Mes: febrero 2019

Breve

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Petronila se lamenta, Ceferino llega

Espera que me siente que estoy derrengada, contestó  Petronila   dejándose caer sobre su sofá, (bastante sucio, todo hay que decirlo). Dio dos palmadas en el asiento vacío a su lado para indicarme que me ahí me aposentara, se levantó una educada nube de polvo para dejarme sitio  y me senté en su lugar. A continuación, Petronila se explayó, lo que quiere decir que se hizo extensa playa  y se puso a hacer recuento de sus numerosos granos de arena.

-Ay, prima mía, la enfermedad no es solo mala por el sufrimiento físico que acarrea, también lo es porque te separa de los otros, te aleja, te aparta, te encierra en el guetto de los no sanos. Es difícil comprender a un enfermo cuando tú no lo estás. Estamos solos, más solos de lo que ya estáis todos los demás. Al principio puede que sí, te acompañan, se solidarizan, te quieren ayudar y hasta te comprenden pero a medida que el tiempo pasa pero no la enfermedad, se cansan. Sobre todo si lo que tienes es una misteriosa que no da síntomas externos, empiezan a sospechar que eres tú la  culpable de lo que te está ocurriendo. Te dicen frases odiosas como “esto te hará más fuerte”, ¿más?, pero si yo ya era muy fuerte. “Esto te hará valorar más la vida”, pero si yo siempre la he valorado, “tienes que tener paciencia”, tus muelas con la paciencia y, la peor, “¿no será lo tuyo una cosa de coco?, anda, anímate” Como si el coco no fuera parte del cuerpo, como si los que padecen alguna enfermedad mental pudieran hacer algo para no padecerla, emplear su fuerza de voluntad para curarse. Y además, ¿qué pasa si no me quiero animar, qué si prefiero darme de cabezazos contra la pared?, eso es cosa mía, ¿no te parece?

Pero no me dejó expresar mi parecer pues siguió hablando:

-Si te quejas, aburres a las ovejas, y si no te quejas te sientes muy sola encerrada en un cuerpo que se ha empeñado en torturarte, ¿por qué, por qué este cuerpo mío se me ha puesto en contra? Ya no lo quiero, vete de mí, cuerpo, pero entiéndeme, sin irme yo. A ver si por decirle esto se va a ir de verdad, me quedo sin vehículo y tengo que salirme del todo de la carretera. La carretera es la vida por si no lo habías pillado que te veo con hoy con cara de estar pensando en otra cosa, ¿en qué estás pensando? No me lo digas, será alguna tontería.  Y para colmo de males, se acerca el ocho de marzo y yo sin poder ir a la manifa feminista, con lo que me gusta hermanarme y sororarme vestida de morado. Menos mal que te tengo a ti para suplirme, ven que te dejo mi camiseta, venga, vamos, ¡ay, cómo me duele todo cuando me levanto!, me parezco a la tía Presen, ¿a qué sí?, te acuerdas cuando nos decía, “me duele desde el dedo gordo del pie hasta el último pelo de la cabeza”, lo que nos reíamos de ella. Pues ya ves. Y ya ves también la chapa que te he metido por preguntar,  ¿a qué estás cansada de mí? No me respondas hoy que tengo mal el ánimo, deja la sinceridad para otro día.

Para otro día la dejé y  en silencio la seguí por el pasillo en busca de la camiseta.  La nube de polvo, muy sociable,  también nos seguía doquiera que fuésemos. En ese momento, se oyó una llave girando en la cerradura, unos pasos, un ¡hola, hola!  Era Ceferino (nombre ficticio). Iba a decir  era Ceferino el marido de Petronila,  pero  a ella no le gusta que lo denomine así,  no están casados. Ya desde pequeña era muy contraria al maridaje, ¡que no me caso y que no me caso!, gritaba de repente  en mitad de un escondite delatando su posición, la muy tonta. Pero era verdad,  no se casó. Entonces a Ceferino, con quién convive desde hace la torta de años y con quién ha tenido dos hermosas vástagas, podríamos llamarlo, para entendernos, su pareja o parejo. De la idiosincrasia del parejo  os hablaré en próximas entregas, si es que las hay ¡Qué palabra!, idiosincrasia.

Homo homini lupus, dice María Prado

En el taller literario ya se han formado patrones. En realidad se formaron desde el primer día solo que ahora están ya reforzados y cimentados. Esto ya no hay quién lo mueva. Resulta curioso observar cómo nos colocamos todos y empezamos a desplegar nuestras personalidades dentro de los grupos. A veces parece una maldición de la que no se puede escapar. Se empieza por el lugar elegido para sentarse, no es algo inocente escoger una silla o la otra, la primera o última fila, una esquina o el centro. No sólo ya nos estamos definiendo con esa elección primera, es que ya no vamos a poder cambiarla porque los otros defenderán sus puestos.

