Día: 18 de marzo de 2019

Los venenos, sus antídotos

Mientras recorríamos el desmochao intentando alcanzar a Rosi para que nos explicara qué pensaba hacer con tanto palo, me fijé en las atípicas bellezas del lugar. En los arbustos, flores, matojos, hierbajos y árboles retorcidos que de pronto se han vuelto amarillos, blancos o morados. También había cascotes, desperdicios, abejorros exploradores y mucha tierra reseca. Parecía la página del cuaderno de un niño que está aprendiendo a pintar, lleno de colores chillones que no respetan el contorno de las cosas, lleno de cosas sin contornos.  O los bocetos de un loco. Sea como sea, tiene algo muy atrayente el  desmochao. Por fin llegamos hasta donde estaba Rosi.

– ¿Qué haces con esos palos, no irás a prender una hoguera aquí mismo?, le preguntó Petronila. Mira que estamos a 25 grados, y señaló el termómetro que se ve enfrente, sobre el edificio moderno, al otro lado de la autopista.

-Ahora no tengo tiempo de cortar pelos ni de teñir ni de poner mechas ni de que me soltéis el rollo mientras os peino, ya lo aviso. Es que la gente se cree que las peluqueras somos como los médicos, que siempre estamos de guardia y prestos para resolver emergencias. Os las apañáis como buenamente podáis. Falta os hago, ahora que os miro más de cerca, santa María Magdalena, patrona de mi gremio, ¡ qué greñas me lleváis!,  pero ya os digo que no puedo, estoy ocupada.

-Ya, ya, si eso lo vemos y no queremos tus servicios, solo saber qué haces.

Abrazó Rosi sus palos como si se los fuéramos a quitar, levantó la cabeza  y sus pelos teñidos de verde y azul refulgieron al sol igual que  si a ella también la hubiera coloreado el niño del cuaderno o el loco de los bocetos. Así de iluminada, dijo:

-He sentido la llamada del arte mientras estaba lavando a una señora y le he dicho, ahí te quedas María Consuelo, sécate tú misma y cierra la puerta al salir.  Tengo que obedecer estas llamadas porque ya tengo comprobado que cuando reprimo mi creatividad se me agría el  carácter, es como si la vida me fuera envenenando y , o me tomo el antídoto a tiempo o… no sé si me entendéis.

-Te entendemos a la perfección, Rosi, ¿qué te crees, única? Yo me siento envenenada cuando no lucho por la causa, por cualquier causa, ahora mismo estoy envenenada hasta los tuétanos,  y esta de aquí, mi prima la rara, se envenena cuando no escribe chorradas en su blog o en sus cuadernuchos. Lo que no sabíamos es que fueras artista de los palos, ¿y qué vas a hacer con ellos?

Soy artista de lo primero que pillo. Esta vez estoy creando un ciervo,  ya lo tengo casi acabado, las astas se las estaba haciendo con peines rotos pero ya no tengo más y por eso he venido a por palos, lo voy a colgar en el escaparate de la peluquería durante unos días, es mi galería.  Son obras de arte efímeras, como la vida misma, las tengo unos días expuestas y después las desmonto. Monto y desmonto constantemente como en un proceso de renacimiento y muerte, tal como hace nuestra madre naturaleza, tal como todo lo existente. Mirad, ya les han brotado hojas y flores a los árboles, todo reverdece y reflorece, llega la primavera y luego se marchará. Monta y desmonta, pone y quita, nace y muere, abrocha y desabrocha la vida.

Ah, dijo Petronila, pues sí.

Yo no dije nada porque nos habíamos acercado a la peluquería  a ver al ciervo  y a María Consuelo secándose ella misma con cara de cabreo y aquello, aquello (me refiero al ciervo) es que no sé cómo calificar aquello. Llamativo sí me pareció.

Recuerdos a Ceferino, se despidió Rosi empujándonos de  su peluquería taller creativo anti envenenamientos. Qué hombre más encantador, es un cielo, un tesoro,  la suerte que has tenido.

-Creo que está un poco enamorada de él o más que un poco, me confesó Petronila ya fuera de la peluquería. A la inversa me parece que que no, pero tampoco podría asegurarlo, yo ya no soy la que era,  ya no tengo las energías ni el atractivo que tenía y encima estoy envenenada,  ahora la que manda es la misteriosa y me acaba de decir que nos sentemos en esta terraza y que me invites a una caña y a un pincho de morcilla.  La morcilla tiene hierro y estoy carente.

Los mensajes de la misteriosa me están empezando a parecer un poco interesados, pero tampoco quiero desconfiar de mi prima enferma y en momentos bajos.

Total, que nos sentamos. Petronila me dijo que había estado  estos días leyendo el libro Paisaje con grano de arena de la poeta Wislava Szymborska y que qué me parecía si intentaba ella escribir también, sin pretensión ninguna,  como antídoto más que nada.

-Parece fácil, igual que ella tiene una poesía a la cebolla, yo le puedo hacer otra a la morcilla, por ejemplo. Me voy a apuntar aquí mismo, en las notas del teléfono, unas primeras ideas que se me han ocurrido,  en principio no son muy allá pero luego quién sabe… Ya verás, ya verás.

Morcilla, morcilla, que os den a todos morcilla, susurró Petronila entre bocado y bocado. Me siento mejor,  menos intoxicada por la vida y sus ataques y eso que todavía no tengo más que una idea por encima de lo que va a ser el poema,  ¿te gusta?

Menos mal que no tuve que contestar porque ella metió la cabeza debajo de la mesa, me pegó un tirón del brazo para que yo hiciera lo mismo y muy alterada dijo: mis hijas, mis hijas, por ahí vienen,  que no me vean, por Dios.

Y yo que pensaba que eran los hijos los que se escondían de los padres…

-Están guapísimas y qué altas y bien plantadas, observé sacando medio ojo.

Sí, sí, todo lo guapas que quieras pero las temo más que a un nublao, no asomes la cabeza hasta que no se pierdan de vista.

¿Y por qué tendrá tanto miedo Petronila a sus vástagas,  Hilde y Cune? Si parecen inofensivas.

Morcilla, morcilla, que os den a todos morcilla, siguió recitando Petronila bajo la mesa junto a una hilera de hormigas atraídas, no tanto por el poema, como  por nuestras migas.