Ge

Hasta que no llegó la nueva, Ge no había sido consciente de su edad, no del todo.  Tampoco de que podía  ser malvada.  Con la  aparición de María,  se rompió la percepción que tenía de ella misma. Ahora lo veía claro: era vieja y era malvada  y aunque no le gustara  no podía evitar ninguna de las dos cosas.

Fue su jefa, Asunción, quién le presentó a la chica una calurosa mañana de finales de  junio. Su jefa también era vieja, eso también lo descubrió de golpe,  al verla junto a la otra.  Antigua. De toda ella se desprendía un aire rancio como de moqueta muy pisada, con ese recogido lleno de  horquillas y ese vestido suelto de pequeños lunares marrones que se adherían a sus blandas carnes con una temblorosa oscilación.

No había duda posible: su jefa era vieja, ella era vieja, vieja era la oficina y viejos sus cometidos dentro de ella. Y si no lo había notado antes se debía a que ese conjunto  había ido desgastándose a la vez, sin puntos de referencia ni comparaciones posibles, como si formara parte de un mundo autónomo y aislado.  Hasta que apareció  María con sus pantalones blancos y su camiseta.  Qué bien hecha estaba, con qué gracia le caía el pelo sobre los pómulos, que dentadura perfecta y sana mostraba al sonreír, cuánto sonreía y qué poco consciente de sus cualidades era. Mostraba su belleza y  juventud con total inocencia, sin notar  el deslumbramiento y el dolor  que su contemplación causaba.

Todo esto, lo que en muchos años de vida rutinaria no había percibido,  lo constató  con total claridad Ge en un momento. Todo esto y aún algo más:  que se había ido dejando llevar por el suave pero constante empuje de los días por un camino incorrecto, que nunca había vivido con pasión verdadera,  que ya era para todo demasiado tarde y solo estaban a su alcance pequeños e insignificantes placeres, resignación y tiempos muertos. Comprendió que la puerta se había cerrado para siempre y que  por mucho que empujara ya no se abriría para ella.

María quería ser útil, aprender.  Era tan ingenua que no sabía que en esa oficina el verdadero trabajo consistía en no hacer,  en ir sorteando las jornadas a base de esconder con vanas tareas la falta de una verdadera labor que cumplir. Ejerciendo de jefa, Ge descubrió el placer de un sadismo de baja altura, oficinesco y pueril y  a él se entregó de lleno.

El primer día le asignó un ordenador medio estropeado y le mandó que copiara textos escogidos al azar de un libro polvoriento. Desde su despacho contemplaba con satisfacción las dificultades de la chica con el averiado teclado, sus esfuerzos por lograr que unas cuantas de  las letras no  se quedaran pegadas cada vez que sus dedos las pulsaban. Y cuando dio las primeras muestras de cansancio y dolor de espalda, Ge  le mandó borrarlo todo y empezar de nuevo. Así la tuvo hasta que se hizo de noche y  las luces de las oficinas circundantes se fueron apagando. Por fin dejó que se marchara con su pantalón blanco un poco arrugado  y una ligera expresión de cansancio bajo los ojos, muy ligera.

Ge –de repente ese diminutivo de Gemma  le pareció ridículo- durmió muy mal esa primera noche y también las siguientes. Sabía que su poder era escaso, que era  inútil querer aplastar, con sus pequeñas ruindades,  a esa fuerza de la naturaleza, a esa juventud desbordante y cargada de promesas que era María. Era muy  poco lo que podía hacer pero no por ello dejó, mientras cambiaba de postura entre las sábanas,  de idear pequeñas perversidades.  No se reconocía en esa recién estrenada maldad, se sentía extraña pensando así, sintiendo ese odio,  pero ese mismo sentimiento, tal vez por lo que tenía de novedad en su vida aburrida, la excitaba como una diversión nueva y refrescante.

