Día: 23 abril, 2019

La máquina de Salvatore

A las cinco  le despertó la sed y un tremendo dolor de cabeza. Oyó un ruido extraño que provenía de fuera, como el zumbido de una máquina en funcionamiento y  pensó en un aire acondicionado gigante, podía ser el del hotel  de enfrente, una mole blanca sobre la que se bamboleaba una hilera de flacas palmeras. Golpeándose con casi todos los muebles salió a la terraza para comprobar si el origen del ruido estaba ahí y nada más salir al aire fresco de la madrugada, Hans se dio cuenta de su errónea percepción ¡El mar!, ¡era el mar! Se golpeó la frente con la mano,  bebió de un largo trago toda la botella de agua y  miró las estrellas. Los  pájaros estaban a punto de empezar a cantar, había muchos, vivían entre los matorrales que bordeaban el camino hacia la playa, sobre los árboles retorcidos, algunos  volcados en el suelo por la fuerza del viento.

¡Qué idiota soy!, Salvatore, ¿sabes que he confundido el sonido del mar con el de una máquina?, dijo riéndose y entrando de nuevo en el cuarto vacío. Volvió a la cama pero ya no se durmió. En cuanto amaneciera  saldría a pescar. Le gustaba el sol y esa luz que no había en su país, le gustaba la playa vacía a primera hora. Metió en la mochila dos botellas de cerveza, los aparejos de pesca, se remangó los pantalones, se descalzó y salió. No había nadie y las flores moradas del camino  todavía estaban cerradas,  caminó por la orilla casi hasta el final, se sentó sobre la arena y empezó a beber. Ya pescaría luego, se estaba muy bien ahí, se terminó las  dos cervezas y se quedó dormido, acurrucado  de medio lado sobre la arena.

Salvatore, dijo al despertarse, creo que me he quemado justo por la mitad, blanco por aquí, rojo por aquí. Soltó una carcajada. La playa había empezado a llenarse, ya no le gustaba, arrastrando los pies descalzos por la pasarela se marchó hacia el pueblo. Deambuló por las calles estrechas y llenas de gente y se compró unas botas de cuero,  altas, con la punta levantada y suela antideslizante, de vaquero.  Se las metieron en una bolsa de papel roja, crujiente. Compró cervezas y volvió al hotel.

Cuando no soportaba el silencio, ese silencio compuesto de ruidos propios que solo él oía y que lo perseguía a todas horas, encendía su pequeña radio. Música, noticias, tertulias, lo que fuera,  la radio empujaba esos ruidos y los sustituía por otros inofensivos, que no le hacían daño porque no le concernían.

Al parecer, su radio encendida no gustaba mucho a los que estaban comiendo, algunos se giraron para mirarle con desaprobación y también con un poco de miedo, otros se rieron como si esperaran espectáculo. Era un elemento discordante, perturbador. Hans se columpió en la silla, la inclinó sobre las dos patas traseras y desde ahí los observó,  ya sabía que lo despreciaban y se  reían de él,  pero no le importaba, estaba acostumbrado a desentonar. Se puso a mirar sus botas nuevas haciendo crujir adrede la bolsa de papel roja.

Pidió vino y cuando el camarero se lo trajo aprovechó para hablar un rato, le contó que había pescado un pez gato, para indicarle el tamaño se puso de pie y se señaló por encima de la cabeza, también le enseñó las botas y una nueva utilidad que se le acababa de ocurrir, la de pegarle a alguien con ellas en la cabeza, soltó una carcajada tan grande como el supuesto pez gato,  le dijo que había visto matar a gente con una simple tarjeta de crédito lanzada como si fuera un cuchillo, le habló de Salvatore, de que siempre decía cuando él se iba, “qué paz cuando Hans no está”, volvió a reírse pero ya no tan fuerte,  apagó la radio y repentinamente taciturno se concentró en el vino.

Después de beber se tumbó en una de las hamacas de la piscina, contempló un rato sus botas y de nuevo se durmió con una mano enganchada en el asa de la bolsa roja.

Soñó con una máquina que hacía el ruido del mar, que fabricaba olas, espuma, gaviotas y peces de todos los tamaños  y colores. Soñó con una máquina que hacía pájaros y flores moradas que se abrían y cerraban como si pestañearan, con una máquina que hacía vientos y brisas y olores salinos, soñó con Salvatore moviendo la manivela de esa máquina, se reía mientras la accionaba y dejaba salir  la luz dorada, el esplendoroso sol, la risa y como si se fabricara a sí mismo, el cuerpo del propio Salvatore.

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