El queso, la prisa, las gafas

La señora y el señor Certal han quedado con su hijo en el café de la plaza para desayunar. Caminan bordeando el parque, despacio, cogidos del brazo. Es un sábado de invierno lleno de sol, con una luz que parece hecha de  hielo, muy  poca capacidad para calentar pero mucha para deslumbrar. Él está bastante sordo pero ya antes de perder gran parte de la audición era invulnerable a los ruidos.  Ella oye muy bien, más de lo que quisiera. Las obras, los coches, los ladridos de los perros, los gritos de los vecinos…el follón, así lo llama. Qué follón, qué follón y se tapa los oídos. El señor Certal  ni se inmuta pero  es que él no se inmuta casi nunca y por casi nada. Después de tantos años juntos , ella a veces piensa que no lo conoce de nada, es un ser misterioso con el que convive, junto al que duerme.

El parque está casi vacío, solo hay un chico con tres perritos blancos  a los que  está lanzando una pelota verde de tenis, los perritos se tiran a por ella muy contentos y la muerden y se la disputan.  Saltan ellos y la pelota también.

-Mira, mira, qué graciosos, le dice ella a él.

-Los perros, contesta él.

Un poco más adelante ven a un hombre de pie entre dos bancos, va vestido como si viniera de una fiesta o como si estuviera a punto de ir a una,  lleva en la mano una rosa envuelta en papel de celofán y se ha colocado en dirección al sol con los ojos entrecerrados.

-Es raro ese hombre, parece un resucitado,  le vuelve a decir ella a él.

-El hombre,  contesta él.

La señora Certal se está enfureciendo  pero, como si viniera volando para apaciguar su mal humor, se le presenta un  queso que acaban de ver en el escaparate de una tienda, el mismo que suelen comprar en otro lado, pero mucho más barato. Lo dice:

-Ese queso es igual que el que compramos, pero aquí está mucho más barato, recuerda que nos llevemos uno antes de irnos”.

El queso, dice él haciendo de agenda humana. Y se pone a mirar los árboles de la plaza, los han  podado tanto que parece que tienen muñones en vez de ramas.

-Nos ha saludado ese, el de las gafas, el que viene de frente, le avisa  ella en ese instante  apretándole el brazo en un pellizco

-¡Qué pintas de fantoche con esas gafas de sol!, ¿quién es?

-Tu hijo, contesta el señor Cristal con la misma entonación  con la que dijo ” los perros, el hombre y el queso”

-Es que me da el sol que me deslumbra y además, es que lleva unas vestimentas…

-Las de la bici, se ve que luego va a montar, es lo que le gusta a él, lo de la bici y el monte.

Se besan  y entran los tres en el café de la plaza.

-Yo solo voy a tomar un café, no quiero comer nada. Tengo prisa, dice el hijo.

Prisa, prisa, piensa la señora Certal,  este siempre tiene prisa, para un rato que nos vemos y ya se está queriendo marchar. El señor Certal  no dice nada, ha conseguido sentarse en la mesa en la que da el sol y está disfrutando de su calor mientras sigue analizando el podado de los árboles, él no le hubiera metido tanto la tijera, a ese del medio se lo han cargado para el verano, no va a dar ni gota de sombra.

-Qué follón hay aquí, yo no sé por qué grita tanto la gente, ¿por qué gritan tanto?, dice la señora Cristal, tapándose los oídos.

-No gritan tanto, contesta el hijo, lo normal en un bar, hay gente y hablan. Nosotros también hablamos

Si tú lo dices…piensa ella con un poco de rabia observando su atuendo deportivo. Esos pantalones tan ajustados, ¿serán buenos para circulación?, mira que si se le recuecen sus partes y ya no puede tener más descendencia… Un nieto me gustaría, ya tenemos a las dos niñas pues, ahora, un niño.

Todavía no han empezado a poner ni la mermelada en el pan  y ya se ha bebido el hijo el café de un trago, lo mismo hasta se ha quemado la garganta.

-¿Y qué?, dice el señor Cristal, ¿te vas ya a la bici, monte arriba?

-No, todavía no, tengo primero que hacer unas compras y después ir a recoger a las niñas que están en los ensayos de baile, luego las llevo a casa y de allí me voy.

