Day: 12 julio, 2019

Sinforosa, sólida y líquida

Desde que se había ido a vivir al campo,  a Sinforosa de la Fuente ya no le gustaba tanto, incluso podía decirse que ya no le gustaba nada,  pero ese inesperado desagrado era algo que ni a sí misma se quería confesar. Con todo lo que había protestado y despotricado de la gran urbe, con la de veces que había manifestado su anhelo de vivir fuera de ella y ahora…ahora cuando abría la ventana por las mañanas y veía todas esas hierbas amarillas meciéndose como tontas de un lado al otro y los pajaritos cantando como tontos sobre las copas de los árboles y ese silencio inquietante compuesto de pequeños sonidos como el rumor de las hojas y que sólo era roto por el ladrido de algún perro tonto o por el  cencerro de una vaca más tonta todavía, a Sinforosa le entraba una especie de angustia, una especie de ansiedad, una especie de tristeza campestre de lo más tonta también.

De eso nada, Sinfo, conversaba con ella misma, con esa parte de ella misma que parecía ser otra, pero si aquí estás en la gloria, mira todo este horizonte, ¿acaso tenías horizonte en la gran urbe? No, no tenías, tenías la casa de enfrente, un muro que se te estampaba en los ojos, ¡zas, toma muro!,  tenías un recorte de cielo y no precisamente el más bonito, como si no hubiera cielo para todos y te hubieran dado un trocito minúsculo y sobado y tenías claustrofobia, mucha, ¿o es que ya no  recuerdas que te sentías como un topillo en su madriguera y querías ser águila por lo menos?  Espabila y disfruta de todo esto.

No, sí, claro, si es verdad, respondía la otra Sinforosa y para disimular y convencerse, abría la ventana, abría los brazos, echaba la cabeza hacia atrás y pronunciaba, ¡ahhhhhhh, qué maravillaaaa!, con muchas haches que no suenan pero algo hacen y muchas aes que sí que suenan y son abiertas como las ventanas y los brazos.  Después hacía una foto del campo de hierbas tontas que se pasaban la vida meciéndose como locas atadas a una silla y luego otra de ella misma en la ventana con los brazos extendidos, abarcando su nuevo territorio y también medio loca de aburrimiento,  y se las mandaba a sus amigos los de la gran urbe con un pequeño texto debajo que decía “aquí, sufriendo”. Y no era irónico porque Sinforosa por mucho que se dijera que no, estaba sufriendo.

Sus amigos le contestaban con pulgares hacia arriba y florecillas que simbolizaban lo contentos que también estaban  de que Sinforosa hubiera hallado la felicidad  y ya no tuviera la necesidad de decir cada cinco minutos  frases como “no puedo más con esta vida, me estoy marchitando” o “esto es demencial, ¿es que no os dais cuenta?” o “como no me marche pronto de aquí me voy a pegar un tiro”. Muy alegres estaban sus buenos amigos de ver a Sinforosa tan feliz y cuando les invitaba a su casa de la pradera, iban por no desairarla aunque no les gustaba nada el campo y menos todavía la   paella malísima que la propia Sinforosa se afanaba en cocinar en un rincón de su jardincillo silvestre.

Pero si parece que hasta aquí la paella sabe mejor, como más natural, tiene un retrogusto especial, campero, agreste, decía Sinforosa repartiendo paletadas del emplasto ¡Y tan agreste!, pensaban sus amigos los de la gran urbe, espantándose las moscas y masticando una y otra vez esos trozos de pollo correosos y ese arroz pastoso. Pobrecilla, qué malas artes culinarias tiene, pero se la ve tan feliz…por fin ha conseguido lo que deseaba.  A la vuelta, mientras conducían por esas carreteras perdidas, entre pastos, eras abandonadas donde anidaban las cigüeñas y fresnos desmochados, iban comentando la suerte que tenían de sentirse amparados por las familiares franquicias, las luces siempre encendidas,  los museos, los  conciertos, los  gentíos, los bares y baretos,  los repartidores de todo tipo,  los comercios de los chinos  y todos los múltiples y variados  entretenimientos de la gran urbe.

Por desgracia para ella, lo mismo pensaba Sinforosa de la Fuente  cuando les decía adiós desde su puerta de madera pintada de verde y empezaba a sentirse muy sola, más sola cada vez que una nueva estrella brotaba en el cielo como una minúscula flor de luz y todo él se iba llenando de esos mundos bellos pero lejanísimos, muchos ya inexistentes, lo cual incrementaba su sensación de soledad. Más aún cuando los grillos empezaban a cantar un tema que decía, “Sinforosa, no te gusta el campo, no te gusta el campo, no te gusta el campo, no te gusta, no te gusta”.

Sí que me  gusta,  es bellísimo, solo que también lo odio, les contestaba ella. En realidad puede que  no me guste nada, se desesperaba tumbada en su cama observando la aparición  del rayo de luna que entraba sigiloso y se posaba sobre su frente.

Pues me vuelvo a la gran urbe, decidió una noche,   todo es reversible menos la muerte y de bien nacidos es ser agradecidos, arrieros somos y en el camino nos encontraremos ( cuando empezaba con las frases hechas ya no podía parar). Mañana mismo pongo esta casa en venta y …y ahí se detuvo porque sabía que hiciera lo que hiciese, a una de sus Sinforosas le gustaría pero la otra lo odiaría con la misma intensidad.

Como no se podía dormir porque desde que se había ido a vivir al campo le faltaba el  estruendo del camión de la basura que era lo que la hacía caer en el sueño de un violento empujón, encendió su teléfono y se puso a mirar las noticias que un algoritmo había decidido que le iban a interesar. Leyó, “¿cómo saber si tengo trastorno límite de la personalidad?”, pasó de largo, leyó también, “las cinco melenas que desearás tener este verano”, tampoco estaba interesada, “cuatro detenidos por esconder marihuana entre los cultivos de tomates”, ahí estuvo a punto de entrar, pero el dedo la condujo a esta, “descubren un nuevo  estado de la materia que  es sólido y líquido a la vez”.

Sinforosa leyó con avidez la información cientifica,  se había descubierto un nuevo estado de la materia física en la que los átomos podían existir como sólidos y líquidos a la vez, no era una etapa de transición entre uno y otro estado sino un estado nuevo en el que una parte de los átomos formaban una estructura sólida y otra parte una estructura líquida y así convivían.

Pero si esa soy yo, se dijo con entusiasmo, no estoy loca ni nada parecido,  “no te gusta el campo, no te gusta el campo, no te gusta el campo”, seguían cantando los pesados de los grillos que cuando les daba por un tema les pasaba como a Sinfo con las frases hechas, no sabían salir.

-No me gusta y sí me gusta, plastas,  les respondió Sinforosa contemplando el cielo estrellado, una manta entera para ella sola. Con ella se tapó hasta la barbilla,  un poco satisfecha y un poco insatisfecha  y al instante se quedó dormida.

Tuvo sueños sólidos y a la vez líquidos.