Día: 13 mayo, 2019

Ge

Hasta que no llegó la nueva, Ge no había sido consciente de su edad, no del todo.  Tampoco de que podía  ser malvada.  Con la  aparición de María,  se rompió la percepción que tenía de ella misma. Ahora lo veía claro: era vieja y era malvada  y aunque no le gustara  no podía evitar ninguna de las dos cosas.

Fue su jefa, Asunción, quién le presentó a la chica una calurosa mañana de finales de  junio. Su jefa también era vieja, eso también lo descubrió de golpe,  al verla junto a la otra.  Antigua. De toda ella se desprendía un aire rancio como de moqueta muy pisada, con ese recogido lleno de  horquillas y ese vestido suelto de pequeños lunares marrones que se adherían a sus blandas carnes con una temblorosa oscilación.

No había duda posible: su jefa era vieja, ella era vieja, vieja era la oficina y viejos sus cometidos dentro de ella. Y si no lo había notado antes se debía a que ese conjunto  había ido desgastándose a la vez, sin puntos de referencia ni comparaciones posibles, como si formara parte de un mundo autónomo y aislado.  Hasta que apareció  María con sus pantalones blancos y su camiseta.  Qué bien hecha estaba, con qué gracia le caía el pelo sobre los pómulos, que dentadura perfecta y sana mostraba al sonreír, cuánto sonreía y qué poco consciente de sus cualidades era. Mostraba su belleza y  juventud con total inocencia, sin notar  el deslumbramiento y el dolor  que su contemplación causaba.

Todo esto, lo que en muchos años de vida rutinaria no había percibido,  lo constató  con total claridad Ge en un momento. Todo esto y aún algo más:  que se había ido dejando llevar por el suave pero constante empuje de los días por un camino incorrecto, que nunca había vivido con pasión verdadera,  que ya era para todo demasiado tarde y solo estaban a su alcance pequeños e insignificantes placeres, resignación y tiempos muertos. Comprendió que la puerta se había cerrado para siempre y que  por mucho que empujara ya no se abriría para ella.

María quería ser útil, aprender.  Era tan ingenua que no sabía que en esa oficina el verdadero trabajo consistía en no hacer,  en ir sorteando las jornadas a base de esconder con vanas tareas la falta de una verdadera labor que cumplir. Ejerciendo de jefa, Ge descubrió el placer de un sadismo de baja altura, oficinesco y pueril y  a él se entregó de lleno.

El primer día le asignó un ordenador medio estropeado y le mandó que copiara textos escogidos al azar de un libro polvoriento. Desde su despacho contemplaba con satisfacción las dificultades de la chica con el averiado teclado, sus esfuerzos por lograr que unas cuantas de  las letras no  se quedaran pegadas cada vez que sus dedos las pulsaban. Y cuando dio las primeras muestras de cansancio y dolor de espalda, Ge  le mandó borrarlo todo y empezar de nuevo. Así la tuvo hasta que se hizo de noche y  las luces de las oficinas circundantes se fueron apagando. Por fin dejó que se marchara con su pantalón blanco un poco arrugado  y una ligera expresión de cansancio bajo los ojos, muy ligera.

Ge –de repente ese diminutivo de Gemma  le pareció ridículo- durmió muy mal esa primera noche y también las siguientes. Sabía que su poder era escaso, que era  inútil querer aplastar, con sus pequeñas ruindades,  a esa fuerza de la naturaleza, a esa juventud desbordante y cargada de promesas que era María. Era muy  poco lo que podía hacer pero no por ello dejó, mientras cambiaba de postura entre las sábanas,  de idear pequeñas perversidades.  No se reconocía en esa recién estrenada maldad, se sentía extraña pensando así, sintiendo ese odio,  pero ese mismo sentimiento, tal vez por lo que tenía de novedad en su vida aburrida, la excitaba como una diversión nueva y refrescante.

El odio, aunque veteado por finas líneas de placer, era un sentimiento desagradable y se incrementaba hasta hacerse tan insoportable como un dolor agudo en cuanto María entraba en la oficina por las mañanas. Esa primera visión del cuerpo joven y bello, del rostro puro, inocente, sin huellas grabadas, del espíritu cargado de proyectos y esperanzas le resultaba insoportable.

Ge, aún consciente de lo vano y despreciable de su comportamiento, no podía dejar de  ejecutar pequeñas acciones para humillarla.  Por ejemplo, dejar caer objetos alrededor de su mesa para que  tuviera que agacharse a recogerlos. Un día tiró  la  grapadora y  otro  el bote de los lápices, pero fue con  la papelera metálica que rodó con estruendo y se quedó ahí, oscilando junto a las sandalias de María,  cuando Ge descubrió esos pies suaves y sin desgastar,  los  delicados y perfectos dedos.  Los comparó con  los suyos, prisioneros dentro de unos recatados zapatos azul marino, con diversos apósitos pegados para paliar sus anti estéticas dolencias y sufrió. Había querido humillar y era ella la que había resultado humillada, añadiendo un nuevo agravio a la larga colección de los que en, tan solo un par de semanas, había acumulado.

