Día: 27 junio, 2019

Esto ha sido Faetón

Había una vez un muchacho llamado Faetón, nombre horroroso donde los haya, aunque de eso él no tenía la culpa. Le gustaba bastante hacerse el chulito entre sus colegas ¿A qué no sabéis de quién soy hijo?, se pasaba el día diciendo.  Los otros hacían como si no le hubieran oído pero él insistía, “cuidadín conmigo que soy hijo del Sol, mi padre es Helios y tiene  un Jaguar”. No era un Jaguar, era un carro tirado por cuatro caballos blancos, pero por actualizar un poco la historia.

Y así a diario, era muy machaca, “yo primero que soy hijo del Sol, apartad que soy hijo del Sol, me pagáis las cañas que soy hijo del Sol”.  Los otros estaban empezando a hartarse, “anda tira, qué vas a ser tú hijo de Helios, pringao”.  Pero él insistía e insistía y tan inaguantable se puso que uno le contestó, “pues si tu padre es Helios el mío es Zeus, no te digo…” Menudo se puso Faetón que no soportaba que nadie lo superase. Se fue a buscar a su padre y poniendo  cara de mucha pena honda se lo chivó, “que los otros no se creen que tú eres el Sol, que no se creen que yo soy tu hijo, déjame el Jaguar (carro) y así se lo demuestro”.

No sabía nada Faetón, ya le tenía echado el ojo al carro desde hacía tiempo. Helios se resistió ya que era su instrumento de trabajo. Todos los días hacía el mismo recorrido viajando por el cielo de este a oeste. Según salia por el este se formaba el día y  al atardecer descendía por el Oceáno y apagaba las luces.  El carro iba tirado por cuatro caballos que escupían fuego, se llamaban Flegonte (ardiente), Aetón (resplandeciente), Pirois (ígneo) y Éoo (amanecer). Mientras manejaba las riendas para mantener a los cuatro caballos fogosos en el punto exacto, ni muy arriba ni muy abajo, iba muy contento cantando, “precaución amigo conductor, la senda es peligrosa y te espera tu madre o esposa. Acuérdate de tus niños que te dicen con cariño; no corras mucho papá”.  Cancioncillas típicas  de dioses del Olimpo.

El caso es que al final cedió porque era un padre un poco permisivo y porque el nene Faetón era de los insistentes, “que me dejes el coche, que me lo dejes, que me lo dejes, que me lo dejes”.  Así por la mañana, a mediodía y por la noche. Por no oírle más, se lo dejó.

Fue subirse al carro y empezó a ponerse todo loco y a acelerar, como era inexperto enseguida perdió el control de los caballos que primero empezaron a subir demasiado arriba y después, por completo desbocados, bajaron escupiendo sus fuegos hasta casi tocar la tierra ¡ Una calorina ,un resecarse los campos, una de incendios forestales,  unas temperaturas máximas de 42 grados y mínimas de 25, unas noches tropicales y unos días infernales! Aquello no  se podía soportar ni yendo por la sombra ni bebiendo agua hasta encharcarse. La Tierra, agonizante, pidió ayuda a Zeus y éste lo solucionó lanzando un rayo al chaval que cayó al río Po y  murió.

Digo yo si Faetón  no habrá resucitado y le habrá vuelto a quitar, esta vez sin permiso, el coche al papi Helios.

(Leyenda interpretada libremente por Esme)