El odio, aunque veteado por finas líneas de placer, era un sentimiento desagradable y se incrementaba hasta hacerse tan insoportable como un dolor agudo en cuanto María entraba en la oficina por las mañanas. Esa primera visión del cuerpo joven y bello, del rostro puro, inocente, sin huellas grabadas, del espíritu cargado de proyectos y esperanzas le resultaba insoportable.

Ge, aún consciente de lo vano y despreciable de su comportamiento, no podía dejar de  ejecutar pequeñas acciones para humillarla.  Por ejemplo, dejar caer objetos alrededor de su mesa para que  tuviera que agacharse a recogerlos. Un día tiró  la  grapadora y  otro  el bote de los lápices, pero fue con  la papelera metálica que rodó con estruendo y se quedó ahí, oscilando junto a las sandalias de María,  cuando Ge descubrió esos pies suaves y sin desgastar,  los  delicados y perfectos dedos.  Los comparó con  los suyos, prisioneros dentro de unos recatados zapatos azul marino, con diversos apósitos pegados para paliar sus anti estéticas dolencias y sufrió. Había querido humillar y era ella la que había resultado humillada, añadiendo un nuevo agravio a la larga colección de los que en, tan solo un par de semanas, había acumulado.

Rabiosa, empezó a mandar a María  a las cuatro de la tarde, nada más comer,  al edificio de enfrente a buscar unas  pesadas carpetas. Para llegar hasta allí debía cruzar un erial de cemento, desolado y sin una sola sombra. Inútil travesía bajo el sol pues las carpetas no contenían más que papeles sin interés.

Durante todo el mes, Ge  vivió entregada a la nueva pasión de odiar a María. Le hubiera gustado compartir su odio, machacándolo con palabras hasta convertirlo en un polvo fino y amargo pero no tenía con quién. Asunción seguía siendo la que siempre había sido, su abúlica y soñolienta jefa. Pasaba las largas jornadas sentada, pellizcándose  las gordinflonas mejillas, haciendo alguna que otra llamada, entrando y saliendo a circular por los refrigerados pasillos, charlando un poco con los empleados de las otras oficinas, tomando café, esperando…Las pasiones en general, buenas o malas,  no le concernían y miraba a Emilia con la misma dulzura que una  abuela. En aquella pequeña oficina no había nadie más y con los empleados de las empresas colindantes no tenía la suficiente confianza.

Ni siquiera el hecho de comprobar que María, como humana que era, también sufría, que también tenía sus propios malestares y problemas, la consolaba. Una mañana llegó con  ojeras  y quejándose de la regla. Asunción le trajo una pastilla con un vaso de agua, encantada de ejercer su oxidado instinto maternal y de encontrar, ya de paso, alguna ocupación. Ge la oyó vomitar en el cuarto de baño pero no se compadeció, al contrario, envidió ese cuerpo joven capaz de manifestarse con tanta aparatosidad. El dolor menstrual le pareció deseable, algo que ella ya nunca podría tener.
Lo mismo ocurrió la tarde en que la oyó discutir por teléfono. Fueron apenas unas palabras breves y secas pero a Ge no le pasó desapercibido ni su cara de disgusto ni esos ojos demasiado brillantes, preludio de unas cuantas lágrimas. Seguro que sufría de amor y ese sufrimiento también era envidiable, algo que tampoco ella podría ya experimentar.

Convivir con María se había convertido en una tortura. Ya no conseguía disfrutar de placeres que antes le habían bastado para sentirse feliz como quedar con alguna amiga para ir al cine, visitar exposiciones o tomarse una cerveza en una terraza una tarde de sol. Las películas no eran más que un sucedáneo de la vida, las obras de arte, de repente frías y lejanas, no le decían nada, en las terrazas se sentía aún más consciente de que su papel se limitaba ya al de mera espectadora. Tampoco podía concentrarse en la lectura, ¿qué le importaban a ella todas esas historias ficticias? Vivía constantemente rabiosa e irritada.

