Día: 24 junio, 2019

Los mensajes verdes

A Berenice Gallardete le encantaban las plantas, las tenía por toda la casa: en cada rincón, junto a las ventana, en el baño, en el dormitorio, en la cocina, en la sala, por el pasillo, en el cuarto de los niños  y en la terraza, colgadas del techo, trepando por las paredes, sobre los alféizares de las ventanas.

Le encantaban y se le daban muy  bien, sus plantas nunca enfermaban ni morían, al contrario, se desarrollaban de forma generosa y hasta torrencial, crecían, se expandían, se inflamaban, daban flores. Sus dos amigas , Manolita Kepler y Sabina Pizarrosa, se admiraban mucho de la buena mano que tenía con todo lo vegetal. A Manolita Kepler las plantas se le mustiaban como si vertiera sobre su tierra veneno en vez de agua y las de Sabina Pizarrosa  presentaban un aspecto regular, normalito, nada merecedor de exhibiciones.

Cuando una vez al mes se reunían en la casa vergel de Berenice a tomar café, las amigas expresaban su  admiración, sí, pero también hacían alguna que otra pregunta desconfiada pues no se podían creer que tanta exuberancia se consiguiera así como así.

“Pero si no hago nada”, se disculpaba Berenice, apartando las ramas de la Zamioculca que se introducían con muy pocos miramientos en las tazas como si ellas también  quisieran participar de la merienda.  “De verdad que no hago nada, solo las pongo ahí”, y mostraba un ahí  que ya era toda su casa, todo su ahí,” las riego de vez en cuando, más bien poco que mucho y ellas solas hacen lo que tienen que hacer. Me alegran la existencia, si os digo la verdad, pero no es mérito mío.”

Las amigas, en especial Manolita Kepler,  la envenenadora involuntaria, no la creían del todo y cuando Berenice no estaba presente debatían sobre el tema de tamaño éxito vegetal.

“Esta tiene que tener algún secreto para tener las plantas como las tiene porque no es normal, nunca se ha visto nada similar”, decía Sabina Pizarrosa retorciéndose las manos y  pensando en sus mediocres tiestos.

“A mí no me termina de gustar”, añadía despectiva Manolita, “quiero decir que yo no podría vivir en una casa así, tan llena de verde, si esto  parece una jungla, qué enmarañado todo,  se van a comer a su familia y a la propia Berenice como se descuide”.

“A lo mejor es lo que pretende”, se animaba Sabina. “Cualquier día se le pierden los niños detrás del ficus  o la drácena se come al marido, ¿te imaginas?” Y tras reírse un rato de la escena de Ildefonso Laínez siendo devorado pasaban a otras cuestiones, tampoco se iban a pasar el día hablando  de Berenice, esa  maniática de lo vegetal. Algo tenía de bueno esa pasión suya,  siempre sabían que regalarle: plantas.

“Ay, qué ilusión”, aplaudía Berenice, “¿cómo sabíais que quería una costilla de Adán? ¡Pensamientos!, oh maravilla, parece que tengan caritas, caritas que reflexionan o recuerdan,¡ un anturio!, me apasionan esas flores rojas en forma de corazón, me voy ahora mismo a buscarles un sitio, está difícil pero lo encontraré, para una planta nueva siempre habrá lugar”.

“Se va para hablar con ellas, claramente las prefiere a nosotras”, decía Manolita en cuanto Berenice se largaba abrazada a su nueva  maceta. Sí, les habla, seguro que mantiene larguísimas conversaciones con ellas y sin embargo,  con nosotras cuesta que diga tres palabras seguidas, me pone nerviosa, nunca sé lo que está pensando, es muy reservada”.

Pero Berenice no hablaba a sus plantas, nunca lo había hecho, como mucho las miraba desde lejos o desde cerca o desde media distancia ya que como estaban por todas partes podía experimentar variados puntos de vista y pensaba, “son una maravilla, está claro que  tengo un don de color verde, más me hubiera gustado tener uno de color azul e ir sembrando cielos por donde quiera que pisara, pero los cielos no se dan bien en un segundo interior”. Berenice, hay que admitirlo, era estrafalaria pensando.  Menos mal que sus amigas no tenían acceso a su caja mental de los secretos. Menos mal que nadie la tiene, excepto Google.