Al decirlo pone cara de nerviosismo y empieza a mover pierna como si ya estuviera pedaleando cuesta arriba, después tabletea con los dedos sobre la mesa y al momento anuncia, “me voy que se me hace tarde, como vosotros no tenéis nada qué hacer en todo el día…”

Lo ven cruzar la plaza a través de la ventana hasta que se pierde de vista por detrás de la panadería.

Los árboles, dice el señor Certal, señalando las ramas mutiladas.

El queso vuelve volando hasta la cabeza de ella y allí aterriza, disipando un poco el malestar por la desaparición del hijo.

-Pero que mucho más barato aquí y es el mismo queso,  ¿y para qué viene si tiene tanta prisa? Ni le he conocido de frente con esos atavíos del deporte y esas gafas de colores.

-El queso, la  prisa, las gafas,  resume él,  da un sorbo a su café y se pone a enrollar el sobre vacío del azúcar.

 

39 comentarios en “El queso, la prisa, las gafas

  1. No se puede decir que se lleven mal, pero una familia unida tampoco parecen. De hecho, la imagen que se me queda es la de estar cerca físicamente, pero lejos en espíritu. Descripciones de escenas y sensaciones bordadas, como nos tienes acostumbrados.
    Me estoy acordando de ti porque el jueves comienzo mi primer taller de escritura presencial, aquí en la biblioteca del pueblo. A ver si los astros se vuelven a alinear y no es la última vez que veo. Aunque como sea tan interesante como el tuyo, tal vez no me importe no volver… Te contaré (quieras o no, je, je).
    Un besote

    1. Están de cuerpos presente pero de mentes no siempre. Puede que tengan ratos y días mejores.
      Ah, pues qué bien el taller. Yo quiero que me lo cuentes, claro que sí. Ojalá te guste.
      Del mío digo poco porque estoy a punto de desertar.
      Besos, Luna.

  2. No tiene mucho que ver, pero hay un libro que se llama “La soledad de las parejas” y se me ha venido a la cabeza al empezar a leerte. Y esa soledad compartida -o adosada- parece que se extiende, como un vertido incontrolado de un petrolero partido por la mitad, a las familias, ahogadas a veces por la incomunicación.
    (El hijo nervioso moviendo la pierna como si estuviera poniendo a funcionar una de esas máquinas de coser antes de que fueran eléctricas, anticipa esa intranquilidad futura que le llevará, unos años más tarde, a tener la costumbre de enrollar -meticulosamente, como hace ahora su padre- los sobrecitos vacíos de azúcar después de haberse tomado el descafeinado)
    Me ha gustado mucho.

    1. El hijo enrollará sobrecitos de azúcar o se tapará los oídos diciendo, ¡qué follón!
      Y sus hijas tendrán prisa.
      Bueno, puede que no.
      La vida es compleja y tiene de todo dentro.
      Gracias, A.

  3. Eres una maestra de las escenas cotidianas, que son visibles para los ojos del lector. Y silenciosas. La señora Certal disfrutaría de ellas. Volviendo a ti, tu capacidad de observación es admirable. La realidad diaria es tu reino literario. Uno de tus reinos.

    1. Muchas gracias, Antonio.
      El género fantástico no es lo mío. Ni el de aventuras. Todo de andar por casa, doméstico, como el título del blog.
      Me callo ya para no molestar a la señora Certal.

  4. Como autómatas…
    Sin nada importante que decirse.
    Ese enrollar el sobre de azúcar lo dice todo (si fuera más joven seguramente sacaría un móvil,verdad?).

    Muy bueno,Paloma.
    Un beso sin queso.

  5. Qué triste, desolador. Aunque, claro, quién sabe.
    Desmenuzado.
    Ese final de texto dice tanto … me gusta muchísimo cómo describes, miras.

    Un beso, que te llegue 🙂

  6. Tres extraños. Y, sin embargo, quiero pensar que si a uno de los dos Certal le faltase el otro, se sentiría como esos amputados a los que sigue picando el miembro desaparecido. Sintiéndolo irritante aun en su ausencia.

