Los mensajes verdes

A Berenice Gallardete le encantaban las plantas, las tenía por toda la casa: en cada rincón, junto a las ventana, en el baño, en el dormitorio, en la cocina, en la sala, por el pasillo, en el cuarto de los niños  y en la terraza, colgadas del techo, trepando por las paredes, sobre los alféizares de las ventanas.

Le encantaban y se le daban muy  bien, sus plantas nunca enfermaban ni morían, al contrario, se desarrollaban de forma generosa y hasta torrencial, crecían, se expandían, se inflamaban, daban flores. Sus dos amigas , Manolita Kepler y Sabina Pizarrosa, se admiraban mucho de la buena mano que tenía con todo lo vegetal. A Manolita Kepler las plantas se le mustiaban como si vertiera sobre su tierra veneno en vez de agua y las de Sabina Pizarrosa  presentaban un aspecto regular, normalito, nada merecedor de exhibiciones.

Cuando una vez al mes se reunían en la casa vergel de Berenice a tomar café, las amigas expresaban su  admiración, sí, pero también hacían alguna que otra pregunta desconfiada pues no se podían creer que tanta exuberancia se consiguiera así como así.

“Pero si no hago nada”, se disculpaba Berenice, apartando las ramas de la Zamioculca que se introducían con muy pocos miramientos en las tazas como si ellas también  quisieran participar de la merienda.  “De verdad que no hago nada, solo las pongo ahí”, y mostraba un ahí  que ya era toda su casa, todo su ahí,” las riego de vez en cuando, más bien poco que mucho y ellas solas hacen lo que tienen que hacer. Me alegran la existencia, si os digo la verdad, pero no es mérito mío.”

Las amigas, en especial Manolita Kepler,  la envenenadora involuntaria, no la creían del todo y cuando Berenice no estaba presente debatían sobre el tema de tamaño éxito vegetal.

“Esta tiene que tener algún secreto para tener las plantas como las tiene porque no es normal, nunca se ha visto nada similar”, decía Sabina Pizarrosa retorciéndose las manos y  pensando en sus mediocres tiestos.

“A mí no me termina de gustar”, añadía despectiva Manolita, “quiero decir que yo no podría vivir en una casa así, tan llena de verde, si esto  parece una jungla, qué enmarañado todo,  se van a comer a su familia y a la propia Berenice como se descuide”.

“A lo mejor es lo que pretende”, se animaba Sabina. “Cualquier día se le pierden los niños detrás del ficus  o la drácena se come al marido, ¿te imaginas?” Y tras reírse un rato de la escena de Ildefonso Laínez siendo devorado pasaban a otras cuestiones, tampoco se iban a pasar el día hablando  de Berenice, esa  maniática de lo vegetal. Algo tenía de bueno esa pasión suya,  siempre sabían que regalarle: plantas.

“Ay, qué ilusión”, aplaudía Berenice, “¿cómo sabíais que quería una costilla de Adán? ¡Pensamientos!, oh maravilla, parece que tengan caritas, caritas que reflexionan o recuerdan,¡ un anturio!, me apasionan esas flores rojas en forma de corazón, me voy ahora mismo a buscarles un sitio, está difícil pero lo encontraré, para una planta nueva siempre habrá lugar”.

“Se va para hablar con ellas, claramente las prefiere a nosotras”, decía Manolita en cuanto Berenice se largaba abrazada a su nueva  maceta. Sí, les habla, seguro que mantiene larguísimas conversaciones con ellas y sin embargo,  con nosotras cuesta que diga tres palabras seguidas, me pone nerviosa, nunca sé lo que está pensando, es muy reservada”.

Pero Berenice no hablaba a sus plantas, nunca lo había hecho, como mucho las miraba desde lejos o desde cerca o desde media distancia ya que como estaban por todas partes podía experimentar variados puntos de vista y pensaba, “son una maravilla, está claro que  tengo un don de color verde, más me hubiera gustado tener uno de color azul e ir sembrando cielos por donde quiera que pisara, pero los cielos no se dan bien en un segundo interior”. Berenice, hay que admitirlo, era estrafalaria pensando.  Menos mal que sus amigas no tenían acceso a su caja mental de los secretos. Menos mal que nadie la tiene, excepto Google.