Lo que no contaba Berenice Gallardete a sus amigas, por su cerrada forma de ser y porque intuía que la podían conducir hasta la clínica psiquiátrica más cercana,  era la íntima e inquietante comunicación que había empezado a establecer con ellas o, mejor dicho, la que habían empezado a establecer las plantas con su dueña,  ofreciéndole pistas sobre aspectos de su vida que ni ella misma conocía. Las plantas habían empezado a actuar como  augures o como un avezado subconsciente que se adelantara a los acontecimientos.

Meses antes de que la premiaran por su trabajo de investigación sobre propiedades volumétricas de los fluidos,  la drácena, que con razón se apellidaba fragans,   le ofreció una maravillosa flor que llenó su hogar de un perturbador aroma  a jazmín. Con el tiempo Berenice  comprendió que  le estaba anunciando su particular florecimiento. Por eso se asustó cuando al cabo de unos meses  languideció y no hubo abono ni poda ni riego ni luz  que consiguiera enderezarla. Su prometedor trabajo había sido sepultado por otros más innovadores, ya nadie se acordaba de su investigación y su labor se volvió rutinaria y triste, ¿para qué tanto investigar?, se preguntaba algunas noches contemplando a su lánguida drácena  de resecas puntas, espejo de ella misma.

Algo parecido le ocurrió con el anturio, al que ella llamaba la planta del amor por sus rojas flores en forma de corazón. Florecía y florecía, se esponjaba y extendía como si fuera un símbolo de su sólida relación conyugal pero una tarde de domingo, cuando lo estaba regando mientras canturreaba desafinando un aria operística, a las que también era muy aficionada, el anturio se desplomó hacia un lado, vencido , herido de muerte. Berenice miró con recelo a Idelfonso, ¿tendría acaso un amante, ya no la quería? Intentó arreglar el desparrame de la planta colocándole un palo en el centro y atando a él sus ramas. Más o menos consiguió enderezarla pero al ir a colocarla en su sitio el palo  tutor se le clavó en un ojo.

Ese fue el inicio de su decadencia.  Al igual que antes no  intervenía para que sus plantas  lucieran tan esplendorosas, ahora tampoco era responsable de que  se marchitaran en bloque. Berenice se paseaba deprimida por su casa contemplando sus marchitos campos y  cantando en voz muy baja, no le daban las fuerzas para más,  “Oh fortuna cambiante como la luna”.

¡Qué etapa más mala pasó Berenice Gallardete! Los niños, que siempre habían estado sanísimos, empezaron a contraer todo tipo de virus encadenados que luego la contagiaban a ella. Como debido a la mala salud familiar faltaba mucho al trabajo, la degradaron, un joven inepto ocupó su puesto y ella, la otrora exitosa investigadora, quedó relegada a una posición oscura y subalterna. Su hasta el momento amoroso Idelfonso se mostraba esquivo y raro hasta que una noche, mientras cenaban,   le anunció que había decidido dejarla por una prometedora numeróloga de veinticinco años.

¡Numeróloga encima!, pero si somos científicos,  lloriqueaba Berenice en el café mensual esperando el consuelo de Manolita y Sabina.  Y claro que la consolaban, le pasaban la mano por la espalda, le decían que no se preocupara,  que todo mejoraría al igual que había empeorado, que solo tenía que darle tiempo al tiempo y no desanimarse mientras tanto. Ahora la percibían más cercana, les resultaba más fácil ser empáticas que cuando era esa mujer llena de dones y plena de éxito y  felicidad. Ahora sí que querían de corazón a Berenice Gallardete.

Un fin de semana  de cielos pesados y turbios , mientras limpiaba los vómitos de los niños , colocaba trapitos sobre sus frentes ardientes y pulverizaba las hojas de sus plantas moribundas, ya que  no se atrevía a tirarlas, Berenice comenzó a hacer lo que hasta entonces nunca había hecho: hablar en voz alta.  No es que hablara con las plantas es que, de puro desespero, lo hacía sola. Iba de un lado para otro, pálida y nauseosa,  arrastrando su cuerpo agotado y narrando todas y cada una de sus penas a aquel erial desecado.

Una vez que terminó el relato abrió la ventana para ventilar  y asomada  sobre los pochos geranios cantó, bastante mal pero con mucho sentimiento, el aria de Griselda, esa que dice:  “mi riverdi, o selva ombrosa, ma non piú regina esposa, mi riverdi sventurata, disprezzatta pastorella “.

“Mira que canta mal la Bere”, gruñó el vecino del tercero bajando con furia su persiana.  Pero en ese mismo momento, silenciosa, diminuta, despuntó del tronco de la drácena, verde y brillante, una nueva hoja, un pequeño y casi imperceptible mensaje de esperanza.