Cuando cada día, a las cuatro de la tarde, contemplaba desde su ventana la figura de María atravesando el patio de cemento, se imaginaba que la disparaba. En su imagen mental no había sangre, ni cuerpo desplomado ni vísceras desechas. No había gestos de dolor ni ruido ni aparatosas consecuencias. En su escena ideal, María simplemente desaparecía dejando una leve estela de humo, nada más.
Tantas veces la disparó de este incruento modo, tantas veces imaginó su volátil desaparición que cuando Asunción le dijo que la nueva se marchaba hasta llegó a creer que había sido por su causa. Pero no, eso no ocurría en la vida real. Se iba porque había encontrado otro trabajo.

Ge notó el mismo alivio que si se hubiera desprendido de una prenda demasiado ajustada que no la dejaba respirar. Eran las cuatro de la tarde y, asomada a la ventana, vio la silueta de la chica cruzando diligente bajo el sol, con sus largas piernas al aire, los suaves hombros, la melena moviéndose levemente al ritmo de sus pasos, los músculos de los brazos en tensión a causa de las voluminosas carpetas. Era la última vez. Por fin podría recuperar la calma, la paz. Eso se dijo, sin demasiado convencimiento, para aliviarse.

Al día siguiente la oficina le pareció más triste, desangelada y vieja que nunca. Asunción, en su despacho, se pellizcaba las  mejillas por toda actividad. Es cierto que el odio estaba aquietado pero ahora sentía algo peor, un vacío que, lo supo, no iba ya a llenarse. Tecleó una irrelevante nota en el ordenador, miró por la ventana, los vencejos se divertían gritando por el cielo.

 

 

 

 

 

 

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54 comentarios en “Ge

  1. Cuando solo nos quedan “pequeños e insignificantes placeres”, que de tan pequeños e insignificantes -y repetidos y banales- ya de placeres solo tienen el nombre. Y entonces el odio -o la envidia o la permanente irritación- no es más que una hiriente autoflagelación.
    (Magnífico, P)

      1. Qué mezquindad la del ser humano y que inútil es la envidia que desea la destrucción del.otro.Hizo muy bien la chica en irse y la vieja mala que se.pudra en se saña 😂

      2. Qué tristeza, Paloma. Y qué bien describes sentimientos y emociones… Dedicar el tiempo y las ganas a escribir sobre el dolor, la soledad y el sufrimiento tiene mucho mérito, y hacerlo con cariño, más. Me gustó mucho, a pesar de lo que remueve. Bravo. Un beso

      3. Me alegra.
        No es muy agradable, es verdad, pero a veces también hay que escribir de lo feo.
        Otro beso, Eva.
        Y muchas gracias 🙂

  2. Cuánta mezquindad en una sola persona, que ruegue no morderse porque se envenena.

    Lo escribes de un modo tan real que llegas a desear que sea imaginario.

    Un beso.

  3. Qué mezquino es el ser humano. Qué patético. El poder, incluso ejercido a pequeña escala, es siempre autodegradante. Haces un retrato de Ge que pone de manifiesto lo ruines que podemos llegar a ser si se dan las circunstancias. Ge daría pena si la proyección de sus frustraciones no generara sufrimiento. En lugar de gestionarlas, trata de compensarlas de la peor manera. Creo que es una actitud bastante corriente.

    1. Resulta triste, pero yo he tenido fejas así, incluso compañeras,

      a lo tonto a lo tonto, es una forma de hacer o conseguir hacer que esas personas se quiten del medio por sí mismas ” del ambiente tan agradablemente generado”.

      Besos.

      1. Es verdad, Amapola, tienes toda la razón.
        Es como dices, una forma de acoso y de hacer que el otro se vaya. Así ganan algunos.
        Siento que lo hayas tenido que sufrir
        Besos

    2. Pues, es muy complicado un ser humano , todos tenemos los lados oscuros de nuestra mente , los momentos que nos asustan a nosotros mismos y los cuales bajo ningunas circunstancias podríamos pronunciar. Es un texto muy cierto y muy fuerte en plan psicológico. Un abrazo.