Pese a ser un grupo pequeño y compuesto por adultos, se han reproducido los elementos típicos de las clases del colegio. Hay un pelota, una alumna aplicada, un silencioso, una líder, un protagonista, unas cuantas revoltosas habladoras, unos pocos sin definir para formar masa y algún despistado que pasa por ahí, entra un rato, escucha, nos mira raro (no me extraña) y se marcha.

Uno de los que más ha leído sus escritos es el pelota. Buñuel parece no darse cuenta de que está siendo víctima de un adulador, se cree que cada vez que el otro dice, “fabuloso, magnífico, impresionante o me has emocionado hasta la médula” es porque lo siente y piensa de verdad y se pone tan contento.  Tan, tan contento, que le cede un rato la palabra. El pelota, que se llama Nuño, tiene fijación  con la tauromaquia y sobre ella escribe siempre.  En el trabajo que leyó el otro día terminó diciendo que se emocionó tanto en la lidia (supongo que también hasta la médula) que por las mejillas le rodaron lagrimones. Para lagrimones los que le rodarían al toro, pero en fin. Después de los lagrimones leyó como aderezo una cita de Hemingway, de la que no me acuerdo porque me puse a mirar por la ventana. Se ven árboles.

Cuando alguien termina  de leer, aplaudimos. Da igual que no nos haya gustado nada, es una de nuestras costumbres de grupo ya cimentadas y consolidadas y que nadie nos la quiera quitar.  El único que no aplaude es LB que se queda con un dedo delante de la boca y la cabeza ladeada pensando sus veredictos. Hasta el momento siempre habían sido muy favorables para con Nuño.

Buenísimo, dijo LB, después de la cita y Nuño, que suele adoptar una posición de alumno sumiso, con la cabeza gacha, la  alzó , reconfortado.  Buenísimo me refiero al pensamiento de Hemingway, lo tuyo está fatal, de desastre. Reescribe, reescribe. Os lo digo siempre, hay que tirar mucho, hay que borrar, hay que…

Gracias, gracias, dijo Nuño haciendo una especie de reverencia.  Con la crítica es como se aprende, me alegro mucho de que me hayas criticado. Y antes de volver a su sitio se excusó para salir un momento. Sospecho que estaba por los pasillos clavando banderillas imaginarias en el cuello imaginario de LB.

A continuación y por primera vez me tocó leer. Me puse tan nerviosa como si estuviera robando en una casa y acabara de oír pasos, los del dueño que volvía. No es que me dedique al robo de viviendas pero me imagino que la sensación de adrenalina disparada tiene que ser parecida a cuando uno lee  en un taller literario. O puede que  los ladrones, sobre todo si ya tienen largos años de práctica, bostecen mientras desvalijan,

Leí la primera parte de mi prima Petronila, lo de su enfermedad misteriosa y todo eso. Al terminar,  LB dijo, “psssssss,  no está mal, pero tampoco bien, no dice nada esencial,  tienes que ir más al fondo del personaje, mucho más, siempre hay que bucear, entrar donde no está permitido, decir la verdad que nadie se atreve a decir, eso que todos pensamos pero que callamos por convención social”. Eso me gustó,  como si Petronila fuera una cueva inexplorada y yo su descubridora, lo malo es si me quedo encerrada en la cueva como les pasa a algunos que se arriesgan mucho y luego menudo lío que se monta para ir a rescatarlos. Bueno, claro, son símiles, a LB le gusta mucho utilizar metáforas y símiles y otras figuras literarias que desconozco porque fui muy mala estudiante y no se me quedaban las figuras literarias. Además tienen nombres muy feos, como pleonasmo, qué mal suena, igualito que una enfermedad. He cogido pleonasmo y escorbuto. Vaya panorama.

A la salida fui hasta el metro acompañada de María Padro, otra costumbre al parecer ya inamovible, igual que la de aplaudir. “Homo homini lupus”, dijo ella a mitad de camino, como canturreando, sin darle mayor importancia y después me lo tradujo. “Homo es hombre, hominis, para el hombre y lupus, de lobo. O sea, el hombre es un lobo para el hombre.  Yo es que sé latín, pero no latín de como quién dice,  esta sabe latín, sino latín de lengua, del idioma muerto. También sé griego, me lo enseñaron en el colegio”. No supe qué contestar a tal declaración. Casi se me caen los lagrimones como a Nuño tras un espectáculo tauromáquico de los buenos, buenos.

Al día siguiente, siempre al día siguiente de lo que sea, me fui a visitar a Petronila para hacerle un rato de compañía y dar nuestro habitual paseo por el desmochao. Nada más llegar le hice esa pregunta que les hacen los periodistas a los famosos de medio pelo en los programas del corazón,  pero sin portar micrófono, “Petronila, ¿cómo te encuentras?”

Lo que ella me respondió lo contaré otro día, el siguiente,  si es que me lo permite la Esme. Tiene un arsenal de  fotos de flores y muchas ganas de utilizarlas como armas de destrucción.

 

 

 

 

Las manos sí, Emily

Las ocho y media, el sol desciende, es la hora de los perros. La señora se lo recuerda pero Emily no lo iba a olvidar, le gusta sacar a los perros. Les pone la correa y salen. Esa  calle casi siempre está vacía y silenciosa. Un mirlo canta antes de irse a dormir, brillan media luna y dos estrellas. Emily pasa por delante de la casa abandonada donde un almendro ha florecido entre ruinas, asoma la nariz a la verja para mirar las cuatro sillas alrededor de ninguna mesa y  empieza la cuesta abajo.

A lo lejos se oye el ruido del tráfico; arriba, en el cielo, por encima de la luna, una bandada de pájaros migratorios está danzando en círculos antes de desplegarse y desaparecer por detrás de las últimas torres de la ciudad. Una franja naranja se hunde por el fondo, el día aplastado.

Las correas de los perros se enredan y Emily se ríe, se ríe mucho, le divierte ese lío,   juega con ellos. En ese momento la luna es suya y el mirlo y las sombras de los árboles. El silencio de la calle es suyo y por él se deja caer como si fuera un tobogán, con los ojos cerrados. Ese pedazo de noche que acaba de abrirse, fruto fresco y negro, le pertenece. Las casas enormes de los lados no, ya lo sabe, pero eso no le importa ahora. Sí le pertenece la risa y el descenso cuesta abajo junto a  los perros que, alegres, ladran.

Al final de la calle suspira, se queda quieta un momento mientras los perros olisquean un muro tapizado de  hiedra, el viento la agita y parece que la casa sea  líquida o blanda, Emily mira hipnotizada. Luego sale del sueño, del sueño en el que ella es la dueña de todo,  tira de las correas con energía y ordena, “vamos, vamos, no se enreden”. Al pasar otra vez por delante de la casa en ruinas, ahora toda en sombras, siente miedo de las cuatro sillas vacías. Un olor dulce a flor le hace estornudar,  abre la puerta, sube las escaleras, les pone agua a los perros.

Nada es suyo, solo una línea de noche  que se cuela por la ventana y se posa en sus manos, acariciándolas.  Las manos sí , Emily, con ellas abres el grifo para enjuagar los cacharros,  la tarea continúa.

El queso, la prisa, las gafas

La señora y el señor Certal han quedado con su hijo en el café de la plaza para desayunar. Caminan bordeando el parque, despacio, cogidos del brazo. Es un sábado de invierno lleno de sol, con una luz que parece hecha de  hielo, muy  poca capacidad para calentar pero mucha para deslumbrar. Él está bastante sordo pero ya antes de perder gran parte de la audición era invulnerable a los ruidos.  Ella oye muy bien, más de lo que quisiera. Las obras, los coches, los ladridos de los perros, los gritos de los vecinos…el follón, así lo llama. Qué follón, qué follón y se tapa los oídos. El señor Certal  ni se inmuta pero  es que él no se inmuta casi nunca y por casi nada. Después de tantos años juntos , ella a veces piensa que no lo conoce de nada, es un ser misterioso con el que convive, junto al que duerme.

El parque está casi vacío, solo hay un chico con tres perritos blancos  a los que  está lanzando una pelota verde de tenis, los perritos se tiran a por ella muy contentos y la muerden y se la disputan.  Saltan ellos y la pelota también.

-Mira, mira, qué graciosos, le dice ella a él.

-Los perros, contesta él.

Un poco más adelante ven a un hombre de pie entre dos bancos, va vestido como si viniera de una fiesta o como si estuviera a punto de ir a una,  lleva en la mano una rosa envuelta en papel de celofán y se ha colocado en dirección al sol con los ojos entrecerrados.

-Es raro ese hombre, parece un resucitado,  le vuelve a decir ella a él.

-El hombre,  contesta él.

La señora Certal se está enfureciendo  pero, como si viniera volando para apaciguar su mal humor, se le presenta un  queso que acaban de ver en el escaparate de una tienda, el mismo que suelen comprar en otro lado, pero mucho más barato. Lo dice:

-Ese queso es igual que el que compramos, pero aquí está mucho más barato, recuerda que nos llevemos uno antes de irnos”.

El queso, dice él haciendo de agenda humana. Y se pone a mirar los árboles de la plaza, los han  podado tanto que parece que tienen muñones en vez de ramas.

-Nos ha saludado ese, el de las gafas, el que viene de frente, le avisa  ella en ese instante  apretándole el brazo en un pellizco

-¡Qué pintas de fantoche con esas gafas de sol!, ¿quién es?

-Tu hijo, contesta el señor Cristal con la misma entonación  con la que dijo ” los perros, el hombre y el queso”

-Es que me da el sol que me deslumbra y además, es que lleva unas vestimentas…

-Las de la bici, se ve que luego va a montar, es lo que le gusta a él, lo de la bici y el monte.

Se besan  y entran los tres en el café de la plaza.

-Yo solo voy a tomar un café, no quiero comer nada. Tengo prisa, dice el hijo.

Prisa, prisa, piensa la señora Certal,  este siempre tiene prisa, para un rato que nos vemos y ya se está queriendo marchar. El señor Certal  no dice nada, ha conseguido sentarse en la mesa en la que da el sol y está disfrutando de su calor mientras sigue analizando el podado de los árboles, él no le hubiera metido tanto la tijera, a ese del medio se lo han cargado para el verano, no va a dar ni gota de sombra.

-Qué follón hay aquí, yo no sé por qué grita tanto la gente, ¿por qué gritan tanto?, dice la señora Cristal, tapándose los oídos.

-No gritan tanto, contesta el hijo, lo normal en un bar, hay gente y hablan. Nosotros también hablamos

Si tú lo dices…piensa ella con un poco de rabia observando su atuendo deportivo. Esos pantalones tan ajustados, ¿serán buenos para circulación?, mira que si se le recuecen sus partes y ya no puede tener más descendencia… Un nieto me gustaría, ya tenemos a las dos niñas pues, ahora, un niño.

Todavía no han empezado a poner ni la mermelada en el pan  y ya se ha bebido el hijo el café de un trago, lo mismo hasta se ha quemado la garganta.

-¿Y qué?, dice el señor Cristal, ¿te vas ya a la bici, monte arriba?

-No, todavía no, tengo primero que hacer unas compras y después ir a recoger a las niñas que están en los ensayos de baile, luego las llevo a casa y de allí me voy.

Al decirlo pone cara de nerviosismo y empieza a mover pierna como si ya estuviera pedaleando cuesta arriba, después tabletea con los dedos sobre la mesa y al momento anuncia, “me voy que se me hace tarde, como vosotros no tenéis nada qué hacer en todo el día…”

Lo ven cruzar la plaza a través de la ventana hasta que se pierde de vista por detrás de la panadería.

Los árboles, dice el señor Certal, señalando las ramas mutiladas.

El queso vuelve volando hasta la cabeza de ella y allí aterriza, disipando un poco el malestar por la desaparición del hijo.

-Pero que mucho más barato aquí y es el mismo queso,  ¿y para qué viene si tiene tanta prisa? Ni le he conocido de frente con esos atavíos del deporte y esas gafas de colores.

-El queso, la  prisa, las gafas,  resume él,  da un sorbo a su café y se pone a enrollar el sobre vacío del azúcar.

 

Flor de almendro (Una foto de Esme)

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Anda que…ahora me sale con Petronila. Me cae fatal ese personaje nuevo y advenedizo. Y su prima peor. Por eso esta mañana ya no aguantaba más y me he escapado. Mis pasos errantes me han llevado hasta mi antigua sede empresarial, un quiosco en mitad de un parque. El quiosco no estaba, como si nunca hubiera existido. Qué desolación pensar que lo que existió ya no existe o, peor,  que todo no fue más que un sueño, el delirio de una mente perturbada.

A cambio y como premio de consolación,  me he encontrado con esta flor de almendro.La primera de la temporada, la primera para mí, por lo menos. Y para que me queráis más que a Petronila y a la tonta de su prima, os la regalo.

Y también os dejo este párrafo de “La vida es sueño”, de Calderón de la Barca, pa culta y leída yo, atentos que va:

“Fantásticas ilusiones que al soplo menos ligero han de deshacerse como el florido almendro, que por madrugar sus flores sin aviso y sin consejo, al primer soplo se apagan marchitando y desluciendo de sus rosados capullos belleza, luz y ornamento. Ya os conozco, ya os conozco, y sé que os pasa lo mismo con cualquiera que se duerme. Para mí no hay fingimientos que desengañado ya, sé que la vida es sueño”.

