Día: 25 febrero, 2019

Petronila se lamenta, Ceferino llega

Espera que me siente que estoy derrengada, contestó  Petronila   dejándose caer sobre su sofá, (bastante sucio, todo hay que decirlo). Dio dos palmadas en el asiento vacío a su lado para indicarme que me ahí me aposentara, se levantó una educada nube de polvo para dejarme sitio  y me senté en su lugar. A continuación, Petronila se explayó, lo que quiere decir que se hizo extensa playa  y se puso a hacer recuento de sus numerosos granos de arena.

-Ay, prima mía, la enfermedad no es solo mala por el sufrimiento físico que acarrea, también lo es porque te separa de los otros, te aleja, te aparta, te encierra en el guetto de los no sanos. Es difícil comprender a un enfermo cuando tú no lo estás. Estamos solos, más solos de lo que ya estáis todos los demás. Al principio puede que sí, te acompañan, se solidarizan, te quieren ayudar y hasta te comprenden pero a medida que el tiempo pasa pero no la enfermedad, se cansan. Sobre todo si lo que tienes es una misteriosa que no da síntomas externos, empiezan a sospechar que eres tú la  culpable de lo que te está ocurriendo. Te dicen frases odiosas como “esto te hará más fuerte”, ¿más?, pero si yo ya era muy fuerte. “Esto te hará valorar más la vida”, pero si yo siempre la he valorado, “tienes que tener paciencia”, tus muelas con la paciencia y, la peor, “¿no será lo tuyo una cosa de coco?, anda, anímate” Como si el coco no fuera parte del cuerpo, como si los que padecen alguna enfermedad mental pudieran hacer algo para no padecerla, emplear su fuerza de voluntad para curarse. Y además, ¿qué pasa si no me quiero animar, qué si prefiero darme de cabezazos contra la pared?, eso es cosa mía, ¿no te parece?

Pero no me dejó expresar mi parecer pues siguió hablando:

-Si te quejas, aburres a las ovejas, y si no te quejas te sientes muy sola encerrada en un cuerpo que se ha empeñado en torturarte, ¿por qué, por qué este cuerpo mío se me ha puesto en contra? Ya no lo quiero, vete de mí, cuerpo, pero entiéndeme, sin irme yo. A ver si por decirle esto se va a ir de verdad, me quedo sin vehículo y tengo que salirme del todo de la carretera. La carretera es la vida por si no lo habías pillado que te veo con hoy con cara de estar pensando en otra cosa, ¿en qué estás pensando? No me lo digas, será alguna tontería.  Y para colmo de males, se acerca el ocho de marzo y yo sin poder ir a la manifa feminista, con lo que me gusta hermanarme y sororarme vestida de morado. Menos mal que te tengo a ti para suplirme, ven que te dejo mi camiseta, venga, vamos, ¡ay, cómo me duele todo cuando me levanto!, me parezco a la tía Presen, ¿a qué sí?, te acuerdas cuando nos decía, “me duele desde el dedo gordo del pie hasta el último pelo de la cabeza”, lo que nos reíamos de ella. Pues ya ves. Y ya ves también la chapa que te he metido por preguntar,  ¿a qué estás cansada de mí? No me respondas hoy que tengo mal el ánimo, deja la sinceridad para otro día.

Para otro día la dejé y  en silencio la seguí por el pasillo en busca de la camiseta.  La nube de polvo, muy sociable,  también nos seguía doquiera que fuésemos. En ese momento, se oyó una llave girando en la cerradura, unos pasos, un ¡hola, hola!  Era Ceferino (nombre ficticio). Iba a decir  era Ceferino el marido de Petronila,  pero  a ella no le gusta que lo denomine así,  no están casados. Ya desde pequeña era muy contraria al maridaje, ¡que no me caso y que no me caso!, gritaba de repente  en mitad de un escondite delatando su posición, la muy tonta. Pero era verdad,  no se casó. Entonces a Ceferino, con quién convive desde hace la torta de años y con quién ha tenido dos hermosas vástagas, podríamos llamarlo, para entendernos, su pareja o parejo. De la idiosincrasia del parejo  os hablaré en próximas entregas, si es que las hay ¡Qué palabra!, idiosincrasia.