Rabiosa, empezó a mandar a María  a las cuatro de la tarde, nada más comer,  al edificio de enfrente a buscar unas  pesadas carpetas. Para llegar hasta allí debía cruzar un erial de cemento, desolado y sin una sola sombra. Inútil travesía bajo el sol pues las carpetas no contenían más que papeles sin interés.

Durante todo el mes, Ge  vivió entregada a la nueva pasión de odiar a María. Le hubiera gustado compartir su odio, machacándolo con palabras hasta convertirlo en un polvo fino y amargo pero no tenía con quién. Asunción seguía siendo la que siempre había sido, su abúlica y soñolienta jefa. Pasaba las largas jornadas sentada, pellizcándose  las gordinflonas mejillas, haciendo alguna que otra llamada, entrando y saliendo a circular por los refrigerados pasillos, charlando un poco con los empleados de las otras oficinas, tomando café, esperando…Las pasiones en general, buenas o malas,  no le concernían y miraba a Emilia con la misma dulzura que una  abuela. En aquella pequeña oficina no había nadie más y con los empleados de las empresas colindantes no tenía la suficiente confianza.

Ni siquiera el hecho de comprobar que María, como humana que era, también sufría, que también tenía sus propios malestares y problemas, la consolaba. Una mañana llegó con  ojeras  y quejándose de la regla. Asunción le trajo una pastilla con un vaso de agua, encantada de ejercer su oxidado instinto maternal y de encontrar, ya de paso, alguna ocupación. Ge la oyó vomitar en el cuarto de baño pero no se compadeció, al contrario, envidió ese cuerpo joven capaz de manifestarse con tanta aparatosidad. El dolor menstrual le pareció deseable, algo que ella ya nunca podría tener.
Lo mismo ocurrió la tarde en que la oyó discutir por teléfono. Fueron apenas unas palabras breves y secas pero a Ge no le pasó desapercibido ni su cara de disgusto ni esos ojos demasiado brillantes, preludio de unas cuantas lágrimas. Seguro que sufría de amor y ese sufrimiento también era envidiable, algo que tampoco ella podría ya experimentar.

Convivir con María se había convertido en una tortura. Ya no conseguía disfrutar de placeres que antes le habían bastado para sentirse feliz como quedar con alguna amiga para ir al cine, visitar exposiciones o tomarse una cerveza en una terraza una tarde de sol. Las películas no eran más que un sucedáneo de la vida, las obras de arte, de repente frías y lejanas, no le decían nada, en las terrazas se sentía aún más consciente de que su papel se limitaba ya al de mera espectadora. Tampoco podía concentrarse en la lectura, ¿qué le importaban a ella todas esas historias ficticias? Vivía constantemente rabiosa e irritada.

Cuando cada día, a las cuatro de la tarde, contemplaba desde su ventana la figura de María atravesando el patio de cemento, se imaginaba que la disparaba. En su imagen mental no había sangre, ni cuerpo desplomado ni vísceras desechas. No había gestos de dolor ni ruido ni aparatosas consecuencias. En su escena ideal, María simplemente desaparecía dejando una leve estela de humo, nada más.
Tantas veces la disparó de este incruento modo, tantas veces imaginó su volátil desaparición que cuando Asunción le dijo que la nueva se marchaba hasta llegó a creer que había sido por su causa. Pero no, eso no ocurría en la vida real. Se iba porque había encontrado otro trabajo.

Ge notó el mismo alivio que si se hubiera desprendido de una prenda demasiado ajustada que no la dejaba respirar. Eran las cuatro de la tarde y, asomada a la ventana, vio la silueta de la chica cruzando diligente bajo el sol, con sus largas piernas al aire, los suaves hombros, la melena moviéndose levemente al ritmo de sus pasos, los músculos de los brazos en tensión a causa de las voluminosas carpetas. Era la última vez. Por fin podría recuperar la calma, la paz. Eso se dijo, sin demasiado convencimiento, para aliviarse.

Al día siguiente la oficina le pareció más triste, desangelada y vieja que nunca. Asunción, en su despacho, se pellizcaba las  mejillas por toda actividad. Es cierto que el odio estaba aquietado pero ahora sentía algo peor, un vacío que, lo supo, no iba ya a llenarse. Tecleó una irrelevante nota en el ordenador, miró por la ventana, los vencejos se divertían gritando por el cielo.

 

 

 

 

 

 

Anuncios