Lo que no contaba Berenice Gallardete a sus amigas, por su cerrada forma de ser y porque intuía que la podían conducir hasta la clínica psiquiátrica más cercana,  era la íntima e inquietante comunicación que había empezado a establecer con ellas o, mejor dicho, la que habían empezado a establecer las plantas con su dueña,  ofreciéndole pistas sobre aspectos de su vida que ni ella misma conocía. Las plantas habían empezado a actuar como  augures o como un avezado subconsciente que se adelantara a los acontecimientos.

Meses antes de que la premiaran por su trabajo de investigación sobre propiedades volumétricas de los fluidos,  la drácena, que con razón se apellidaba fragans,   le ofreció una maravillosa flor que llenó su hogar de un perturbador aroma  a jazmín. Con el tiempo Berenice  comprendió que  le estaba anunciando su particular florecimiento. Por eso se asustó cuando al cabo de unos meses  languideció y no hubo abono ni poda ni riego ni luz  que consiguiera enderezarla. Su prometedor trabajo había sido sepultado por otros más innovadores, ya nadie se acordaba de su investigación y su labor se volvió rutinaria y triste, ¿para qué tanto investigar?, se preguntaba algunas noches contemplando a su lánguida drácena  de resecas puntas, espejo de ella misma.

Algo parecido le ocurrió con el anturio, al que ella llamaba la planta del amor por sus rojas flores en forma de corazón. Florecía y florecía, se esponjaba y extendía como si fuera un símbolo de su sólida relación conyugal pero una tarde de domingo, cuando lo estaba regando mientras canturreaba desafinando un aria operística, a las que también era muy aficionada, el anturio se desplomó hacia un lado, vencido , herido de muerte. Berenice miró con recelo a Idelfonso, ¿tendría acaso un amante, ya no la quería? Intentó arreglar el desparrame de la planta colocándole un palo en el centro y atando a él sus ramas. Más o menos consiguió enderezarla pero al ir a colocarla en su sitio el palo  tutor se le clavó en un ojo.

Ese fue el inicio de su decadencia.  Al igual que antes no  intervenía para que sus plantas  lucieran tan esplendorosas, ahora tampoco era responsable de que  se marchitaran en bloque. Berenice se paseaba deprimida por su casa contemplando sus marchitos campos y  cantando en voz muy baja, no le daban las fuerzas para más,  “Oh fortuna cambiante como la luna”.

¡Qué etapa más mala pasó Berenice Gallardete! Los niños, que siempre habían estado sanísimos, empezaron a contraer todo tipo de virus encadenados que luego la contagiaban a ella. Como debido a la mala salud familiar faltaba mucho al trabajo, la degradaron, un joven inepto ocupó su puesto y ella, la otrora exitosa investigadora, quedó relegada a una posición oscura y subalterna. Su hasta el momento amoroso Idelfonso se mostraba esquivo y raro hasta que una noche, mientras cenaban,   le anunció que había decidido dejarla por una prometedora numeróloga de veinticinco años.

¡Numeróloga encima!, pero si somos científicos,  lloriqueaba Berenice en el café mensual esperando el consuelo de Manolita y Sabina.  Y claro que la consolaban, le pasaban la mano por la espalda, le decían que no se preocupara,  que todo mejoraría al igual que había empeorado, que solo tenía que darle tiempo al tiempo y no desanimarse mientras tanto. Ahora la percibían más cercana, les resultaba más fácil ser empáticas que cuando era esa mujer llena de dones y plena de éxito y  felicidad. Ahora sí que querían de corazón a Berenice Gallardete.

Un fin de semana  de cielos pesados y turbios , mientras limpiaba los vómitos de los niños , colocaba trapitos sobre sus frentes ardientes y pulverizaba las hojas de sus plantas moribundas, ya que  no se atrevía a tirarlas, Berenice comenzó a hacer lo que hasta entonces nunca había hecho: hablar en voz alta.  No es que hablara con las plantas es que, de puro desespero, lo hacía sola. Iba de un lado para otro, pálida y nauseosa,  arrastrando su cuerpo agotado y narrando todas y cada una de sus penas a aquel erial desecado.

Una vez que terminó el relato abrió la ventana para ventilar  y asomada  sobre los pochos geranios cantó, bastante mal pero con mucho sentimiento, el aria de Griselda, esa que dice:  “mi riverdi, o selva ombrosa, ma non piú regina esposa, mi riverdi sventurata, disprezzatta pastorella “.

