Day: 4 septiembre, 2019

Paula Herminia

Al mirar por primera vez a la niña confirmó aquello que ya había intuido en las ecografías de alta resolución. Las mismas cejas borrosas, la misma boca pequeña y plegada en un mohín, los mismos puños cerrados delatando su poco generoso espíritu. Desechó la idea, qué tontería, era el agotamiento, las emociones tan intensas. Todos los bebés compartían esos puños cerrados y hacían gestos extraños con la boca, parecían peces que se estuvieran acostumbrando a un medio no líquido.

La enfermera simpática le acercó a la niña para que la pusiera al pecho y su hija, su primera hija, comenzó a mamar con fruición, lo cual era un motivo de alegría, no siempre se daba bien la lactancia en un inicio, no siempre se acoplaban el bebé y la madre de forma tan fácil y natural, era de suma importancia que ese primer vínculo se estableciera de manera que…

De manera que la tía Herminia estaba mamando de ella y con qué ganas. La idea recién desechada volvió con fuerza y allí se quedó. Había parido a la tía Herminia, sus mismas cejas despobladas, su mismo mohín antipático, sus mismas ansias con la comida. Menuda forma de chupar, deja algo para los demás, estuvo a punto de decirle.

-Es normal que te duela, le dijo la enfermera simpática creyendo que su expresión de malestar se debía a alguna molestia física.

-Eso no es nada, espera a tener una mastitis como la que tuve yo y sabrás lo que es dolor, dijo la enfermera antipática, que siempre aparecía por detrás como si fuera el ángel del mal.

-Normal, normal, normal, repitió su marido mirando embobado a su propia tía recién nacida.

¿Se había dado cuenta de lo ocurrido o eran alucinaciones suyas, le estaría afectando al cerebro la subida o bajada de alguna de esas hormonas puerperales?

Los familiares y amigos que iban llegando de visita se acercaban a la diminuta cuna,  emitían  suspiros y exclamaciones y  decían , “oh, qué preciosidad” juntando las manos como si orasen, la felicitaban a ella, felicitaban al padre, se felicitaban unos a otros por el advenimiento de ese nuevo ser y hasta se atrevían con los parecidos, pero ninguno mencionaba el nombre que ella no se podía sacar de la cabeza, el nombre que desde allí dentro refulgía intermitente como un anuncio luminoso. Impertinente.

Cuando por fin se quedaron solos no lo pudo resistir más.

-Lo sabes, ¿verdad?, le dijo a él.

-Sí, lo sé, lo sé, lo he sabido en cuanto la he visto en el paritorio. Hemos tenido a Herminia, pero no es la misma, esta es la nuestra,  es nuestra Herminia indefensa,  la tendremos que querer.

Querer, repitió ella sintiendo un  rasponazo de esa erre final, querer a Herminia la que siempre les había caído mal,  era  antipática, venenosa, tacaña y se comía todas las croquetas. Su único regalo de bodas fue un salero, ni siquiera un salero y un pimentero, no, el salero solo, desolado,  y bien que se puso morada a comer, para no variar.

Ya, dijo él, pasando las páginas de una de esas revistas repletas de consejos sobre embarazos, partos y crianzas que parecen muy sencillos de aplicar y donde todo es rosa, azul y encantador. Ya, repitió, volviendo a pasar las páginas por si entre ellas estuviera su caso y tuviera fácil remedio.

No digas eso de “nuestra Herminia”, por favor, no lo digas, me da grima, se llama Paula y le tienes que cambiar el pañal,  dijo ella dándose media vuelta en la cama y poniéndose hacia la pared. Quería ocultar las lágrimas.

-¿Quieres una tisana antes de dormir?, le preguntó asomando su cara amable la enfermera simpática.

-Mejor dale un buen somnífero o nos va a estar llamando toda la noche, es de las dengues, yo sí que tuve una depresión post-parto, tres meses sin parar de llorar, oyó decir a  la antipática.

Paula Herminia, ya cambiada, había vuelto a su cuna.

-¿A quién se parece?, preguntó la enfermera simpática acercándose a mirarla.

-A mi tía,  es mi tía, dijo él cerrando la revista. En la portada sonreía un bebé de ojos azules. “¿Cómo será de mayor?, herencia genética y educación”, se leía en uno de los titulares.