      1. Es verdad, es complicado y hasta nos podemos sorprender a nosotros mismos con extraños e inesperados sentimientos. Pero si son malos hay que saber contenerlos.
        Otro abrazo, Tatiana

      2. Tu perspicacia es irrefutable. Es como dices. En todos nosotros habitan demonios que, si los dejamos sueltos o si se escapan, son capaces de los mayores horrores. En todos nosotros hay un pequeño Hitler y también, espero, una pequeña Teresa de Calcuta. Un abrazo.

      3. Claro que sí, quisieramos que sea una sola Teresa de Calcuta…¡a que no ! un pequeño Hitler también esta ahí. Ohhh…que bueno has dicho lo de demonios que habitan en nosotros.

  4. Me tienes de sorpresa en sorpresa… No esperaba esta dimensión de mezquindad. Por cierto, excelente!
    Gracias, Paloma!

  5. A veces es difícil aceptar la realidad, pero huir de uno mismo es imposible. Y pagarlo con los demás es, como la misma Ge dice, ser malvado. Aunque se equivoca en una cosa: sí podría evitarlo.
    Un besote

  6. Me ha encantado. El momento álgido en el que ya sueña con dispararla tremendo. Los pensamientos que están la locura, y que no hay quien domine. Y la narración fantástica.

    1. Lo del disparo incruento no sé yo si todos lo hemos pensado alguna vez cuando alguien se está pasando mucho con nosotros.
      Toral, con la imaginación no hacemos daño, que se sepa…
      Gracias, Patricia

  7. Es un relato impresionante, la envidia es una enfermedad del alma, un terrible mal que, cuando desaparece su víctima, se revuelve contra sí misma. Ya no la abandonará jamás. Un abrazo.

  8. He conocido a alguna Ge.
    Son como una enorme mancha de mezquindad,tienen alquitrán en el corazón.

    Lo has retratado muy bien.

    Besos limpios!

  9. Sufría y mucho la joven María pero supongo que también sufría Ge con su actitud, frustrada y apagada ante una vida plenamente amargada Y deseosa de trasladar su amargura a la joven. Envidia y odio, se complementan en una actitud patética. No me da pena Ge, o tal vez sí, no me queda claro. Personas así no merecen nuestro respeto. Un relato que expresa perfectamente la mezquindad que puede alcanzar el ser humano. La escena en la que imagina que la dispararía por la ventana, es magnífica.
    Es un placer leerte. Un abrazo Paloma.

    1. Creo que debe de dar más pena o, mejor dicho, se debe de sentir más empatía por la víctima, la chica en este caso.
      Aunque yo suelo pensar que la gente que actúa con maldad es porque algo le falla y no es feliz. También se les puede compadecer, pero a ser posible desde lejos.
      Muchas gracias, Carlos 🙂
      Otro abrazo para ti

  10. He empezado odiando a Ge, pero al final siento lástima por ella, por su extrema infelicidad y por lo que debe sufrir debido a su envidia biliosa, hay que ver el daño que hace la envidia … Lo que me ha parecido más inquietante de tu relato es su cercanía con la realidad, creo que todos conocemos o hemos conocido personas como Ge. Saludos, Evavill.

    1. Se la puede tener lástima siempre que no tengas que soportar sus mañas.
      Sí que se encuentran y padecen personas así, qué mal para ellas y para su entorno.
      Un saludo, Raúl.

  11. Has logrado un excelente relato, Paloma, con un tópico poco común en literatura(al menos de lo que he leído). Es más fácil apreciarlo en los grupos a los que hemos pertenecido o pertenecemos: siempre hay alguien con algunas características mezquinas, semejantes a Ge; pero van poco a poco quedando aislados, sintiendo la carga de infelicidad que ese modo de relacionarse conlleva.
    ¡Un abrazo grande!