“Mira que canta mal la Bere”, gruñó el vecino del tercero bajando con furia su persiana.  Pero en ese mismo momento, silenciosa, diminuta, despuntó del tronco de la drácena, verde y brillante, una nueva hoja, un pequeño y casi imperceptible mensaje de esperanza.

 

 

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54 comentarios en “Los mensajes verdes

  1. Esa unión “mística” entre Berenice y sus plantas me ha recordado a E.T. Perdóname, hace mucho calor y mi cerebro no está acostumbrado.
    Es más extenso de a lo que nos tienes acostumbradas, pero no importa porque leerte siempre es un placer. Más letras, más placer. 😉
    Estoy leyendo “La elegancia del erizo”, de Muriel Barbery. ¿Lo has leído? Creo que te gustaría.
    Un besote

    1. Cualquier asociación es buena aunque…¿por qué a E. T.? Tampoco hace falta que me lo expliques 🙂
      Y sí que se me ha ido un poco la mano en la extensión, pocos lectores voy a tener, me temo. El próximo lo podo.
      He leído ese libro, creo recordar que me lo recomendó Maite, otra bloguera. Me gustó mucho.
      Gracias por tus palabras tan cariñosas. Te iba a decir que eres un sol pero ¡eres Luna!

      Besos

      1. Vaya par de brujas Manolita y Sabina…
        Berenice tendrá suerte,aunque haya tenido sus horas bajas como Griselda…resurgirá al final como el personaje.

        Mi abuela era una crack de las plantas…
        : )
        Me la has recordado.

        Besos!

      2. Bastante brujas o poco solidarias con la alegría, por decirlo finamente.
        Berenice tendrá suerte y mala suerte pues la fortuna nunca se está quieta durante mucho tiempo en el mismo lugar.
        ¿Tu abuela la de las rosas? Me acuerdo que me hablaste de ella una vez 🙂

        Besos, Carmen

      3. Porque va con su maceta, cuando se está muriendo la planta se mustia y Elliot se da cuenta de que revive porque la planta también lo hace. Me encanta esa peli, fue la primera que vi en cine. 😊
        ¡Otro besote!

      4. Me lo has recordado tú, solo me acordaba del dedo, del “teléfono mi casa”, y de la bici voladora. La verdad es que es de lo más tierna esa película.
        Más besos!!

    2. Me acuerdo de que alguien más lo recomendó a Paloma¿ verdad? Me gustó también, pero leí uno mas de la misma autora y no me provocó nada . Me díó impresión que es una ” autora de un libro ” ¿ O me equivoco?

      1. Yo lo estoy leyendo para un trabajo de un curso y me está gustando. Acaba de sacar la cuarta novela, no sé cuál será la otra que leiste. La primera, «Rapsodia Gourmet», ha sido traducida a más de diez idiomas y recibió un premio. Pero el mayor éxito con diferencia lo ha obtenido con «La elegancia el erizo», su segunda novela.
        (Me he tenido que informar sobre ella para el trabajo).

      2. Intenté leer precisamente “Rapsodia Gourmet” no lo superé.Quizá no fuera el momento adecuado en plan espiritual y emocional…no lo sé. Es que a mi me pasó muchas veces, no entendía el libro por leerlo en el momento inadecuado. Un
        abrazo.

  2. Qué cierto es que a mucha gente la felicidad ajena le resulta fastidiosa e intragable. Las amigas dejaron de ser mezquinas cuando la desgracia se abatió sobre Berenice. Me alegro de que su vergel reverdezca. Has escrito un relato donde al final se hace justicia.

    1. Eso sucede y hasta cierto punto es comprensible aunque esté mal y sea, como tú dices, mezquino. Es que los humanos a veces lo somos incluso sin querer serlo.
      No sé si reverdecerá del todo su vergel, pero por algo se empieza.

      1. Yo no mucho pero quién sabe, tampoco descarto que te pueda llegar alguna mala energía, igual que te llegan las buenas.
        Gracias, Tatiana.
        Otro abrazo

  3. no sé si largo, a mi también me aterra irme de líneas en esta época que todo tiene que ser directo, pero esta historia, esta historia necesitaba espacio para poder florecer 😉

    amigas que en el fondo desean verte jodida, nada nuevo en un mundo viejo… por suerte nos has dado una pequeña brizna de esperanza…

    1. Gracias, Beauseant 🙂
      El formato blog no es el más adecuado para historias largas porque leer en pantalla cansa y además hay que hacer la ronda.
      Tampoco creo que, en general, deseen verte mal de una forma consciente, eso es demasiada maldad.
      Un poco de final feliz asomando…

