Día: 18 febrero, 2019

Las manos sí, Emily

Las ocho y media, el sol desciende, es la hora de los perros. La señora se lo recuerda pero Emily no lo iba a olvidar, le gusta sacar a los perros. Les pone la correa y salen. Esa  calle casi siempre está vacía y silenciosa. Un mirlo canta antes de irse a dormir, brillan media luna y dos estrellas. Emily pasa por delante de la casa abandonada donde un almendro ha florecido entre ruinas, asoma la nariz a la verja para mirar las cuatro sillas alrededor de ninguna mesa y  empieza la cuesta abajo.

A lo lejos se oye el ruido del tráfico; arriba, en el cielo, por encima de la luna, una bandada de pájaros migratorios está danzando en círculos antes de desplegarse y desaparecer por detrás de las últimas torres de la ciudad. Una franja naranja se hunde por el fondo, el día aplastado.

Las correas de los perros se enredan y Emily se ríe, se ríe mucho, le divierte ese lío,   juega con ellos. En ese momento la luna es suya y el mirlo y las sombras de los árboles. El silencio de la calle es suyo y por él se deja caer como si fuera un tobogán, con los ojos cerrados. Ese pedazo de noche que acaba de abrirse, fruto fresco y negro, le pertenece. Las casas enormes de los lados no, ya lo sabe, pero eso no le importa ahora. Sí le pertenece la risa y el descenso cuesta abajo junto a  los perros que, alegres, ladran.

Al final de la calle suspira, se queda quieta un momento mientras los perros olisquean un muro tapizado de  hiedra, el viento la agita y parece que la casa sea  líquida o blanda, Emily mira hipnotizada. Luego sale del sueño, del sueño en el que ella es la dueña de todo,  tira de las correas con energía y ordena, “vamos, vamos, no se enreden”. Al pasar otra vez por delante de la casa en ruinas, ahora toda en sombras, siente miedo de las cuatro sillas vacías. Un olor dulce a flor le hace estornudar,  abre la puerta, sube las escaleras, les pone agua a los perros.

Nada es suyo, solo una línea de noche  que se cuela por la ventana y se posa en sus manos, acariciándolas.  Las manos sí , Emily, con ellas abres el grifo para enjuagar los cacharros,  la tarea continúa.