Día: 1 julio, 2019

Ida y vuelta

 

Natalita y Natalito viajan en tren para poder soportar las largas tardes del verano. Qué melancolía por la ventanilla, los brazos cruzados, las miradas perdidas. Un ciervo, el campo calcinado, piscinas azules, ropas tendidas, una zona industrial, plantas que crecen entre las vías, trenes abandonados cubiertos de graffitis y malezas, planea un águila, las golondrinas beben agua clorada de las piscinas.

Sí,  qué melancolía siente Natalita,  se parece a una serpiente, va reptando por dentro y a veces se para y sisea, como si la estuviera avisando antes de atacar. Se sobresalta. Natalito también la siente pero de otra manera, dentro de él es como un animal un poco furioso, como un animal peludo que le remuerde y le inquieta, como un demonio de Tasmania.

El sol está empezando a bajar y el cielo se vuelve naranja, un naranja opaco, cubierto de polvo desértico, un naranja empolvado. En un andén dos chicas con vestidos cortos se hacen selfies poniendo una cara risueña y seductora,  después los miran con cara seria, adusta. Cara de selfie, cara de mirar el selfie.  Un niño dice adiós al tren, los gorriones picotean entre las vías.

Natalita se ha puesto una blusa de flores pequeñas,   Natalito la gorra de visera y una mochila con el logo de supermercados Condi , dentro lleva la cartera y  dos latas de Coca cola. A veces se rozan sus brazos desnudos pero no es un contacto voluntario, es porque el tren da una giro y vuelca a Natalita sobre Natalito o al revés, ella  se sienta junto a la  ventanilla, él prefiere el pasillo para poder estirar las piernas.

El sol se está metiendo tras las montañas, se vuelven azules y luego negras, sus siluetas se superponen como si hubieran cambiado de estado y de sólidas estuvieran pasando a líquidas. Natalita observa a las niñas que viajan con su madre, se ríe con sus juegos y sus saltos, ¿te acuerdas?, piensa.  Natalito encesta la lata de coca cola vacía en  la papelera, con el ruido que hace se le rompen las niñas soñadas a Natalita.

Ay, qué susto, dice, ahora sí, en voz alta. Natalito se encoge de hombros, la madre de las niñas dice “shhhhhhh, no gritéis, no se grita”. Es muy guapa,

Natalito se pone a soñar con ninfas desnudas, todas tienen la cara de la madre que dice shhhhh, sus pechos suben y bajan con alegría mientras corren por el pasillo central del tren, Natalito, muy joven y atlético, las persigue con su mochila de supermercado Condis. De la mochila no se puede deshacer, todavía le queda una lata.

Estamos llegando, le avisa con un leve toque de codo Natalita, como si supiera lo que está imaginando y quisiera estropeárselo.

Ya, dice fastidiado Natalito, daremos un paseo por los jardines, tenemos media hora hasta el tren de vuelta.

El calor les empuja muy fuerte nada más bajar del tren. Natalita se queja, Natalito finge que no se ha dado cuenta. Se compran un helado y pasean bajo los árboles de los jardines. A Natalita se le meten piedras en los zapatos y a cada momento se para, se quita un zapato, lo sacude. Natalito está harto de tener que pararse tanto, ¿por qué a ella  se le meten tantas piedras en los zapatos?

Es media hora seguida de caminar, le recuerda, si nos vamos parando  no hace efecto.  Siente deseos de pegarle un empujón y que se le caiga al suelo el helado y al mismo tiempo que ve el helado lleno de tierra y la cara de decepción de Natalita, piensa, ¿quién de los dos morirá primero? Le  entra angustia al pensar que será ella y que tendrá que viajar solo en el tren las largas tardes de verano en las que no tenga a dónde ir ni qué hacer y cuando el tren gire no le volcará sobre ningún otro cuerpo.

Le da la mano a Natalita, está pegajosa y caliente. Están juntos y solos, solos y juntos  y a veces hacen intersecciones y en el centro queda un trozo que se vuelve de otro color.  Si él es azul y ella es amarilla les sale un verde. Es el mismo verde de las hojas de los árboles. Ahora pasean en armonía azul verde y amarillo bajo las hojas verdes.  Grillos.

En el tren de vuelta se separan sus conjuntos. Respiran y laten cada uno por su lado. La melancolía de ella como una serpiente y la de él como un demonio bola que araña y muerde.

Otro ciervo junto a un río casi seco. Se ha hecho de noche y se encienden las luces del tren. Lo de fuera ya no se ve.

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