La silla del doctor Merche

Escondido detrás de uno de los álamos, Mercedario esperaba a que apareciera el usurpador, el incívico, el corrupto piscinil. Un pájaro de los llamados trepadores picó la corteza con su agudo pico, tic, tic, tic.

-Chsssssss, calla tú, ahora no, le dijo. El pájaro se asustó y se trasladó al álamo de enfrente, el que habían podado y lucía ramas como gruesos muñones. Una mariposa blanca cuyas alas parecían de tela revoloteó alocada por delante de las narices de Mercedario como si las hubiera confundido con una roja flor.

Se la estaba espantando cuando una mujer con un vestido verde y una melena larga, lisa y dorada se acercó a la hilera de sillas, agarró con decisión la de rayas azules, la suya precisamente, y arrastrándola por el césped sin ningún miramiento la llevó hasta el lugar que consideró mejor, junto a la piscina, entre sol y sombra. La desplegó y se dejó caer sobre ella con un suspiro de satisfacción. Buscó con una  sola mano dentro de un cesto de paja, sacó unos auriculares, se los puso, cerró los ojos, se descalzó de sus sandalias utilizando los propios pies y de nuevo soltó ese suspiro satisfecho.

¿Será posible,  será posible, será posible? Repitiendo “¿será posible?” casi al mismo ritmo que el pájaro su tic tic tic en el árbol de enfrente, Mercedario dejó su escondite y fue tras la ladrona de sillas. Llevaba su atuendo de pasear: amplias bermudas, una camisa de cuadros azules casi tan larga como las propias bermudas y unos zapatos naúticos con calcetines marrones, resbaladizos.

Se colocó delante de ella con los brazos en jarras y  carraspeó para llamar su atención.

-Ejem, ejem, ejem, si no le importa, está usted en mi silla, ¿es que no ha visto el nombre escrito en el respaldo? Doctor Merche, bien claro está puesto con rotulador rojo de tinta resistente al agua, ¿no se llamará usted por casualidad doctor Merche y será  médico cardiólogo?, dijo soltando a la vez los brazos y lo que a él le pareció tremenda ironía.

La mujer tenía los ojos cerrados, los labios ligeramente entreabiertos y respiraba con suavidad, parecía muy relajada y feliz recibiendo los rayos del sol sobre su piel y escuchando música.

Mercedario estaba contrariado, si quería que le prestara atención iba a tener que tocarle en un hombro, adelantó un dedo temeroso cuando recibió en la espalda un palmetazo amistoso. Era su amigo Aguirre, el ingeniero de montes. Les gustaba añadir su profesión al nombre.

No sabes tú nada, Merche, no sabes tú  nada, ¿contemplando a la odalisca?

Mercedario no quiso sacarle de su error, le pareció ridículo tener que explicarle que en realidad quería recuperar su silla, que alguien y ahora ya sabía quién era ese alguien, se la usurpaba cada tarde y luego él no la encontraba por las mañanas y tenía que perder el tiempo buscándola y cuando la encontraba estaba tirada de cualquier manera, mojada y en alguna ocasión hasta embarrada.

La mujer abrió los ojos, eran tan verdes como su vestido, se estiró, se sacó el vestido con un movimiento ágil de brazos y miró al doctor Merche y al ingeniero Aguirre con una cara extraña, tal vez de repulsión o ni siquiera eso. Se levantó con desenvoltura de la silla y se zambulló en la piscina.

Me voy a pasear, le dijo el doctor Merche a su amigo  Aguirre, el ingeniero y sin más explicaciones comenzó a subir la cuesta con las manos entrelazadas en la espalda. Mientras paseaba por esos campos amarillos, poblados de cardos, con alguna que otra encina solitaria recortándose contra el cielo, pensó en la odalisca, no en ella en concreto sino en una odalisca genérica.

Le gustaría tener una, pequeña, una odalisca de juguete con vestido verde para llevar en el bolsillo de la bata de trabajo, cerca del corazón. O para guardarla en la mesilla de noche junto a la cajita con la férula de contención y juguetear con ella antes de quedarse dormido.