      1. tienes razón, quizás no lo hagan de forma consciente, pero eso casi es peor 🙂 prefiero un malo, malo, te puedes cagar en sus muertos, que un malo inconsciente 🙂

  4. ¡Qué lindo relato!, me gustó mucho, esa relación con las plantas, ese don, que sin lugar a dudas algunas personas tienen y la comunicación que no necesita palabras con ellas, son las vibraciones lo que sienten y transmiten unas a otras. Es más telepática se puede decir. Lindo muy lindo, lo disfrute mucho, un abrazo

    1. Muchas gracias, Themis.
      Me alegra mucho que lo hayas disfrutado.
      Un don que seguro tienes tú. Todo lo vivo y natural te habla, o tú lo sabes escuchar con la atención siempre dispuesta.
      Un abrazo!!

  5. Señora evavill… buenas noches.
    Soy nuevo por estas lares. Es la primera vez que entro en este blog y que voy a comentar.
    Quería decirle que… ¡qué dominio y qué saber del mundo botánico! Me ha dejado admirado.
    Y qué hogar tan asombroso, una casa-jungla, casa-vergel, casa-jardín (no el insecticida) o casa invernadero. Prodigioso.
    Y hablando de insecticidas… me temo que no existe uno para erradicar, cual pulgones, esas nada desdeñables dosis de mala baba y falsedad (disfrazadas de amabilidad y buen rollo) de las dos amigas. También creo, si se me permite el símil, que la experiencia propia es la mejor tijera para podar y cortar de raíz. ¡Mira que alegrarse, regocijarse secretamente de las desgracias de Berenice! Eso es… maldad.
    Portentosos también los vaivenes de la naturaleza, esas fluctuaciones cual Yin y Yang, esas subidas y bajadas, alegrías y tristezas. Que no desespere, que lo acepte todo con espíritu taoísta. Nada es “bueno” ni “malo” en sí mismo.
    En fin, y ese guiño final a la esperanza… ¿nuevo romance con el vecino, pese al pésimo feeling operistico?
    Sin más, un efusivo saludo…
    Anturio Zamioculco Florido.

    1. Anturios y zamioculcas… las he buscado. ¡Sí, las conocía! ¡Y qué bonitas ambas plantas! Ahora en parte se me ha quitado el mosqueo con mis padres por llamarme y apellidarme de tal guisa. Si en el fondo fue un bonito detalle (mejor Anturio que Geranio).

    2. Jajajaja, lo que me he reído con el nombrecito. Pero, querido Anturio Zamioculco, su avatar lo delata como un tal What que sí ha pasado por aquí alguna que otra vez.
      Le transmitiré a Berenice tu visión taoísta del mundo aunque me parece que algo sabe aún sin saber.
      Es cierto, las amigas no son lo que se dice buenas, pero más que desear que le vaya mal lo que desean es que no le vaya demasiado bien. Es un matiz.
      El vecino no, no creo, será una alegría espontánea y sin motivo lo que intenta hacerse sitio.
      Besos!!

  6. Es un cuento magnífico que espero, de corazón que no despierte los celos de alguna poetisa aficionada al verso blanco. Un beso.
    Las plantas tienden a disfrutar cuando se agrupan en buena compañía, a mi me pasa que más me alegras cuanto más te leo.

    1. Gracias, Carlos :))
      Supongo que te refieres a E. cuyo nombre no me atrevo a escribir entero por si viene. No creo que lo suyo sea envidia verdadera, solo ganas de armar lío, es lianta.

      Oye, qué bonito lo que me dices!!
      Besos

  7. Precioso relato.

    Comparto con Berenice la pasión por las plantas.

    Me encanta la delicadeza con la que reflejas los míseros celos de sus amigas y la ternura entrañable de la protagonista.

    Lo largo del texto no desdice para nada su calidad, sabes que te admiro, tienes un don para la escritura, lo cotidiano lo conviertes en extraordinario con tus palabras.

    Un beso.

    1. Pues ya somos tres las que compartimos esa pasión. No tengo tantas plantas como Berenice, eso no.
      Gracias por tus palabras, Ilduara, pero no digas mucho lo del don, no sea que se me presenten por aquí Sabina y Manolita a echarme una maldición.
      Es una broma, más gracias y besos!!

