Las manos sí, Emily

Las ocho y media, el sol desciende, es la hora de los perros. La señora se lo recuerda pero Emily no lo iba a olvidar, le gusta sacar a los perros. Les pone la correa y salen. Esa  calle casi siempre está vacía y silenciosa. Un mirlo canta antes de irse a dormir, brillan media luna y dos estrellas. Emily pasa por delante de la casa abandonada donde un almendro ha florecido entre ruinas, asoma la nariz a la verja para mirar las cuatro sillas alrededor de ninguna mesa y  empieza la cuesta abajo.

A lo lejos se oye el ruido del tráfico; arriba, en el cielo, por encima de la luna, una bandada de pájaros migratorios está danzando en círculos antes de desplegarse y desaparecer por detrás de las últimas torres de la ciudad. Una franja naranja se hunde por el fondo, el día aplastado.

Las correas de los perros se enredan y Emily se ríe, se ríe mucho, le divierte ese lío,   juega con ellos. En ese momento la luna es suya y el mirlo y las sombras de los árboles. El silencio de la calle es suyo y por él se deja caer como si fuera un tobogán, con los ojos cerrados. Ese pedazo de noche que acaba de abrirse, fruto fresco y negro, le pertenece. Las casas enormes de los lados no, ya lo sabe, pero eso no le importa ahora. Sí le pertenece la risa y el descenso cuesta abajo junto a  los perros que, alegres, ladran.

Al final de la calle suspira, se queda quieta un momento mientras los perros olisquean un muro tapizado de  hiedra, el viento la agita y parece que la casa sea  líquida o blanda, Emily mira hipnotizada. Luego sale del sueño, del sueño en el que ella es la dueña de todo,  tira de las correas con energía y ordena, “vamos, vamos, no se enreden”. Al pasar otra vez por delante de la casa en ruinas, ahora toda en sombras, siente miedo de las cuatro sillas vacías. Un olor dulce a flor le hace estornudar,  abre la puerta, sube las escaleras, les pone agua a los perros.

Nada es suyo, solo una línea de noche  que se cuela por la ventana y se posa en sus manos, acariciándolas.  Las manos sí , Emily, con ellas abres el grifo para enjuagar los cacharros,  la tarea continúa.

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35 comentarios en “Las manos sí, Emily

  1. Me pareció atrapante y envolvente este relato; las imágenes se dibujan con claridad en mi cabeza, y puedo llegar a sentirme tan libre como Emily, tan feliz, tan dueña del mundo y la noche. Aunque me golpeó esa sacudida a la realidad, eso volver del ensueño. Muy bueno.

  2. Las fantasías que vuelan, sin embargo es dueña de la risa y el descenso, de ese tobogán que la desliza y la hace que dentro suyo todo vibre. Hermosa historia, esa “línea de noche” que la acaricia es maravillosa. Un abrazo

  3. Magnífico. Te ha quedado muy místico. “En ese momento la luna es suya y el mirlo y las sombras de los árboles. El silencio de la calle es suyo y por él se deja caer como si fuera un tobogán, con los ojos cerrados. Ese pedazo de noche que acaba de abrirse, fruto fresco y negro, le pertenece”. La unidad con el Todo. Esa sensación.
    “Nada es suyo, solo una línea de noche”. “Emily” es todo y es nada.
    Desaparezco.

  4. Cualquiera que tenga la capacidad de Emily para vivenciar la hora en que el sol desciende, que tenga su sensibilidad y su mirada, no es desgraciado aunque deba hacer las tareas domésticas. Lo malo es pasar por la vida sin apercibirse del canto de un mirlo al anochecer y del resplandor de la luna y las estrellas.

  5. Es el relato de la nada que poseemos. De las manos, del trabajo y de algunos momentos felices que sólo dejan una ligera mancha en la memoria. La vida Emily en verdad es poco más que nada, pero tú esa nada hoy la mereces completa. Un abrazo.

  6. La vida se nutre de momentos que son nuestros, que nadie nos puede quitar. Luego la realidad nos coloca de nuevo en el punto de partida. Pero mañana a las ocho y media, el sol volverá a descender y ….
    Un abrazo Paloma.

  7. ¡Oh! Paloma. Qué momento tan intímo u delicado has descrito. Y que cierto, hay que vivencias ese rato como lo hace ella, nutre el alma y nos da energía para, por ejemplo, fregar los platos.
    Abrazos y besos.

  8. Qué buena eres, y cómo te vuelas dentro, consigues que sienta ese momento, esa noche, y el paso de la alegría a la tristeza que es la vida y la emoción de vivirla, sin esconder nada. Buena, buena de verdad. Abrazos

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