Día: 5 febrero, 2019

Un balcón mudo y ciego

Al salir a la superficie no vi manifestación alguna, pero sí al ratón Mickey dando saltitos y persiguiendo viandantes para que se fotografiaran con él a cambio de unas monedas.  Por la acera de enfrente hacía lo mismo su novia Minnie  y un poco más lejos Mario Bros, el de los videojuegos. Se juntaron los tres un breve momento, se dijeron algo, seguramente que la mañana estaba floja, o que como se acercara Pocoyó a su territorio sería linchado y de nuevo se dispersaron.

También persiguiendo viandantes circulaban en parejas las gitanas de la rama de romero y los captadores de ONGs, chalecos reflectantes y sonrisas tensas.  Dos policías a caballo vigilaban algo  con cara de aburridos. Ese algo tenía que ser la manifestación. Me acerqué un poco y sí, más o menos. Un pequeño grupo con unas cuantas pancartas estaba gritando. Los gritos los dirigían hacia uno de los balcones del edificio del reloj, el que da las campanadas en Nochevieja. Parecían tener la esperanza de que  al mismo se asomara algún mandatario a saludarles primero y  a decirles después  que tenían toda la razón y  que sus peticiones les serían concedidas.

Lo que pedían era muy básico: comida y techo. Eso mismo estaba escrito en  una de las pancartas, “comida y techo son derechos”. De vez en cuando y sin dejar de mirar al balcón  reclamaban la renta mínima, como si desde allí se la fueran a lanzar.  El balcón siguió cerrado, mudo, ciego,  antipático.  La pancarta principal la sostenían entre tres, el del centro era un hombre muy viejo y escuálido, en su cara había mucha tristeza pero también una pequeña luz de ilusión. Tal vez ese día se sentía acompañado y protegido.

Estuve un rato haciendo bulto hasta que un grupo de turistas japoneses se acercaron para hacernos una foto. Como lo último que quiero es que alguien en japón pueda reconocerme, me escabullí y seguí mi camino ¿Cuál es el origen de la vida?, ¿es posible un matrimonio feliz? , preguntaban desde unos cartelones los Testigos de Jehová. No sé si saben la respuesta y desean compartirla o es que no la saben y como les preocupa mucho se pasan toda la mañana de pie,  esperando a que pase el que lo sepa y se lo diga.

En un rincón, junto a las esculturas humanas que hacen equilibrios,  un  hombre con un acordeón y un único diente perdido en su boca tocaba una melodía muy triste. Tan triste como todo me estaba pareciendo. Ahora sí tenía ganas de gritar, pero más bien un grito al estilo del cuadro de  Munch, solitario y desesperado.Cuando volviera  a ver a Petronila le diría que se fuera buscando otra sustituta.

Seguí caminando un rato, llegué hasta la calle Pintor Rosales, al final se ve la sierra. Es lo que más me gusta de Madrid, lo que se sale de ella, lo que ya no es ella. Me quedé un rato mirando las montañas, eso siempre me tranquiliza. Tranquilizándome estaba cuando un dedo tocó mi espalda. Qué casualidad, era María Prado, una de mis compañeras del taller literario. Al momento nos pusimos a criticar a  Luis Buñuel  pero en cuanto liquidamos nuestro único punto en común, se creó uno de esos silencios tensos, ya no teníamos nada más que decirnos.

Bueno, pues me voy, que empieza el año  del cerdo, símbolo de alegría y fertilidad, de honestidad y de ingenuidad, le dije para escapar.

¿Eres cerda?, me preguntó  utilizando el lenguaje inclusivo, la muy idiota.

No, soy dragón o dragona, como más te guste,  le grité ya escapando, ¿y tú?

Y mientras ella gritaba “rata, rata”,  me alejé sin poder dejar de pensar en la cara del  hombre viejo del centro de la pancarta y en el balcón discapacitado.

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