Día: 24 agosto, 2019

La silla del doctor Merche

Escondido detrás de uno de los álamos, Mercedario esperaba a que apareciera el usurpador, el incívico, el corrupto piscinil. Un pájaro de los llamados trepadores picó la corteza con su agudo pico, tic, tic, tic.

-Chsssssss, calla tú, ahora no, le dijo. El pájaro se asustó y se trasladó al álamo de enfrente, el que habían podado y lucía ramas como gruesos muñones. Una mariposa blanca cuyas alas parecían de tela revoloteó alocada por delante de las narices de Mercedario como si las hubiera confundido con una roja flor.

Se la estaba espantando cuando una mujer con un vestido verde y una melena larga, lisa y dorada se acercó a la hilera de sillas, agarró con decisión la de rayas azules, la suya precisamente, y arrastrándola por el césped sin ningún miramiento la llevó hasta el lugar que consideró mejor, junto a la piscina, entre sol y sombra. La desplegó y se dejó caer sobre ella con un suspiro de satisfacción. Buscó con una  sola mano dentro de un cesto de paja, sacó unos auriculares, se los puso, cerró los ojos, se descalzó de sus sandalias utilizando los propios pies y de nuevo soltó ese suspiro satisfecho.

¿Será posible,  será posible, será posible? Repitiendo “¿será posible?” casi al mismo ritmo que el pájaro su tic tic tic en el árbol de enfrente, Mercedario dejó su escondite y fue tras la ladrona de sillas. Llevaba su atuendo de pasear: amplias bermudas, una camisa de cuadros azules casi tan larga como las propias bermudas y unos zapatos naúticos con calcetines marrones, resbaladizos.

Se colocó delante de ella con los brazos en jarras y  carraspeó para llamar su atención.

-Ejem, ejem, ejem, si no le importa, está usted en mi silla, ¿es que no ha visto el nombre escrito en el respaldo? Doctor Merche, bien claro está puesto con rotulador rojo de tinta resistente al agua, ¿no se llamará usted por casualidad doctor Merche y será  médico cardiólogo?, dijo soltando a la vez los brazos y lo que a él le pareció tremenda ironía.

La mujer tenía los ojos cerrados, los labios ligeramente entreabiertos y respiraba con suavidad, parecía muy relajada y feliz recibiendo los rayos del sol sobre su piel y escuchando música.

Mercedario estaba contrariado, si quería que le prestara atención iba a tener que tocarle en un hombro, adelantó un dedo temeroso cuando recibió en la espalda un palmetazo amistoso. Era su amigo Aguirre, el ingeniero de montes. Les gustaba añadir su profesión al nombre.

No sabes tú nada, Merche, no sabes tú  nada, ¿contemplando a la odalisca?

Mercedario no quiso sacarle de su error, le pareció ridículo tener que explicarle que en realidad quería recuperar su silla, que alguien y ahora ya sabía quién era ese alguien, se la usurpaba cada tarde y luego él no la encontraba por las mañanas y tenía que perder el tiempo buscándola y cuando la encontraba estaba tirada de cualquier manera, mojada y en alguna ocasión hasta embarrada.

La mujer abrió los ojos, eran tan verdes como su vestido, se estiró, se sacó el vestido con un movimiento ágil de brazos y miró al doctor Merche y al ingeniero Aguirre con una cara extraña, tal vez de repulsión o ni siquiera eso. Se levantó con desenvoltura de la silla y se zambulló en la piscina.

Me voy a pasear, le dijo el doctor Merche a su amigo  Aguirre, el ingeniero y sin más explicaciones comenzó a subir la cuesta con las manos entrelazadas en la espalda. Mientras paseaba por esos campos amarillos, poblados de cardos, con alguna que otra encina solitaria recortándose contra el cielo, pensó en la odalisca, no en ella en concreto sino en una odalisca genérica.

Le gustaría tener una, pequeña, una odalisca de juguete con vestido verde para llevar en el bolsillo de la bata de trabajo, cerca del corazón. O para guardarla en la mesilla de noche junto a la cajita con la férula de contención y juguetear con ella antes de quedarse dormido.

La brisa de la tarde le movía la tela de las amplias bermudas produciendo un sonido de alas, de alas mal colocadas, fuera de sitio, de inútiles pero ruidosas alas.

“Don Melitón tenía tres gatos y los hacía bailar en un plato y por la noche les daba turrón, que vivan los gatos de don Melitón”, canturreó. Desde por la mañana se le había pegado esa canción. El sol se metió por detrás de la montaña dejando un rastro naranja.

¿Será posible, será posible, será posible?, se dijo el doctor Merche pensando a la vez en el incivismo, en la belleza, en don Melitón el de los tres gatos y  en la fugacidad de la vida toda.

 

 

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