Día: 12 agosto, 2019

Trébol de cuatro hojas

Me he acordado de que buscábamos un trébol de cuatro hojas y tan tranquilas nos podíamos pasar media tarde mirando entre las hierbas sin saber nada de probabilidades ni de las mutaciones genéticas esas. Yo siempre pensaba que lo iba a encontrar,  por eso no me importaba estar mucho rato escarbando sin hacer nada más, no me cansaba. Nila, que o no tenía tanta esperanza o le faltaba paciencia o interés, me hacía trampas,  partía una de las tres  hojas por la mitad gritando, ¡lo tengo! se reía, mordía el tallo absorbiendo su savia y lo tiraba.

Al final y cuando digo final quiero decir, cuando crecimos, nos cansamos de esa tontería. No lo íbamos a encontrar porque prácticamente no existía. Ya estaba claro. Y además, que dejó de importarnos.
Entonces, cuando eran las fiestas nos gustaba ir a la feria, el tren de la bruja era nuestra atracción preferida para pasar miedo y gritar. Un día vimos a la bruja fuera del pasadizo de cartón piedra por donde circulaba el tren, se quitó la peluca gris y la careta de plástico blando y resultó ser un hombre con la cara torcida y una cicatriz en el entrecejo. Daba bastante más miedo que su disfraz, abrió un envoltorio, sacó un bocadillo y empezó a comérselo con cara de aburrimiento, con el vestido puesto, un vestido gris y gastado, de vieja de pueblo y unos vaqueros con zapatillas asomando por debajo. Qué vida la de ese hombre, si lo piensas.

Vivo tan cerca de la estación que  los cristales de mi casa vibran, también trabajo cerca de otra estación, dentro, en realidad, enfrente de la máquina de los billetes, en una cafetería subterránea. Está muy bien, tiene su propio horno de pan. Entra mucha gente, la mayoría son de paso y no los volvemos a ver pero otros vienen de forma habitual, como esa mujer, la que parece joven, algo se habrá puesto, no lo sé, está muy en forma, va muy bien vestida, con sus modelitos a cual mejor, es delgada y se cuida mucho el pelo con mascarillas y todo eso. Cuando me dijo que tenía la misma edad que mi madre no me lo podía creer, mi madre es que no se cuida, dice que le da lo mismo, que total para qué y aunque no le diera lo mismo, no tiene tiempo ni dinero para hacerse tratamientos. Pero mi madre tiene a mi padre, llevan juntos desde los dieciocho años y todavía, cuando salen, van cogidos de la mano. No es que salgan mucho pero es que con la edad es como lo de buscar el trébol, que ya no te interesa. Y que te amuermas, también eso.
Nosotras vamos a todas las fiestas. Ahora en verano cada semana son en un pueblo así que…algunas están mejor y otras peor, las últimas no me gustaron, nada más que había coches abiertos en un descampado con la música dale que te pego, ni autobuses para volver ni taxis, hasta las nueve nos tuvimos que quedar,  me dolía la cabeza. Me he comprado por diez euros un vestido rojo en el HyM, a lo mejor me compro otro, no sé.

Los coches de choque, eso también nos gustaba, ahora ni los pisamos, son para los críos. Te hace gracia ver cómo se chocan entre los que se gustan, igual que hacíamos.

Es verdad que cuando veo a una pareja de esas de viejos como mis padres o más viejos todavía que van de la mano me entra una cosa…las otras se ríen, me llaman moñas. Nila dice que lo puedo conseguir si es que es lo que quiero, pero que lo que no sabe es para qué lo quiero, con lo bien que se está sola, haces lo que te da la gana y no tienes que dar explicaciones a nadie.
Pero si es lo que quieres, ponte a buscarlo, dice.
Sí, mira, a gatas por la hierba como el trébol de cuatro hojas, qué lista. Nunca lo encontré pero no se me hacía pesado buscarlo por la esperanza. No sabía lo de la mutación genética ni sabía lo del uno entre 10.000, era una niña. Ahora sé más, ya te digo.

A muerte hemos ido está noche, en la discoteca móvil sin parar hasta que se ha acabado la música. De vuelta, donde para el bus, había un camión de feriante con un cartel pegado que decía, “el tren de la bruja, al lado de la iglesia”, por eso me he acordado de todas esas cosas, medio dormida me he acordado.

Se lo iba a recordar a Nila pero llevaba tal cara de muerta viviente que digo, ¿para qué? y a las otras las hemos conocido después, ellas no buscaban tréboles por las hierbas, que yo sepa, tampoco se lo he preguntado, es una pregunta rara y bastante rara me dicen ya que soy porque me gustan las parejas de viejos que van de la mano, porque sea esa mi aspiración y no todo el tiempo el puro vicio. A ratos sí pero no para siempre, aunque si el planeta peta por los plásticos y los humos, qué más da. Me compro el otro vestido, en negro.

Lo que pienso es que si hubiera muchos tréboles de cuatro hojas, si fuera tan fácil encontrarlos como los de tres a nadie se le hubiera ocurrido inventarse que dan suerte. Tardes enteras me pasaba yo buscándolos con toda mi emoción, de eso acabo de acordarme ahora, aquí esperando, mirando las hierbas.

 

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios