Mes: agosto 2019

Árbol de magnolias, un poema de Marosa di Giorgio

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Árbol de magnolias,

te conocí el día primero de mi infancia,

a lo lejos te confundes con la abuela,

de cerca, eres el aparador

de donde ella sacaba el almíbar y las tazas.

De ti bajaron los ladrones;

Melchor, Gaspar y Baltasar;

de ti bajaban los pastores y los gatos;

los gatos, serios como hombres,

con sus bigotes y sus ojos de enamorados.

Esclava negra sosteniendo criaturas,

inmóviles,  nacaradas.

Virgen María de velo negro,

de velo blanco, allá en el patio.

Eres la abuela, eres mamá,

eres  Marosa,

todo eres,

con tu eterna juventud, tu vejez eterna,

niña de comunión,   niña de novia,

niña de muerte.

De ti sacaban las estrellas como tazas

las tazas como estrellas.

Estuvo oculto en tus manos el Libro del Destino.

Te has quedado lejos, te has ido lejos;

pero yo voy retrocediendo hacia ti,

voy avanzando hacia ti.

Te veré en el cielo.

No puede ser la eternidad sin ti.

(De “Los papeles salvajes” 1991)

 

 

 

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La silla del doctor Merche

Escondido detrás de uno de los álamos, Mercedario esperaba a que apareciera el usurpador, el incívico, el corrupto piscinil. Un pájaro de los llamados trepadores picó la corteza con su agudo pico, tic, tic, tic.

-Chsssssss, calla tú, ahora no, le dijo. El pájaro se asustó y se trasladó al álamo de enfrente, el que habían podado y lucía ramas como gruesos muñones. Una mariposa blanca cuyas alas parecían de tela revoloteó alocada por delante de las narices de Mercedario como si las hubiera confundido con una roja flor.

Se la estaba espantando cuando una mujer con un vestido verde y una melena larga, lisa y dorada se acercó a la hilera de sillas, agarró con decisión la de rayas azules, la suya precisamente, y arrastrándola por el césped sin ningún miramiento la llevó hasta el lugar que consideró mejor, junto a la piscina, entre sol y sombra. La desplegó y se dejó caer sobre ella con un suspiro de satisfacción. Buscó con una  sola mano dentro de un cesto de paja, sacó unos auriculares, se los puso, cerró los ojos, se descalzó de sus sandalias utilizando los propios pies y de nuevo soltó ese suspiro satisfecho.

¿Será posible,  será posible, será posible? Repitiendo “¿será posible?” casi al mismo ritmo que el pájaro su tic tic tic en el árbol de enfrente, Mercedario dejó su escondite y fue tras la ladrona de sillas. Llevaba su atuendo de pasear: amplias bermudas, una camisa de cuadros azules casi tan larga como las propias bermudas y unos zapatos naúticos con calcetines marrones, resbaladizos.

Se colocó delante de ella con los brazos en jarras y  carraspeó para llamar su atención.

-Ejem, ejem, ejem, si no le importa, está usted en mi silla, ¿es que no ha visto el nombre escrito en el respaldo? Doctor Merche, bien claro está puesto con rotulador rojo de tinta resistente al agua, ¿no se llamará usted por casualidad doctor Merche y será  médico cardiólogo?, dijo soltando a la vez los brazos y lo que a él le pareció tremenda ironía.

La mujer tenía los ojos cerrados, los labios ligeramente entreabiertos y respiraba con suavidad, parecía muy relajada y feliz recibiendo los rayos del sol sobre su piel y escuchando música.

Mercedario estaba contrariado, si quería que le prestara atención iba a tener que tocarle en un hombro, adelantó un dedo temeroso cuando recibió en la espalda un palmetazo amistoso. Era su amigo Aguirre, el ingeniero de montes. Les gustaba añadir su profesión al nombre.

No sabes tú nada, Merche, no sabes tú  nada, ¿contemplando a la odalisca?

