Día: 4 junio, 2019

La sopa

 

Como cada noche, el señor Briner ató la bolsa de la basura y comunicó a su mujer que salía a tirarla. Le gustaba dar el parte de  cada uno de sus pequeños actos cotidianos. Ella pronunció un desvaído “bien” sin levantar la cabeza del libro que estaba leyendo.

El señor Briner pasó junto a las casas de dos de sus vecinos. Los perros le ladraron no supo si de forma amistosa, hostil o, simplemente, por mero aburrimiento canino, por hábito. Pensó que más bien sería por esto último y lanzó la bolsa de la basura con un gesto rápido, seco y certero dentro de un gran contenedor verde. Lo hizo girando la cabeza hacia un lado pero aún así su olfato captó una apestosa vaharada a desechos.

Arrastró calle arriba sus pies calzados con alpargatas y se metió por uno de los callejones laterales. Aún no tenía ganas de volver a casa, sentía la necesidad de moverse, de pasear un rato. En el callejón olía a jazmín y a otras flores para él desconocidas pero de fragancias igualmente empalagosas. Cuatro calles más abajo se encontraba el mar y, aunque ni se oía ni se veía, expandía su húmedo aliento envolviéndolo todo y creando una atmósfera densa y sofocante.

Justo cuando se encontraba en  mitad del callejón tuvo la sensación de estar metido en un cuerpo mayor que el suyo, de estar contenido en él, de flotar, como un ridículo tropezón, dentro de una sopa caliente.

Aceleró el paso algo agobiado pero ese ligero aumento de la velocidad de su marcha le hizo sudar. Pesados goterones se deslizaban por su pecho y por su espalda pegándole la camiseta. Los grillos cantaban en uno de los pocos terrenos que quedaban sin urbanizar. Pronto estaría también construido como atestiguaba un horizonte erizado  de grúas.

Un murciélago sobrevoló su cabeza acercándose a la luz de las farolas para alejarse de nuevo rápido y torpe, con un brusco viraje.

El señor Briner sintió angustia y echó a correr como cuando era niño, sin motivo ni dirección. Sin embargo, aquella carrera no era una placentera carrera infantil sino el trote angustiado y torpe de un hombre maduro.

En realidad, lo que quería era correr hasta el mar, acercarse a la orilla y contemplar el anochecer sentado en uno de los bancos del paseo pero su carrera le llevaba en dirección contraria, hacia el monte que, por detrás del pequeño pueblo,  se alzaba mostrando sus anaranjadas crestas.

Llegó hasta las vías del tren y allí se quedó sentado, recobrando poco a poco la respiración, contemplando el cielo y las escasas estrellas que las luces eléctricas no conseguían eclipsar.

Al cabo de un rato desanduvo el camino, marchó por la calle más ancha caminando junto a las vallas de los chalets. Algunos eran antiguos y poseían una abundante vegetación que los aislaba del exterior pero otros, los de reciente construcción, se mostraban desnudos y despoblados, exhibiendo las vidas de sus habitantes. En una de las casas, dos hermanos pequeños se peleaban. La madre, asomada a la ventana, freía salchichas; el padre, en bañador, se duchaba junto a la piscina.

Cuando el señor Briner entró de nuevo en su casa, empachado de olores  y envuelto en la pegajosa bruma caliente, su mujer había terminado de leer y se estaba pintando de rojo las uñas de los pies.

Admiró su tranquilidad, su apacible modo de estar en la vida. Hubiera querido decirle que corrían peligro, que formaban parte de una sopa y que alguien, armado de una enorme cuchara, se los iba a comer. Hubiera querido decirle que en esa sopa había también grillos, contenedores de basura, brazos de grúas, ladridos de perro, gritos de niños, olores a tortilla, salchichas fritas y jazmines, murciélagos, estrellas apenas perfiladas y que todo, todo eso iba a ser devorado por la gran boca, iba a ser masticando, triturado hasta desaparecer.

Hubiera querido pero, así como acostumbraba a  comunicar sus pequeños y repetidos actos cotidianos, era incapaz de hacer lo mismo con otro tipo de sensaciones o pensamientos. Por eso se limitó a anunciar en un indiferente tono de voz: voy a lavarme los dientes, luego ponemos la serie.