Día: 16 mayo, 2019

Escena urbana

La señora que lleva en brazos una  maceta con margaritas está convencida de una cosa,  es esta: gran parte de los actuales problemas del mundo se deben a que han cerrado los manicomios. Desde entonces, los locos andan sueltos,  están por todas partes, entremezclados con los cuerdos, descontrolados, cometiendo todo tipo de desmanes. Como no se puede resistir a guardar su convencimiento para ella sola, – son los convencimientos material demasiado pesado para no aliviar su carga en alguien más-, se lo cuenta a la señora de la cara roja, que, al igual que ella, está esperando el autobús número 20.

Cara roja también tiene su propio convencimiento, que no es el mismo, y también desea compartirlo. Ella más bien lo achaca a la falta de educación y así se lo expresa a Maceta de margaritas, “lo que le pasa a la gente es que es muy maleducada. El otro día estaba yo aquí, en esta misma parada,  cuando un hombre fue pasando hacia delante, como si buscara algo que se le había caído al suelo y al llegar el autobús, quiso entrar el primero. Como no le dejé, le dije, digo,” ni se lo sueñe, hermano”,  se me encaró y me dijo, “señora, se me relaje,  que hay asientos para todos”, entonces yo le contesté, “asientos para todos habrá, pero educación, por lo que veo, poquita y mal repartida”.

Cara roja, todavía más enrojecida de la ira que siente al recordar el incidente,  mira a Maceta con margaritas esperando que le alabe o  aplauda la respuesta, ya que la considera de lo más acertada e inteligente,  pero la otra sigue empeñada en su personal convencimiento.

¿Ve lo que le digo?- dice oliéndose una manga de  la chaqueta-, ¿lo ve? Ese hombre del que me habla no estaba bien, una persona que está bien de la cabeza no hace eso, una persona con salud mental aguarda su turno y no responde así. Ese hombre era un demente, no tenían que haber cerrado las instituciones psiquiátricas, ahora estamos como estamos. Yo voy al cementerio a llevar flores ¿y usted?

-Al trabajo, qué remedio.  El otro día, en la parada del autobús…Todo me sucede esperando el autobús, parece que se pasa una la vida esperando el autobús, la de vida que se nos va así, esperando en las paradas de los autobuses.

-Bah,  responde Maceta con margaritas, se nos iría de todas maneras. Tanto si te quedas en casa como si sales, si trabajas como si no, si esperas en la parada como si vas conduciendo… la vida se va, lo que no sé es a dónde. Mientras acuna su maceta y se vuelve a oler la manga de la chaqueta, se ríe de su propia ocurrencia.

Cara Roja no se ríe del todo, solo un poco, no le quiere entregar su risa a la otra, siente un poco de rabia porque Maceta de margaritas no haya alabado su oportuna respuesta al hombre maleducado.

Silenciosas y un poco rencorosas, desconfiando la una de la otra,  se ponen a mirar a su alrededor. Detrás de la parada, en la esquina, está la mujer que pide, lleva un pañuelo atado a la barbilla y se sienta sobre unos cartones, está leyendo un libro pequeño, lee como los niños cuando están comenzando a aprender, moviendo los labios y silabeando en voz alta.

Yo a  veces le doy una moneda o dos, hoy no le he dado porque todos los días no se puede, dice Maceta de margaritas.  Está leyendo un librito, ¿qué leerá? Tengo curiosidad, se la ve muy concentrada  y, mire, mueve los labios. A lo mejor está aprendiendo a leer, es admirable.

Sí, es admirable que a su edad y en sus condiciones tenga ganas de aprender, pero  tan concentrada no está, bien que cuando oye pasos levanta la cabeza y dice eso de “suerte para su familia, sinior, siniora”

Pues a mí que no me diga suerte para la familia porque yo ya no tengo familia, conmigo pincha en hueso,  mire esta maceta, son bonitas las margaritas, la llevo al cementerio, no es que crea que vaya a solucionar la vida de los muertos llevándoles flores,   pero lo hago igual, ya sé que no sirve para nada.

Si le sirve a usted…

Sí, me sirve, me sirve,  a veces más y otras menos, no es infalible esto de llevar una maceta de margaritas al cementerio, tampoco se crea que… Mire ese, hablando solo, si cuando le digo que la mitad de la población tendría que estar encerrada, lo digo porque lo veo y lo oigo cada día, no hay más que salir a la calle, al que no está loco le falta poco para estarlo. Todos no son peligrosos, lo hay inofensivos  pero otros… como para echar a correr. Lo malo es que están camuflados, no hay líneas divisorias, ¿cómo vamos  a saber quién lo es y quién no,¿ usted lo es, lo soy yo?  Ja, ahí queda la cosa.

La bolsa de ajitos a un euro, vamo al ajito, vamo al ajito, recita un hombre desde  de la acera de enfrente. De vez en cuando se apoya en la pared y estira la espalda, se mira los zapatos, mira la parada donde parlamentan Cara roja y Maceta de margaritas y vuelve a su pregón: la bolsa de ajitos a un euro, vamo al ajito, vamo al ajito.

-Pobre hombre, se compadece  Cara roja, todos ocupamos un lugar en este teatro del mundo pero a algunos les toca el papel más feo, hay que reconocer.

-Cosas hay peores que la venta ambulante, ¿qué estará leyendo la señora esa? Será algo fácil, con pocas letras, se ve que está aprendiendo, lo cual me parece admirable, ojalá todos tuviéramos su iniciativa y su fuerza de voluntad, ya viene el autobús, menos mal, la maceta pesa.

-Sí, menos mal porque se pasa una la vida esperando en las paradas, a mí es que todo me pasa en las paradas. Y la vida que se marcha mientras una espera.

Esta sí que debería estar encerrada, desde el primer momento me lo ha parecido pero una nunca sabe, musita Maceta de margaritas oliéndose de nuevo la manga.

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