Mercedario no quiso sacarle de su error, le pareció ridículo tener que explicarle que en realidad quería recuperar su silla, que alguien y ahora ya sabía quién era ese alguien, se la usurpaba cada tarde y luego él no la encontraba por las mañanas y tenía que perder el tiempo buscándola y cuando la encontraba estaba tirada de cualquier manera, mojada y en alguna ocasión hasta embarrada.

La mujer abrió los ojos, eran tan verdes como su vestido, se estiró, se sacó el vestido con un movimiento ágil de brazos y miró al doctor Merche y al ingeniero Aguirre con una cara extraña, tal vez de repulsión o ni siquiera eso. Se levantó con desenvoltura de la silla y se zambulló en la piscina.

Me voy a pasear, le dijo el doctor Merche a su amigo  Aguirre, el ingeniero y sin más explicaciones comenzó a subir la cuesta con las manos entrelazadas en la espalda. Mientras paseaba por esos campos amarillos, poblados de cardos, con alguna que otra encina solitaria recortándose contra el cielo, pensó en la odalisca, no en ella en concreto sino en una odalisca genérica.

Le gustaría tener una, pequeña, una odalisca de juguete con vestido verde para llevar en el bolsillo de la bata de trabajo, cerca del corazón. O para guardarla en la mesilla de noche junto a la cajita con la férula de contención y juguetear con ella antes de quedarse dormido.

La brisa de la tarde le movía la tela de las amplias bermudas produciendo un sonido de alas, de alas mal colocadas, fuera de sitio, de inútiles pero ruidosas alas.

“Don Melitón tenía tres gatos y los hacía bailar en un plato y por la noche les daba turrón, que vivan los gatos de don Melitón”, canturreó. Desde por la mañana se le había pegado esa canción. El sol se metió por detrás de la montaña dejando un rastro naranja.

¿Será posible, será posible, será posible?, se dijo el doctor Merche pensando a la vez en el incivismo, en la belleza, en don Melitón el de los tres gatos y  en la fugacidad de la vida toda.

 

 

Trébol de cuatro hojas

Me he acordado de que buscábamos un trébol de cuatro hojas y tan tranquilas nos podíamos pasar media tarde mirando entre las hierbas sin saber nada de probabilidades ni de las mutaciones genéticas esas. Yo siempre pensaba que lo iba a encontrar,  por eso no me importaba estar mucho rato escarbando sin hacer nada más, no me cansaba. Nila, que o no tenía tanta esperanza o le faltaba paciencia o interés, me hacía trampas,  partía una de las tres  hojas por la mitad gritando, ¡lo tengo! se reía, mordía el tallo absorbiendo su savia y lo tiraba.

Al final y cuando digo final quiero decir, cuando crecimos, nos cansamos de esa tontería. No lo íbamos a encontrar porque prácticamente no existía. Ya estaba claro. Y además, que dejó de importarnos.
Entonces, cuando eran las fiestas nos gustaba ir a la feria, el tren de la bruja era nuestra atracción preferida para pasar miedo y gritar. Un día vimos a la bruja fuera del pasadizo de cartón piedra por donde circulaba el tren, se quitó la peluca gris y la careta de plástico blando y resultó ser un hombre con la cara torcida y una cicatriz en el entrecejo. Daba bastante más miedo que su disfraz, abrió un envoltorio, sacó un bocadillo y empezó a comérselo con cara de aburrimiento, con el vestido puesto, un vestido gris y gastado, de vieja de pueblo y unos vaqueros con zapatillas asomando por debajo. Qué vida la de ese hombre, si lo piensas.