    1. Hola, Sari
      Gracias por tus palabras.
      En realidad esta mujer también está asombrada de su propia maldad, como si le hubiera llegado de repente, al aparecer la joven y compararse y no poder remediar actuar de esa manera.
      Somos complicados los humanos y tenemos muchas facetas, algunas feas, otras bellas.
      Otro gran abrazo!!

      1. Es verdad, podemos llegar a asombrarnos y sorprendernos a nosotros mismos. La explicación me parece obvia y la explicación la da el budismo, siento ser “pesado de la hostia”: en realidad ni hay ni existe un “nosotros”. Nuestra personalidad, psique y sentimientos es un conglomerado de emociones, pensamientos y tendencias fluyendo, surgiendo e incluso luchando entre sí mismas (hasta que una se impone) constantemente. Y si no, fíjate. Por ejemplo, en mi caso han luchado varias tendencias dentro de mí a raíz de este comentario: la idea ha surgido, he pensado en el budismo y la explicación (ausencia real de un yo real) y han luchado la tendencia de “se lo explico y comento” y la de no comentarlo. Obviamente se ha impuesto la última. Igual que tú puedes haber experimentado varias tendencias en los breves segundos de leer esto: pensar “pues sí que es pesado el nene con el dichoso budismo” y la tendencia de desecharlo pero después quizá pensar “pues sí que tiene bastante razón”, etc., etc. La psique funciona así, aunque ahora pueda estar especulando y errando. Así en Ge empiezan a surgir esas tendencias de celos, odio, etc.

      2. Ha predominado la tendencia de “Pues sí, tienes bastante razón”. Es verdad, creo que la tienes. En ese caso, Ge tendría salvación porque puede que, pasado un tiempo, se le disipe la envidia y sea sustituída por otro sentimiento mejor.
        O no, no lo sé.

      3. Pues sí, “somos” complicados. O por lo menos, lo que sale a escena o a la palestra es complicado y contradictorio tantísimas veces. Por eso “no nos entendemos ni nosotros mismos”.

  12. ¡Qué vida más triste y penosa la de esta Ge! Sí, conozco alguna… y me da mucha pena. Al final se quedan solos de por vida, encadenados por sus propias miserias y envidias.
    Buen relato, Paloma.
    Besosss

    1. Pues sí, Maite. Es triste y también poco inteligente. Pero puede que no fuera mala a tiempo completo. Quién sabe si también era capaz de ser bondadosa, a lo mejor sí, en otras circunstancias. Aunque eso tampoco la disculparía.
      Muchos besos!!

  13. Lo primero que quiero decirte es que esta narración me encantó. Muchas me han gustado un montón, pero es que ésta tiene un toque psicológico mucho más profundo y desgraciadamente, es seguro que más de alguno hayamos experimentado lo mismo (por cualquiera de los lados) o hayamos visto este suceso protagonizados por otros. Me recordó algo muy triste. Una profesora que tuve, creo que en la secundaria. Una bellísima profesora de inglés, joven, simpática y experta en la materia. Pero el alumnado y el profesorado le hicieron la vida imposible … Esto siempre me indignó porque por culpa de terceros nos hicieron perder a una profesora que era buena en la materia y era buena de corazón. Puedo decirte que hubo muchas Ge involucradas esto; viejas, malhumoradas y aburridas que no aceptaban la belleza y ternura natural de esta profesora nueva, que brillaba como un rayito de sol, al que fueron quitándole la luz por envidia…

    Aún así creo entender la postura de Ge, a veces la vida es tan monótona que nos entregamos a tareas inútiles, abriéndonos a emociones insanas, pero algo emocionantes… Triste, patético, pero desgraciadamente humano.

