Día: 4 marzo, 2019

La idiosincrasia de Ceferino

Hola, hola, nos saludó Ceferino, ¿cómo va la cosa? No sé si con la cosa se refería a la Misteriosa, al día, a la tarde, a la nube de polvo que, por cierto,  se puso muy contenta al verlo entrar y hasta me pareció que se le pegaba con afecto a la ropa y a la barba,  o a cualquier otra cosa. Había muchas por ese pasillo. Hay muchas por toda la casa pero no creo que sea por el cariño que sienten hacia ellas ni por ansias de acumulación sino más bien porque no las ven y por eso no les causan molestia.

-Todo normalito, respondió Petronila. Ha venido mi prima a hacerme un rato de compañía, le quería dar la camiseta morada pero no puedo abrir el armario, se ha atascado la cerradura o algo por dentro  y además,  no se ve nada porque esta luz  de aquí se ha fundido.

-Vaya, vaya, pronunció Ceferino colocándose debajo de la luz fundida y observándola con mucho detenimiento. Parecía  un médico de las luces a punto de diagnóstico.

-Sí, está fundida. Y la puerta…

También la miró un poco, intentó abrirla un par de veces  y no pudo.

-Sí,  está atascada, confirmó muy sabio.

-No es importante, ya se arreglará.

Esas palabras agradaron a Petronila y también la tranquilizaron.  Se ve que ambos creen en la existencia de  los duendes del bricolaje.

Ceferino no tiene la cara tan rozagante como Petronila pero tampoco puede decirse que esté ajado, lleva barba, una barba abundante  y  un poco canosa ya. Es alto, con unas cejas pobladas que cuando sean blancas, todavía no lo son, le harán parecer una montaña nevada en sus cumbres. Su cuerpo es  voluminoso pero no gordo, las camisas las  lleva  medio por dentro y medio por fuera como si no quisiera ir ni demasiado colocado ni descolocado en exceso y por eso ha optado por una zona intermedia, pero esa zona intermedia no le hace parecer neutral en su arreglo sino bastante desastre.  Sus zapatos siempre tienen aspecto de haber caminado mucho, con Ceferino encima o por su propia cuenta. Incluso aunque sean nuevos y los acabe de sacar de la caja parecen zapatos que hayan vivido. O se los compra de segunda mano, no creo, o  no  sé cómo lo hace.

Como no me podía dar la camiseta y de repente se encontraba un poco más animada y menos dolorida, creo que la presencia de Ceferino mejora sus síntomas, Petronila me propuso dar un paseo corto por el Desmochao.   Antes de salir nos despedimos de él que ya estaba cómodamente sentado sobre el sofá, se había quitado los zapatos caminadores y contemplaba en éxtasis un juego muy parecido al billar llamado snooker.

Le apasiona mucho seguir la trayectoria de cualquier objeto rodante, -me explicó Petronila-, sobre todo si ese objeto rodante tiene que pasar por ciertas dificultades o peligros, competir con otros objetos rodantes que persiguen el mismo fin y todo ello ajustándose a una serie de normas, con limitaciones, no con libertad total para rodar. Cuando el objeto rodante entra en su hoyo, portería, agujero, canasta o donde sea que tenga que introducirse,  se pone de un contento… No creas que no nos ha dicho adiós por mala educación o por indiferencia, es que en este momento podría caerle al lado una bomba atómica que te aseguro que no se le movería ni un pelo de sus cejas. Lo admiro mucho, yo no soy capaz de abstraerme así del entorno, sólo en las manifestaciones cuando gritamos todos al unísono, ahí tal vez sí siento que el mundo desaparece, ¡qué añoranza!

La verdad es que con esas barbas y esa actitud vital tan calmada,  Ceferino parece un profeta, un profeta que no necesita profetizar nada pues ya lo hace con su tranquila presencia. Es como si estuviera diciendo, pero sin pronunciar palabra,” tranquilos hombres y mujeres de este mundo, ¿a qué tantos afanes, preocupaciones, desvelos, ambiciones, odios, histerismos? Haced como yo, paseo apacible con mis zapatos viejos, o nuevos que parecen viejos, a veces ellos pasean sin mí, lo cual me parece muy bien pues no soy absorbente ni acaparador,  observo con sumo contento cómo las bolas se introducen, después de diferentes desvíos, peligros y amenazas, en sus correspondientes agujeros y eso me causa gran satisfacción. El día que muera, estaré muerto y aquí no habrá pasado nada. Eso no me molesta ni incomoda, tengo poca importancia y no me amarga en absoluto no tenerla. Disfruto de lo que puedo y con eso tengo más que suficiente”.

La debilidad de Ceferino son sus dos hermosas hijas, Hildergarda y Cunegunda (nombres ficticios ). Ellas lo saben y se le suben bastante a sus proféticas barbas.

Y así, mientras Ceferino se extasiaba con el snooker nosotras nos extasiamos con las mariposas. Había muchas, de diferentes tamaños y colores, todas muy felices de que el cambio climático les haya dado la oportunidad de nacer en febrero. También vimos raras flores de aspecto mutante y a los mirlos de siempre más habladores que nunca. Seguimos sin entender lo que nos dicen pero parecen simpáticos. A lo lejos vimos a Rosi, la de la peluquería, recogía palos y otros objetos del suelo. El para qué ya se verá si es que tiene que verse.