La brisa de la tarde le movía la tela de las amplias bermudas produciendo un sonido de alas, de alas mal colocadas, fuera de sitio, de inútiles pero ruidosas alas.

“Don Melitón tenía tres gatos y los hacía bailar en un plato y por la noche les daba turrón, que vivan los gatos de don Melitón”, canturreó. Desde por la mañana se le había pegado esa canción. El sol se metió por detrás de la montaña dejando un rastro naranja.

¿Será posible, será posible, será posible?, se dijo el doctor Merche pensando a la vez en el incivismo, en la belleza, en don Melitón el de los tres gatos y  en la fugacidad de la vida toda.

 

 

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28 comentarios en “La silla del doctor Merche

      1. Me llama la atención el aleteo de todo…

        de las alas de las mariposas y de la tela de las bermudas de Mercedario, y luego el aleteo de la mente de este con la odalisca.

        Es como si todo aletease , igual que esa brisa en la piscina .

        Besos.

      2. Ya te he dicho otras veces que eres muy observadora, captas muy bien los detalles.
        Es que me gustan mucho las alas, lo que sabe volar.

        Besos, Amapola

  1. Hay que ver lo inculto que soy. Odalisca: “Era una esclava del serrallo en el Imperio otomano. Era una aprendiz o asistente de las concubinas y esposas del sultán, pudiendo más tarde llegar a obtener ese estado, es decir, ser concubina o, con mucha suerte, esposa”. Lo siento, pero es que me sonaba a algún tipo de piedra, o quizá de planta. Ejem, digo también.
    Me ha gustado esta odalisca, aun sin verla: vestido verde, ojos verdes, desenvoltura, naturalidad. Deja al Merche un poco en evidencia, le descoloca.
    Y al final nuestro amigo el pensamiento, mezclándolo todo y saltando de cosa en cosa. Como siempre. Si es que ya lo tengo calado. Ciao.

    1. No creo que ninguno de los dos supiera el significado exacto de odalisca, podían haber dicho sirena. O tía buena 😉
      Las mentes y sus parloteos, las tienes caladas, eso ya es un gran paso.
      Namastebesos, What

  2. Me pregunto si el doctor Merche logró aclarar el lío de su mente en ese paseo con tanto aleteo. Lo dudo. Una de esas veces que creemos encontrar lo que buscábamos, pero no, solo hallamos desconcierto. La vida…
    Un besote

    1. Pues no lo sé, parece confundido o desconcertado, como tú dices.
      Pero a lo mejor se sentó a mirar la puesta de sol y se calmó. Imaginemos que fue así.

      Otro beso, Luna

  3. Extraño relato, como extraños son sus personajes, cada uno a su manera, hasta la silla pasa a ser parte personificada con su nombre que nadie ve. Todo se desarrolla tan cerca del agua que por lo menos refresca. Un abrazo

    1. La verdad es que casi todos somos un poco extraños si se nos contempla de cerca. Incluso algunos de tan puro normales que son resultan raros. Y si te paras a mirar las sillas…¡ qué raras son las sillas!

      Abrazo, Themis.

  4. Hoy no hay piscina, nublado, fresco y con aviso de tormenta. La verdad es que las conversaciones en la piscina dan para mucho.
    Felicidades por Tu relato.
    Besossssss

  5. Y en lo inútil de gastar energías en sostener convicciones. Es un relato estupendo, odalisca Paloma, para completar a Don Melitón, ¿Qué te parece aquella canción de quién se fue a Sevilla, perdió la silla?
    Un beso.

  6. El Dr. Merche está muy solo…
    Tiene demasiado tiempo…como para preocuparse por una silla.
    Y desear una odalisca de bolsillo.
    No quiere que nada trastoque su mundo,quizá sea eso…

    Buena semana,Paloma!

  7. Las sillas en las piscinas son muy importantes, se lee mejor y se ve todo con mayor claridad. Seguro que la silla del doctor Merche es de las cómodas. Saludos, Evavill.

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