    1. Y lo primero que quiero contestarte yo es: muchas gracias, Kadannek.
      Sí que es triste lo que me cuentas, menudas brujas esas profesoras. La otra, tal como la describes, me ha encantado. Qué lástima que la hicieran la vida imposible. Me has hecho recordar el cuento de Cenicienta y sus hermanastras feas y envidiosas. O el de Blancanieves, con la madrastra que no aceptaba el paso del tiempo y hasta llegó al envenenamiento. Y de más cosas me estoy acordando, también de una profesora muy simpática y guapa.
      Pero no me enrollaré más.
      Un abrazo.

  14. Lo leí hace un par de noches, pero es que no he parado… Lo dices muy sabiamente en un comentario: “El que más sufre es el que odia”. Pues sí. Se pueden decir muchas cosas de tan tremendo personaje: corroída por la envidia, los celos, el odio. Mezquina, ruin, una persona amargada, que parece no tener ilusiones ni objetivos digamos que positivos. Una rápida revisitación ahora mismo me ha recordado otro factor: que la llegada de la chica la hace ser consciente de su vejez y deterioro, de muchas cosas que ya pasaron y para las que ya no habrá más oportunidades. En fin, maldad y podredumbre humana a raudales. La verdad que es patética y da auténtica lástima. Y es verdad, hay gente así, malvada y que disfruta amargando y haciendo sufrir a otros. Además se llega a obsesionar, obcecar y amargar aún más.
    El relato posee una fuerza tremenda, una gran descriptividad de ese patético universo emocional y psicológico.
    ¿Has leído la novela Estupor y temblores (Stupeur et tremblements) de Amélie Nothomb? Si la has leído te parecerá clara la pregunta y la comparación. Esta conocida escritora, hija de padre diplomático belga, viajó muchísimo, o mejor dicho, vivió en distintos países debido a la profesión del padre. Se crió, vivió y trabajó en Japón, como intérprete, pues también hablaba japonés. El caso es que en esta novela se relata su propia experiencia entrando a trabajar para una gran compañía japonesa, en un trabajo de oficina. Su superiora, japonesa por supuesto, la putea y humilla lo indecible. Imagínate el rígido sistema de trabajo allí, con lo inflexibles que son los japoneses en su mundo, sociedad y cultura. Y encima tratan con bastante desdén e incluso racismo a los extranjeros que pretenden integrarse allí. El caso es que creo haberla leído hace unos cuantos años (no recuerdo el libro físico, es curioso, pero sí haberme reído mucho). Es que el sadismo se mezcla con la comicidad y el absurdo, dado lo inverosímiles de muchas situaciones. Por supuesto, obvia decir, por las similitudes la novela de Amélie saltó a mi cabeza al leer tu relato.
    Namastebesos.

    1. Yo no sé de dónde sacas los personajes, las historias o los gérmenes (no microbios) para ambos, o la inspiración o las ideas. Es para alucinar contigo. Esta Ge que te has sacado del tintero, o no tanto…

    2. Leí hace un montón de años esa novela, me gustó mucho y me resultó asfixiante y enfermizo el ambiente laboral que describe.Creo recordar que su jefe la pone a fregar los baños para que quede clara la jerarquía.
      Es un libro muy bueno pero es el único que he leído de ella.

      1. Es verdad, la ponen a fregar baños. Ya ni siquiera me acordaba de eso. Me vino a la cabeza la novela pues creo que hay una lejana pero cierta similitud. Con eso no quiero dar a entender que tu escrito…
        Sobre el resto de mi extenso comentario… ¿nada, absolutamente nada que decir? Qué cosas más raras pasan en wordpress. Parece que sea literalmente invisible esa parte. ¿Ocurre algo, me he perdido algo? ¿No será por esa comparación? ¿Se habrán impuesto determinadas tendencias, quizá? En fin. Reitero que está muy bien escrito, ambientado y retratado. También has creado una atmósfera asfixiante, opresiva, inquietante. Es curioso.

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