Vale, sí, lo acabo de copiar de google, no es que me lo supiera de memoria pero eso, ¿qué más da?, parece que Calderón me haya leído el pensamiento, en realidad se lo he leído yo a él y luego me he dicho, “justito lo que yo estaba rumiando, Calderón”

Solo me alegra pensar que la prima de Petronila se ha atascado con esta nueva y aburrida historia y la va a dejar inacabada, como suele. A lo mejor tiene la esperanza de que venga un robot a terminársela como a la sinfonía de Schubert. Sí, hombre, van a perder el tiempo con tonterías los robotes o roboses, como se diga de las dos.

Qué bonita es la flor, ¿verdad? Al que diga que no me lo cargo.

Adiós. Volveré.

Un balcón mudo y ciego

Al salir a la superficie no vi manifestación alguna, pero sí al ratón Mickey dando saltitos y persiguiendo viandantes para que se fotografiaran con él a cambio de unas monedas.  Por la acera de enfrente hacía lo mismo su novia Minnie  y un poco más lejos Mario Bros, el de los videojuegos. Se juntaron los tres un breve momento, se dijeron algo, seguramente que la mañana estaba floja, o que como se acercara Pocoyó a su territorio sería linchado y de nuevo se dispersaron.

También persiguiendo viandantes circulaban en parejas las gitanas de la rama de romero y los captadores de ONGs, chalecos reflectantes y sonrisas tensas.  Dos policías a caballo vigilaban algo  con cara de aburridos. Ese algo tenía que ser la manifestación. Me acerqué un poco y sí, más o menos. Un pequeño grupo con unas cuantas pancartas estaba gritando. Los gritos los dirigían hacia uno de los balcones del edificio del reloj, el que da las campanadas en Nochevieja. Parecían tener la esperanza de que  al mismo se asomara algún mandatario a saludarles primero y  a decirles después  que tenían toda la razón y  que sus peticiones les serían concedidas.

Lo que pedían era muy básico: comida y techo. Eso mismo estaba escrito en  una de las pancartas, “comida y techo son derechos”. De vez en cuando y sin dejar de mirar al balcón  reclamaban la renta mínima, como si desde allí se la fueran a lanzar.  El balcón siguió cerrado, mudo, ciego,  antipático.  La pancarta principal la sostenían entre tres, el del centro era un hombre muy viejo y escuálido, en su cara había mucha tristeza pero también una pequeña luz de ilusión. Tal vez ese día se sentía acompañado y protegido.

Estuve un rato haciendo bulto hasta que un grupo de turistas japoneses se acercaron para hacernos una foto. Como lo último que quiero es que alguien en japón pueda reconocerme, me escabullí y seguí mi camino ¿Cuál es el origen de la vida?, ¿es posible un matrimonio feliz? , preguntaban desde unos cartelones los Testigos de Jehová. No sé si saben la respuesta y desean compartirla o es que no la saben y como les preocupa mucho se pasan toda la mañana de pie,  esperando a que pase el que lo sepa y se lo diga.

En un rincón, junto a las esculturas humanas que hacen equilibrios,  un  hombre con un acordeón y un único diente perdido en su boca tocaba una melodía muy triste. Tan triste como todo me estaba pareciendo. Ahora sí tenía ganas de gritar, pero más bien un grito al estilo del cuadro de  Munch, solitario y desesperado.Cuando volviera  a ver a Petronila le diría que se fuera buscando otra sustituta.

Seguí caminando un rato, llegué hasta la calle Pintor Rosales, al final se ve la sierra. Es lo que más me gusta de Madrid, lo que se sale de ella, lo que ya no es ella. Me quedé un rato mirando las montañas, eso siempre me tranquiliza. Tranquilizándome estaba cuando un dedo tocó mi espalda. Qué casualidad, era María Prado, una de mis compañeras del taller literario. Al momento nos pusimos a criticar a  Luis Buñuel  pero en cuanto liquidamos nuestro único punto en común, se creó uno de esos silencios tensos, ya no teníamos nada más que decirnos.

Bueno, pues me voy, que empieza el año  del cerdo, símbolo de alegría y fertilidad, de honestidad y de ingenuidad, le dije para escapar.

¿Eres cerda?, me preguntó  utilizando el lenguaje inclusivo, la muy idiota.

No, soy dragón o dragona, como más te guste,  le grité ya escapando, ¿y tú?

Y mientras ella gritaba “rata, rata”,  me alejé sin poder dejar de pensar en la cara del  hombre viejo del centro de la pancarta y en el balcón discapacitado.