Día: 23 mayo, 2019

Cuatro plátanos, media sandía

Martina se ha levantado con unos pelos como si se hubiera pasado toda la noche  en alta mar luchando contra una tremenda tormenta. La realidad es que ha pasado la noche durmiendo en su cama y  como no recuerda el sueño, supone que no ha sido especialmente agitado. A las doce y con el pelo todavía descontrolado,  sin dejarse domar por peines ni ungüentos, ha salido con Pedro a caminar por el parque y sus alrededores, a veces lo bordean y  otras lo atraviesan. Hoy lo han atravesado  por su mitad, por un camino que parece una  cicatriz.

Como es un parque descuidado, casi silvestre,  a los dos lados del sendero  las hierbas han crecido mucho.  Martina  las ha visto ondularse, normal porque el día es ventoso, pero después ha escuchado un ruido y ha visto  salir muy deprisa  algo grande y oscuro, algo que ha escapado. No ha tenido tiempo de verlo bien pero está casi segura que eso negro que huía era una rata. Pedro ha dicho que no, que a él le ha parecido un gato, hay muchos.

Pues a mí me ha parecido rata, ha dicho ella, y él,  no,  era gato,  y así se han pasado todo el camino discutiendo sobre la especie del ser que ha salido de entre las hierbas y cuando han llegado al final del parque ninguno de los dos estaba muy seguro de lo que había visto, incluso Martina  ha empezado a creer que no han visto nada, solo el viento moviendo las hierbas y a lo mejor desplazando alguna bolsa aunque eso, lo que fuera, corría con patas.

Las casas bordean el parque y en algunas ventanas se agitan las coladas de los vecinos como si quisieran escapar de la sujeción de las pinzas, volar de los tendales y hacer vida propia, lejos de los cuerpos de sus dueños. Martina se queda mirando esa agitación de las telas y siente una inquietud que le brota en el pecho,  asciende por la garganta, le sube hasta la cabeza y  allí bulle, encerrada. Tal vez sea eso lo que electriza su pelo.   Las hojas de los álamos tiemblan y susurran, o  más que susurrar, gritan.  Martina cree oír un mensaje cifrado en verde que traducido es, “ díselo ya, díselo, díselo”.

Decírselo se lo va a decir y pronto, ya lo tiene decidido,  pero lo que no sabe todavía es cómo, duda si es conveniente que lleve o no una introducción previa, un rodeo preparatorio o si sería mejor de golpe,  sin prólogo. También duda sobre la posición, si mejor sentados en uno de los bancos, para que se amortigüe el susto que él pueda llevarse o tal cual van, caminando. Pero  sentarse implicaría hacerlo largo, dar explicaciones, decir lo que puede que sea mejor callar. No, no,  mejor breve y directo.

Mira la chavala qué graciosa,  dice él justo cuando ella, decidida ya, iba a hablar.

Es una niña con un vestido azul, largo hasta los pies, princesa suburbana  tirando la basura en uno de los contenedores, en el pelo lleva una diadema de plástico brillante. Se da cuenta de que la están mirando y hace unos giros moviendo el vestido y luego llama a su perra, “Kiraaaaa”.

Se lo digo ahora, piensa Martina, ahora que está distraído mirando a la niña.

Pedro, te tengo que….  Menudo pintas, la interrumpe él, con el anillo ese en la nariz que parece un buey y encima de la gorra, la capucha,  se va para el callejón,  algún lío  se trae con las drogas, tiene mala cara,  ¿damos otra vuelta o nos vamos ya para casa? Tengo que comprar un colirio en la farmacia, ¿no querías tú ir a comprar algo?

Sí,  fruta, luego. No sé por qué te molesta que vaya vestido así,  solo son modas, pero lo que quiero es decirte es que  ya no puedo más de pasar las mañanas del sábado paseando por este parque por mucho que el ejercicio sea bueno para la salud,  que  no es bueno para la salud hacer siempre lo mismo,  que este camino es muy feo  y que  lo que he visto salir de entre las hierbas ha sido una rata, ahora estoy segura, una rata enorme y…no, ya se  está desviando demasiado, así no era el mensaje, tiene que ser más directa, ir a lo esencial.

Pedro, es que…

¡Joder, otra ambulancia!, es la segunda que he visto pasar hoy , ha tenido que ocurrir algo, es raro, eh, la interrumpe de nuevo.

A Martina le está empezando a parecer que Pedro es uno de esos personajes de los dibujos animados a los que persigue otro por detrás con la intención de clavarle un cuchillo o de la lanzarle a la cabeza un ladrillo, uno de esos personajes inocentes y despistados que van felices mirando las nubes y se paran a abrocharse los cordones de los zapatos o a oler una flor y eso les salva, siempre les salva de la cuchillada o del ladrillazo.

Ya han llegado otra vez al inicio del parque, donde empezaron a caminar, donde vieron salir a la rata o al gato. El viento se ha parado, estará escondido en algún sitio, y sin él ya no se ondulan las hierbas. Altas y  secas permanecen quietas.

Bueno, dice Pedro, yo me voy para la farmacia, ¿y tú?

Te dejo, dice Martina tan veloz como si escupiera una cáscara de pipa. La tercera ambulancia pasa pisando sus dos palabras.

Las ropas tendidas ya no se agitan, penden inmóviles  de sus pinzas, tranquilas, conformes. Las hojas de los álamos callan, ningún  mensaje que transmitir.

Martina se toca el pelo con la mano, se lo alisa, se lo coloca por detrás de las orejas. Se queda también quieta como las hierbas, como  la ropa y solo dice: tengo que comprar cuatro  plátanos y media sandía.

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