Mes: febrero 2019

El queso, la prisa, las gafas

La señora y el señor Certal han quedado con su hijo en el café de la plaza para desayunar. Caminan bordeando el parque, despacio, cogidos del brazo. Es un sábado de invierno lleno de sol, con una luz que parece hecha de  hielo, muy  poca capacidad para calentar pero mucha para deslumbrar. Él está bastante sordo pero ya antes de perder gran parte de la audición era invulnerable a los ruidos.  Ella oye muy bien, más de lo que quisiera. Las obras, los coches, los ladridos de los perros, los gritos de los vecinos…el follón, así lo llama. Qué follón, qué follón y se tapa los oídos. El señor Certal  ni se inmuta pero  es que él no se inmuta casi nunca y por casi nada. Después de tantos años juntos , ella a veces piensa que no lo conoce de nada, es un ser misterioso con el que convive, junto al que duerme.

El parque está casi vacío, solo hay un chico con tres perritos blancos  a los que  está lanzando una pelota verde de tenis, los perritos se tiran a por ella muy contentos y la muerden y se la disputan.  Saltan ellos y la pelota también.

-Mira, mira, qué graciosos, le dice ella a él.

-Los perros, contesta él.

Un poco más adelante ven a un hombre de pie entre dos bancos, va vestido como si viniera de una fiesta o como si estuviera a punto de ir a una,  lleva en la mano una rosa envuelta en papel de celofán y se ha colocado en dirección al sol con los ojos entrecerrados.

-Es raro ese hombre, parece un resucitado,  le vuelve a decir ella a él.

-El hombre,  contesta él.

La señora Certal se está enfureciendo  pero, como si viniera volando para apaciguar su mal humor, se le presenta un  queso que acaban de ver en el escaparate de una tienda, el mismo que suelen comprar en otro lado, pero mucho más barato. Lo dice:

-Ese queso es igual que el que compramos, pero aquí está mucho más barato, recuerda que nos llevemos uno antes de irnos”.

El queso, dice él haciendo de agenda humana. Y se pone a mirar los árboles de la plaza, los han  podado tanto que parece que tienen muñones en vez de ramas.

-Nos ha saludado ese, el de las gafas, el que viene de frente, le avisa  ella en ese instante  apretándole el brazo en un pellizco

-¡Qué pintas de fantoche con esas gafas de sol!, ¿quién es?

-Tu hijo, contesta el señor Cristal con la misma entonación  con la que dijo ” los perros, el hombre y el queso”

-Es que me da el sol que me deslumbra y además, es que lleva unas vestimentas…

-Las de la bici, se ve que luego va a montar, es lo que le gusta a él, lo de la bici y el monte.

Se besan  y entran los tres en el café de la plaza.

-Yo solo voy a tomar un café, no quiero comer nada. Tengo prisa, dice el hijo.

Prisa, prisa, piensa la señora Certal,  este siempre tiene prisa, para un rato que nos vemos y ya se está queriendo marchar. El señor Certal  no dice nada, ha conseguido sentarse en la mesa en la que da el sol y está disfrutando de su calor mientras sigue analizando el podado de los árboles, él no le hubiera metido tanto la tijera, a ese del medio se lo han cargado para el verano, no va a dar ni gota de sombra.

-Qué follón hay aquí, yo no sé por qué grita tanto la gente, ¿por qué gritan tanto?, dice la señora Cristal, tapándose los oídos.

-No gritan tanto, contesta el hijo, lo normal en un bar, hay gente y hablan. Nosotros también hablamos

Si tú lo dices…piensa ella con un poco de rabia observando su atuendo deportivo. Esos pantalones tan ajustados, ¿serán buenos para circulación?, mira que si se le recuecen sus partes y ya no puede tener más descendencia… Un nieto me gustaría, ya tenemos a las dos niñas pues, ahora, un niño.

Todavía no han empezado a poner ni la mermelada en el pan  y ya se ha bebido el hijo el café de un trago, lo mismo hasta se ha quemado la garganta.

-¿Y qué?, dice el señor Cristal, ¿te vas ya a la bici, monte arriba?

-No, todavía no, tengo primero que hacer unas compras y después ir a recoger a las niñas que están en los ensayos de baile, luego las llevo a casa y de allí me voy.

Al decirlo pone cara de nerviosismo y empieza a mover pierna como si ya estuviera pedaleando cuesta arriba, después tabletea con los dedos sobre la mesa y al momento anuncia, “me voy que se me hace tarde, como vosotros no tenéis nada qué hacer en todo el día…”

Lo ven cruzar la plaza a través de la ventana hasta que se pierde de vista por detrás de la panadería.

Los árboles, dice el señor Certal, señalando las ramas mutiladas.

El queso vuelve volando hasta la cabeza de ella y allí aterriza, disipando un poco el malestar por la desaparición del hijo.

-Pero que mucho más barato aquí y es el mismo queso,  ¿y para qué viene si tiene tanta prisa? Ni le he conocido de frente con esos atavíos del deporte y esas gafas de colores.

-El queso, la  prisa, las gafas,  resume él,  da un sorbo a su café y se pone a enrollar el sobre vacío del azúcar.

 

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Flor de almendro (Una foto de Esme)

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Anda que…ahora me sale con Petronila. Me cae fatal ese personaje nuevo y advenedizo. Y su prima peor. Por eso esta mañana ya no aguantaba más y me he escapado. Mis pasos errantes me han llevado hasta mi antigua sede empresarial, un quiosco en mitad de un parque. El quiosco no estaba, como si nunca hubiera existido. Qué desolación pensar que lo que existió ya no existe o, peor,  que todo no fue más que un sueño, el delirio de una mente perturbada.