  8. «Colorless green ideas sleep furiously» (en español: «Las ideas verdes incoloras duermen furiosamente») es una oración creada por Noam Chomsky en su obra Estructuras sintácticas (1957) como ejemplo de una oración que es gramaticalmente correcta, con una forma lógica, pero semánticamente sin sentido…
    En esto pensé, de rebote, al leer tu relato. La única conexión es el color verde, es evidente. Ese florecimiento brutal de ese verde vergel puede provocar algo de envidia, es cierto. La frase del lingüista y filósofo es un brillante ejemplo y demostración de lo limitado del pensamiento conceptual y el lenguaje verbal usado habitualmente…
    La frase mola un montón, está muy hábilmente construida.

      1. Claro, pero justamente se trata de que en el mundo real de entrada no tiene sentido. En el ámbito de la literatura, por ejemplo, fácilmente podemos construir un contexto donde la frase adquiera total lógica. E incluso soltarla sin explicación ni lógica alguna… Lo otro sí, se refiere al ego y bla bla bla.

  9. Al principio de tu relato, por lo inquietante del mismo (lo de comerse al marido y todo eso …), pensaba en las plantas carnívoras de la película “La Tienda de los Horrores” (por cierto, muy divertida). Después me ha venido a la cabeza el libro “La vida Secreta de las Plantas”, en el que se trata de relacionar el mundo sensisitivo y espiritual de humanos y plantas; este libro sirvió como punto de partida para un documental y para un disco de Stevie Wonder, que se tituló “Stevie Wonder’s Journey Through ‘The Secret Life of Plants'”. Como siempre, un relato muy sugerente. Saludos, Evavill.

    1. Me ha apetecido mucho leer ese libro, creo que me lo voy a comprar para el verano, a ver si con tanto verde me refresco un poco.
      En serio, tiene muy buena pinta.
      Y gracias por la canción, Raúl, de todas las de ese disco de Stevie es la que más me gusta. Muy bonita.
      Saludos de vuelta.

  10. Mira que me gusta leerte, Paloma, y aunque ya sé que soy como los ojos del Guadiana, te sigo muy de cerquita.
    Me ha encantado tu relato y además soy como Berenice, adoro las plantas, aunque no vivo en una selva verde.
    A las dos amiguitas podrían haberlas devorado los anturios, porque me parecen un poquillo envidiosillas.
    Mil besetes de junio, mi niña.

    1. Después de tanto tiempo de leernos, lo que me ilusiona es que sigas por aquí y te aparezcas de vez en cuando.
      Ya sabía que te gustan las plantas, los árboles, el mar…
      Los anturios son muy buenos, como mucho un arañazo a esas dos simpáticas 😉
      Muchos besos, María

      1. Encantada con tu comentario, Amapola. Me gustan siempre y no me importa nada que sean largos, al contrario.
        ¡Tienes el don verde ! y no se hable más.

        En el manicomio tendrían que estar muchos de los que salen cada día en las noticias y míralos, tan panchos dirigiendo el mundo.

        Un beso 🌱

  11. Hola Paloma.
    Me ha encantado el relato, como siempre atrapas al lector.

    Me sentí identificada con Berenice, porque creo que sí tengo cierto amor a las plantas, y la verdad es que se me reproducen a veces que no veas…

    y bueno a algunas las tuve que sacar fuera …porque ya no me cabían dentro…

    y de ésas …las tuve que dividir y me agarran …

    el caso es que me estoy enrollando, pero creo que me idenfiqué un poco con Berenice en algunas cosas, …

    Menos mal que aún no me encerraron en un manicomio, pero quien sabe…

    Besos.

    Siento este comentario tan largooooo.
    🙂

  12. Sí,mi abuela la de las rosas y las azucenas…
    : )
    Se llamaba Carmen,como yo.

    Comento aquí porq arriba no se puede,o no puedo yo…

  13. Algunas de mis plantas están pochas, debe ser el calor extremo, o mi falta de tiempo para conversar un rato con ellas. ¡Vaya!!
    Me ha encantado esta gran lección de botánica. Estoy aprendiendo un poco sobre el cuidado de las plantas.
    Muchos besossssss.
    ¡Cuánto tiempo hace que no te leía!!!!

    1. Y yo te echaba de menos.
      ¿Y si las pulverizas con agua? Este clima es muy seco.
      Por decir algo, tampoco te creas que tengo mucha idea, la que sabe es Berenice.
      Besos, Maite

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