Day: 23 julio, 2019

Las Cristinas

Las Cristinas dormían en la habitación del final, allí donde el pasillo hacía un giro y formaba un recodo. Cuando a última hora de la tarde oían la  puerta, gritaban al  unísono, holaaaaa, ¿quién ha llegado?, ¿quién viene a ver a estas viejas?  Y alguno de los numerosos chicos de la casa, que volvían  de sus clases o de sus callejeos, entraban un momento a saludarlas.

Las Cristinas se regían por el horario solar así que, en cuanto se hacía de noche, se metían en la cama. No se dormían porque era pronto, en invierno estaban acostadas a las seis y media de la tarde, y  en un par de horas se iban a levantar para cenar,  pero se habían puesto los  camisones de tira bordada  con las batas a juego y  escuchaban la radio. Charlaban entre ellas sobre lo que estaban oyendo, formando así un programa paralelo, como si fueran las tertulianas del fondo del pasillo.

Cuando alguno de los nietos o de los  sobrinos nietos se pasaban por el  cuarto del fondo  a hacerles la visita de cortesía, se emocionaban mucho.

¡Qué bonita es la juventud!, ¿verdad?, le decía la Cristina verdadera a la otra, la  que se llamaba Angelita.

Preciosa, de verdad que sí, ninguno tiene nada feo,   contestaba Angelita. Lo que pasa es que no se dan cuenta , no le dan importancia a ser joven y no paran  de sacarse pegas.

Y se creen que serán jóvenes  por siempre y desperdician sus dones, se creen que eso de ser viejos solo les pasa…¡a las Cristinas!

¡La risa que les daba esa falsa creencia!,  se reían tanto que temblaba la radio que tenían colocada en la mesilla y perdían la conexión.

Otra vez hemos perdido la onda- decía una de ellas- sintoniza, sintoniza, que ahora viene el concurso.

Las Cristinas tenían un coche pequeño con el que se desplazaban por las casas de otras Cristinas, de timba en timba. Sabían conducir pero no aparcar, así que cuando llegaban a su destino, se asomaban por la ventanilla y pedían a gritos, ¿quién aparca el coche a estas viejas? Casi siempre encontraban a alguien que les hacía el favor, de lo que deducían que el mundo no era tan malo y que la gente, en general, tenía ganas de ayudar. Solo una vez se quedaron dando vueltas por las calles de un barrio bastante alejado y poco poblado y por mucho que gritaron,  nadie, porque no había nadie, las ayudó.

Qué mala gente, volvía protestando la Cristina mayor, la que daba el nombre a las dos. Nos hemos quedado sin partida hoy por culpa del egoísmo y el incivismo de esta gente.

Pero, Cristina, si eso era un páramo, se le ocurrió decir a la Cristina segunda.

Eres tonta, Angelita, estarían escondidos, con tal de no ayudar…

Las Cristinas tenían cada una un joyero, el de la Cristina verdadera era una caja musical, al abrirla, una bailarina sujeta por una sola pierna daba vueltas y vueltas mientras sonaba el inicio de  un vals. Tenía además dos pisos entelados en raso rojo.

La caja joyero de la Cristina segunda  era un poco más modesta, al abrirla, silencio, y dentro nada de telas brillantes,  unos simples compartimentos cuadrados  y unos cojincillos con hendiduras para insertar los anillos. Angelita tenía un poco de envidia del joyero musical. Algunas tardes, cuando se aburrían de su tertulia paralela y mientras esperaban que algún sobrino nieto se acercara a visitarlas,  sacaban los joyeros y comparaban su contenido.

No digo que la tuya no sea más bonita, pero en la mía cabe más. Y Angelita la movía haciendo ruido.

No es tanto lo que quepa como la calidad de lo que cabe, le contestaba la Cristina mayor, muy digna.

La puerta, la puerta,   avisaba cualquiera de las dos ,-ya estaban empezando a aburrirse  de su competición de cajas-  he oído la puerta. Y guardaban deprisa sus tesoros  porque de momento  no entraba en sus planes hacer  el reparto de la herencia.

¿Quién ha llegado, quién viene, quién viene a saludar a estas dos  viejas?