A cambio y como premio de consolación,  me he encontrado con esta flor de almendro.La primera de la temporada, la primera para mí, por lo menos. Y para que me queráis más que a Petronila y a la tonta de su prima, os la regalo.

Y también os dejo este párrafo de “La vida es sueño”, de Calderón de la Barca, pa culta y leída yo, atentos que va:

“Fantásticas ilusiones que al soplo menos ligero han de deshacerse como el florido almendro, que por madrugar sus flores sin aviso y sin consejo, al primer soplo se apagan marchitando y desluciendo de sus rosados capullos belleza, luz y ornamento. Ya os conozco, ya os conozco, y sé que os pasa lo mismo con cualquiera que se duerme. Para mí no hay fingimientos que desengañado ya, sé que la vida es sueño”.

Vale, sí, lo acabo de copiar de google, no es que me lo supiera de memoria pero eso, ¿qué más da?, parece que Calderón me haya leído el pensamiento, en realidad se lo he leído yo a él y luego me he dicho, “justito lo que yo estaba rumiando, Calderón”

Solo me alegra pensar que la prima de Petronila se ha atascado con esta nueva y aburrida historia y la va a dejar inacabada, como suele. A lo mejor tiene la esperanza de que venga un robot a terminársela como a la sinfonía de Schubert. Sí, hombre, van a perder el tiempo con tonterías los robotes o roboses, como se diga de las dos.

Qué bonita es la flor, ¿verdad? Al que diga que no me lo cargo.

Adiós. Volveré.

Un balcón mudo y ciego

Al salir a la superficie no vi manifestación alguna, pero sí al ratón Mickey dando saltitos y persiguiendo viandantes para que se fotografiaran con él a cambio de unas monedas.  Por la acera de enfrente hacía lo mismo su novia Minnie  y un poco más lejos Mario Bros, el de los videojuegos. Se juntaron los tres un breve momento, se dijeron algo, seguramente que la mañana estaba floja, o que como se acercara Pocoyó a su territorio sería linchado y de nuevo se dispersaron.

También persiguiendo viandantes circulaban en parejas las gitanas de la rama de romero y los captadores de ONGs, chalecos reflectantes y sonrisas tensas.  Dos policías a caballo vigilaban algo  con cara de aburridos. Ese algo tenía que ser la manifestación. Me acerqué un poco y sí, más o menos. Un pequeño grupo con unas cuantas pancartas estaba gritando. Los gritos los dirigían hacia uno de los balcones del edificio del reloj, el que da las campanadas en Nochevieja. Parecían tener la esperanza de que  al mismo se asomara algún mandatario a saludarles primero y  a decirles después  que tenían toda la razón y  que sus peticiones les serían concedidas.

Lo que pedían era muy básico: comida y techo. Eso mismo estaba escrito en  una de las pancartas, “comida y techo son derechos”. De vez en cuando y sin dejar de mirar al balcón  reclamaban la renta mínima, como si desde allí se la fueran a lanzar.  El balcón siguió cerrado, mudo, ciego,  antipático.  La pancarta principal la sostenían entre tres, el del centro era un hombre muy viejo y escuálido, en su cara había mucha tristeza pero también una pequeña luz de ilusión. Tal vez ese día se sentía acompañado y protegido.

Estuve un rato haciendo bulto hasta que un grupo de turistas japoneses se acercaron para hacernos una foto. Como lo último que quiero es que alguien en japón pueda reconocerme, me escabullí y seguí mi camino ¿Cuál es el origen de la vida?, ¿es posible un matrimonio feliz? , preguntaban desde unos cartelones los Testigos de Jehová. No sé si saben la respuesta y desean compartirla o es que no la saben y como les preocupa mucho se pasan toda la mañana de pie,  esperando a que pase el que lo sepa y se lo diga.

En un rincón, junto a las esculturas humanas que hacen equilibrios,  un  hombre con un acordeón y un único diente perdido en su boca tocaba una melodía muy triste. Tan triste como todo me estaba pareciendo. Ahora sí tenía ganas de gritar, pero más bien un grito al estilo del cuadro de  Munch, solitario y desesperado.Cuando volviera  a ver a Petronila le diría que se fuera buscando otra sustituta.

Seguí caminando un rato, llegué hasta la calle Pintor Rosales, al final se ve la sierra. Es lo que más me gusta de Madrid, lo que se sale de ella, lo que ya no es ella. Me quedé un rato mirando las montañas, eso siempre me tranquiliza. Tranquilizándome estaba cuando un dedo tocó mi espalda. Qué casualidad, era María Prado, una de mis compañeras del taller literario. Al momento nos pusimos a criticar a  Luis Buñuel  pero en cuanto liquidamos nuestro único punto en común, se creó uno de esos silencios tensos, ya no teníamos nada más que decirnos.

Bueno, pues me voy, que empieza el año  del cerdo, símbolo de alegría y fertilidad, de honestidad y de ingenuidad, le dije para escapar.

¿Eres cerda?, me preguntó  utilizando el lenguaje inclusivo, la muy idiota.

No, soy dragón o dragona, como más te guste,  le grité ya escapando, ¿y tú?

Y mientras ella gritaba “rata, rata”,  me alejé sin poder dejar de pensar en la cara del  hombre viejo del centro de la pancarta y en el balcón discapacitado.