  7. Parece triste, pero es bastante real. Que pena no tener nada que contarse, apenas nada que compartir. Traes la cotidianidad a tu blog y nos muestras, como debajo de lo cotidiano hay siempre una historia a poquito que se rasque. Un abrazo Paloma.

    1. Es una escena que presencié en un bar un poco ampliada. Así que real es pero, claro, habría que conocerlos mejor para poder saber. Y nunca sabemos todo de nadie.
      Otro abrazo, Carlos

      1. Es verdad, observando situaciones ajenas imaginamos nuestras própias historias y los protagonistas tienen cada uno la suya , nada que ver con las nuestras. Paloma, muy, pero muy bueno , te adoro. Un beso.

  8. Que bien describes estas escenas. Extraer una historia de apenas unos minutos de convivencia es una gran virtud. Creo que cada uno de ellos procura mantenerse dentro del papel que los demás le asignan. Quizá sea una forma de defensa y de evitar dar sorpresas. Un abrazo.

  9. En fin, ya lo han dicho bastante otras personas: esa relación entre padres e hijo me parece bastante triste, superficial, anodina, decepcionante. Como si tuvieran bien poco que decirse, como si estuvieran muy lejos mental, vital y emocionalmente. Se comportan casi como extraños. Es verdad, tiene que haber relaciones como la que retratas.
    El más ecuánime es el padre, y me parece muy bien. Por otro lado las prisas absurdas del hijo me parecen fatal, como una especie de alejamiento. Vivimos en un mundo donde las excusas más hipócritas y falsas están a la orden del día. Prou pena, com diem els catalans.
    Un encuentro que tiene mucho de desencuentro.

    1. Hola, What.
      Tal vez solo tenían un mal día o una mala mañana. La convivencia no es siempre entendimiento, comprensión, empatía y felicidad. También se dan esos momentos de incomunicación o de querer salir corriendo.
      No somos perfectos y nuestras relaciones tampoco suelen serlo.
      Pero sí, tu frase final es acertada.
      Besos!!

  10. Es difícil compartir, a veces, de tanto conocernos no llegamos a entendernos porque lo particular nos impide empatizar. De todos modos, un adulto siempre es un niño en el colo de su madre, decía Castelao ante una imagen de la Piedad.

    Como sigas así te dan el Cervantes.

    Un beso.

  11. Se puede estar muy unido a alguien, con vínculos muy fuertes, incluso estando a cientos de kilómetros de distancia, la proximidad física no asegura la cercanía humana y, sin embargo, la pareja de tu relato es de esas que parecen indisolubles, con acuerdos y equilibrios adquiridos tras muchos años en común. Excelente el retrato que has hecho, Evavill. Saludos.

  12. Las prisas nunca son buenas, las gafas de sol a veces no nos dejan ver las necesidades de nuestros mayores, y claro, hay que ir buscando los alimentos donde cuesten menos…
    ¡Quien sabe!!
    Bello relato, Paloma, como siempre.
    Abrazos y feliz día

  13. Hola, vuelvo por aquí para comentarte una cosita que nada tiene que ver con la entrada. Nada, una bobadita, que te acuerdes de que Uxue soy yo cuando…¡¡¡¡dediques mi libro!!!! ¡Enhorabuena! Me he alegrado un montón al leer el correo. Besotes, autora 😉

  14. Creo que es la consecuencia lógica del paso del tiempo, personas que acaban siendo paisaje, parte del papel de la pared… tenemos la obligación de preguntarnos cosas, de llamarnos, pero algún momento las vidas se separaron tanto que acabas viviendo al lado de un extraño.

    Es aterrador, pero a veces creo que es inevitable.

    Muy bien narrado, como de costumbre…

    PS. Pero si tengo un hijo, se me sienta en ese plan y no se quita las gafas de sol, el tortazo se lo lleva, eso seguro 😉

    1. Jajajaja, y muy bien llevado ese tortazo, por gilipollas.

      Y respecto a las relaciones de muy larga duración puede que se den a la vez las dos situaciones: conocerse muy bien y desconocerse.

  15. La realidad plasmada, un encuentro que en apariencia solo cumple con los requisitos de aparecerse y mirarse unos momentos, así son muchas relaciones o por lo menos pasan por períodos donde esto es lo usual, nada que compartir. Un abrazo

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