuela, se arrepintiera  y me pidiera que le devolviera  su cutre regalo.

En casa las metí debajo de la cama y me puse a hacer la cena. Croquetas no, me dio no sé qué.

Un mensaje de guasap interrumpió mis  artes culinarias: “no te olvides, mañana a las once y media en la Puerta del Sol  ¡Grita!, tú que puedes.

Con lo que odio gritar y la Puerta del Sol. Ya veremos, Petronila.

 

 

 

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