Día: 20 febrero, 2019

Homo homini lupus, dice María Prado

En el taller literario ya se han formado patrones. En realidad se formaron desde el primer día solo que ahora están ya reforzados y cimentados. Esto ya no hay quién lo mueva. Resulta curioso observar cómo nos colocamos todos y empezamos a desplegar nuestras personalidades dentro de los grupos. A veces parece una maldición de la que no se puede escapar. Se empieza por el lugar elegido para sentarse, no es algo inocente escoger una silla o la otra, la primera o última fila, una esquina o el centro. No sólo ya nos estamos definiendo con esa elección primera, es que ya no vamos a poder cambiarla porque los otros defenderán sus puestos.

Pese a ser un grupo pequeño y compuesto por adultos, se han reproducido los elementos típicos de las clases del colegio. Hay un pelota, una alumna aplicada, un silencioso, una líder, un protagonista, unas cuantas revoltosas habladoras, unos pocos sin definir para formar masa y algún despistado que pasa por ahí, entra un rato, escucha, nos mira raro (no me extraña) y se marcha.

Uno de los que más ha leído sus escritos es el pelota. Buñuel parece no darse cuenta de que está siendo víctima de un adulador, se cree que cada vez que el otro dice, “fabuloso, magnífico, impresionante o me has emocionado hasta la médula” es porque lo siente y piensa de verdad y se pone tan contento.  Tan, tan contento, que le cede un rato la palabra. El pelota, que se llama Nuño, tiene fijación  con la tauromaquia y sobre ella escribe siempre.  En el trabajo que leyó el otro día terminó diciendo que se emocionó tanto en la lidia (supongo que también hasta la médula) que por las mejillas le rodaron lagrimones. Para lagrimones los que le rodarían al toro, pero en fin. Después de los lagrimones leyó como aderezo una cita de Hemingway, de la que no me acuerdo porque me puse a mirar por la ventana. Se ven árboles.

Cuando alguien termina  de leer, aplaudimos. Da igual que no nos haya gustado nada, es una de nuestras costumbres de grupo ya cimentadas y consolidadas y que nadie nos la quiera quitar.  El único que no aplaude es LB que se queda con un dedo delante de la boca y la cabeza ladeada pensando sus veredictos. Hasta el momento siempre habían sido muy favorables para con Nuño.

Buenísimo, dijo LB, después de la cita y Nuño, que suele adoptar una posición de alumno sumiso, con la cabeza gacha, la  alzó , reconfortado.  Buenísimo me refiero al pensamiento de Hemingway, lo tuyo está fatal, de desastre. Reescribe, reescribe. Os lo digo siempre, hay que tirar mucho, hay que borrar, hay que…

Gracias, gracias, dijo Nuño haciendo una especie de reverencia.  Con la crítica es como se aprende, me alegro mucho de que me hayas criticado. Y antes de volver a su sitio se excusó para salir un momento. Sospecho que estaba por los pasillos clavando banderillas imaginarias en el cuello imaginario de LB.

A continuación y por primera vez me tocó leer. Me puse tan nerviosa como si estuviera robando en una casa y acabara de oír pasos, los del dueño que volvía. No es que me dedique al robo de viviendas pero me imagino que la sensación de adrenalina disparada tiene que ser parecida a cuando uno lee  en un taller literario. O puede que  los ladrones, sobre todo si ya tienen largos años de práctica, bostecen mientras desvalijan,

Leí la primera parte de mi prima Petronila, lo de su enfermedad misteriosa y todo eso. Al terminar,  LB dijo, “psssssss,  no está mal, pero tampoco bien, no dice nada esencial,  tienes que ir más al fondo del personaje, mucho más, siempre hay que bucear, entrar donde no está permitido, decir la verdad que nadie se atreve a decir, eso que todos pensamos pero que callamos por convención social”. Eso me gustó,  como si Petronila fuera una cueva inexplorada y yo su descubridora, lo malo es si me quedo encerrada en la cueva como les pasa a algunos que se arriesgan mucho y luego menudo lío que se monta para ir a rescatarlos. Bueno, claro, son símiles, a LB le gusta mucho utilizar metáforas y símiles y otras figuras literarias que desconozco porque fui muy mala estudiante y no se me quedaban las figuras literarias. Además tienen nombres muy feos, como pleonasmo, qué mal suena, igualito que una enfermedad. He cogido pleonasmo y escorbuto. Vaya panorama.

A la salida fui hasta el metro acompañada de María Padro, otra costumbre al parecer ya inamovible, igual que la de aplaudir. “Homo homini lupus”, dijo ella a mitad de camino, como canturreando, sin darle mayor importancia y después me lo tradujo. “Homo es hombre, hominis, para el hombre y lupus, de lobo. O sea, el hombre es un lobo para el hombre.  Yo es que sé latín, pero no latín de como quién dice,  esta sabe latín, sino latín de lengua, del idioma muerto. También sé griego, me lo enseñaron en el colegio”. No supe qué contestar a tal declaración. Casi se me caen los lagrimones como a Nuño tras un espectáculo tauromáquico de los buenos, buenos.

Al día siguiente, siempre al día siguiente de lo que sea, me fui a visitar a Petronila para hacerle un rato de compañía y dar nuestro habitual paseo por el desmochao. Nada más llegar le hice esa pregunta que les hacen los periodistas a los famosos de medio pelo en los programas del corazón,  pero sin portar micrófono, “Petronila, ¿cómo te encuentras?”

Lo que ella me respondió lo contaré otro día, el siguiente,  si es que me lo permite la Esme. Tiene un arsenal de  fotos de flores y muchas ganas de utilizarlas como armas de destrucción.

 

 

 

 

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