Vivo tan cerca de la estación que  los cristales de mi casa vibran, también trabajo cerca de otra estación, dentro, en realidad, enfrente de la máquina de los billetes, en una cafetería subterránea. Está muy bien, tiene su propio horno de pan. Entra mucha gente, la mayoría son de paso y no los volvemos a ver pero otros vienen de forma habitual, como esa mujer, la que parece joven, algo se habrá puesto, no lo sé, está muy en forma, va muy bien vestida, con sus modelitos a cual mejor, es delgada y se cuida mucho el pelo con mascarillas y todo eso. Cuando me dijo que tenía la misma edad que mi madre no me lo podía creer, mi madre es que no se cuida, dice que le da lo mismo, que total para qué y aunque no le diera lo mismo, no tiene tiempo ni dinero para hacerse tratamientos. Pero mi madre tiene a mi padre, llevan juntos desde los dieciocho años y todavía, cuando salen, van cogidos de la mano. No es que salgan mucho pero es que con la edad es como lo de buscar el trébol, que ya no te interesa. Y que te amuermas, también eso.
Nosotras vamos a todas las fiestas. Ahora en verano cada semana son en un pueblo así que…algunas están mejor y otras peor, las últimas no me gustaron, nada más que había coches abiertos en un descampado con la música dale que te pego, ni autobuses para volver ni taxis, hasta las nueve nos tuvimos que quedar,  me dolía la cabeza. Me he comprado por diez euros un vestido rojo en el HyM, a lo mejor me compro otro, no sé.

Los coches de choque, eso también nos gustaba, ahora ni los pisamos, son para los críos. Te hace gracia ver cómo se chocan entre los que se gustan, igual que hacíamos.

Es verdad que cuando veo a una pareja de esas de viejos como mis padres o más viejos todavía que van de la mano me entra una cosa…las otras se ríen, me llaman moñas. Nila dice que lo puedo conseguir si es que es lo que quiero, pero que lo que no sabe es para qué lo quiero, con lo bien que se está sola, haces lo que te da la gana y no tienes que dar explicaciones a nadie.
Pero si es lo que quieres, ponte a buscarlo, dice.
Sí, mira, a gatas por la hierba como el trébol de cuatro hojas, qué lista. Nunca lo encontré pero no se me hacía pesado buscarlo por la esperanza. No sabía lo de la mutación genética ni sabía lo del uno entre 10.000, era una niña. Ahora sé más, ya te digo.

A muerte hemos ido está noche, en la discoteca móvil sin parar hasta que se ha acabado la música. De vuelta, donde para el bus, había un camión de feriante con un cartel pegado que decía, “el tren de la bruja, al lado de la iglesia”, por eso me he acordado de todas esas cosas, medio dormida me he acordado.

Se lo iba a recordar a Nila pero llevaba tal cara de muerta viviente que digo, ¿para qué? y a las otras las hemos conocido después, ellas no buscaban tréboles por las hierbas, que yo sepa, tampoco se lo he preguntado, es una pregunta rara y bastante rara me dicen ya que soy porque me gustan las parejas de viejos que van de la mano, porque sea esa mi aspiración y no todo el tiempo el puro vicio. A ratos sí pero no para siempre, aunque si el planeta peta por los plásticos y los humos, qué más da. Me compro el otro vestido, en negro.

Lo que pienso es que si hubiera muchos tréboles de cuatro hojas, si fuera tan fácil encontrarlos como los de tres a nadie se le hubiera ocurrido inventarse que dan suerte. Tardes enteras me pasaba yo buscándolos con toda mi emoción, de eso acabo de acordarme ahora, aquí esperando, mirando las hierbas.

 

 

 

 

 

 

 

 

Balada de los grillos borrachos (cuarto poema de Petronila)

Los grillos rallan la noche,
rallan la noche,
rallan la noche hasta deshacerla,
con sus pequeños dientes serrados
van mordiendo minuciosamente las estrellas
van royendo lo oscuro,
rallan la noche
hasta que su piel húmeda cae en gotas sobre el pasto,
piel muerta de noche por los grillos devorada
¡No es cierto!
Los grillos acunan la noche,
acunan la noche,
arrullan la noche
y ella se tiende con su camisón de seda,
los grillos aman  la noche
y le cantan a todo lo que en ella vive:
a las mariposas negras,

a las lechuzas,

a las luciérnagas,

a los sapos,

a los insomnes,

a los murciélagos,

a los búhos,

a los cáctus epifitos,

a la luna

y a la flor del Baobab.

Los grillos están borrachos,
han bebido mucha noche,
tragos y tragos oscuros,
cargados, muy puros.

Han bebido tanta noche
que deliran,

se creen la noche misma,
y que es ella la que canta.