Día: 12 febrero, 2019

El queso, la prisa, las gafas

La señora y el señor Certal han quedado con su hijo en el café de la plaza para desayunar. Caminan bordeando el parque, despacio, cogidos del brazo. Es un sábado de invierno lleno de sol, con una luz que parece hecha de  hielo, muy  poca capacidad para calentar pero mucha para deslumbrar. Él está bastante sordo pero ya antes de perder gran parte de la audición era invulnerable a los ruidos.  Ella oye muy bien, más de lo que quisiera. Las obras, los coches, los ladridos de los perros, los gritos de los vecinos…el follón, así lo llama. Qué follón, qué follón y se tapa los oídos. El señor Certal  ni se inmuta pero  es que él no se inmuta casi nunca y por casi nada. Después de tantos años juntos , ella a veces piensa que no lo conoce de nada, es un ser misterioso con el que convive, junto al que duerme.

El parque está casi vacío, solo hay un chico con tres perritos blancos  a los que  está lanzando una pelota verde de tenis, los perritos se tiran a por ella muy contentos y la muerden y se la disputan.  Saltan ellos y la pelota también.

-Mira, mira, qué graciosos, le dice ella a él.

-Los perros, contesta él.

Un poco más adelante ven a un hombre de pie entre dos bancos, va vestido como si viniera de una fiesta o como si estuviera a punto de ir a una,  lleva en la mano una rosa envuelta en papel de celofán y se ha colocado en dirección al sol con los ojos entrecerrados.

-Es raro ese hombre, parece un resucitado,  le vuelve a decir ella a él.

-El hombre,  contesta él.

La señora Certal se está enfureciendo  pero, como si viniera volando para apaciguar su mal humor, se le presenta un  queso que acaban de ver en el escaparate de una tienda, el mismo que suelen comprar en otro lado, pero mucho más barato. Lo dice:

-Ese queso es igual que el que compramos, pero aquí está mucho más barato, recuerda que nos llevemos uno antes de irnos”.

El queso, dice él haciendo de agenda humana. Y se pone a mirar los árboles de la plaza, los han  podado tanto que parece que tienen muñones en vez de ramas.

-Nos ha saludado ese, el de las gafas, el que viene de frente, le avisa  ella en ese instante  apretándole el brazo en un pellizco

-¡Qué pintas de fantoche con esas gafas de sol!, ¿quién es?

-Tu hijo, contesta el señor Cristal con la misma entonación  con la que dijo ” los perros, el hombre y el queso”

-Es que me da el sol que me deslumbra y además, es que lleva unas vestimentas…

-Las de la bici, se ve que luego va a montar, es lo que le gusta a él, lo de la bici y el monte.

Se besan  y entran los tres en el café de la plaza.

-Yo solo voy a tomar un café, no quiero comer nada. Tengo prisa, dice el hijo.

Prisa, prisa, piensa la señora Certal,  este siempre tiene prisa, para un rato que nos vemos y ya se está queriendo marchar. El señor Certal  no dice nada, ha conseguido sentarse en la mesa en la que da el sol y está disfrutando de su calor mientras sigue analizando el podado de los árboles, él no le hubiera metido tanto la tijera, a ese del medio se lo han cargado para el verano, no va a dar ni gota de sombra.

-Qué follón hay aquí, yo no sé por qué grita tanto la gente, ¿por qué gritan tanto?, dice la señora Cristal, tapándose los oídos.

-No gritan tanto, contesta el hijo, lo normal en un bar, hay gente y hablan. Nosotros también hablamos

Si tú lo dices…piensa ella con un poco de rabia observando su atuendo deportivo. Esos pantalones tan ajustados, ¿serán buenos para circulación?, mira que si se le recuecen sus partes y ya no puede tener más descendencia… Un nieto me gustaría, ya tenemos a las dos niñas pues, ahora, un niño.

Todavía no han empezado a poner ni la mermelada en el pan  y ya se ha bebido el hijo el café de un trago, lo mismo hasta se ha quemado la garganta.

-¿Y qué?, dice el señor Cristal, ¿te vas ya a la bici, monte arriba?

-No, todavía no, tengo primero que hacer unas compras y después ir a recoger a las niñas que están en los ensayos de baile, luego las llevo a casa y de allí me voy.

Al decirlo pone cara de nerviosismo y empieza a mover pierna como si ya estuviera pedaleando cuesta arriba, después tabletea con los dedos sobre la mesa y al momento anuncia, “me voy que se me hace tarde, como vosotros no tenéis nada qué hacer en todo el día…”

Lo ven cruzar la plaza a través de la ventana hasta que se pierde de vista por detrás de la panadería.

Los árboles, dice el señor Certal, señalando las ramas mutiladas.

El queso vuelve volando hasta la cabeza de ella y allí aterriza, disipando un poco el malestar por la desaparición del hijo.

-Pero que mucho más barato aquí y es el mismo queso,  ¿y para qué viene si tiene tanta prisa? Ni le he conocido de frente con esos atavíos del deporte y esas gafas de colores.

-El queso, la  prisa, las gafas,  resume él,  da un sorbo a su café y se pone a enrollar el sobre vacío del azúcar.

 

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