Día: 17 septiembre, 2019

Las tres niñas poetas

El padre había tenido tres hijas blancas y redondas como tres lunas. Tres niñas poetas.

Desde muy pequeñas las niñas se ensimismaban con las gotas de rocío, con el temblor de las hojas en las ramas de los árboles, con el desplazamiento de las nubes por el cielo, con los vuelos de los pájaros, pero también con las puertas rotas, con los muros desconchados, con los terrenos abandonados donde, entre rejas, proliferaban cardos, hierbajos, gatos y ailantos.

Eran raras sus tres niñas blancas, antes de saber leer ya  inventaban en voz alta sus propios libros de poemas mezclando palabras recién aprendidas.

Aunque el padre no las entendía, sonreía mirándolas. Le hacían gracia  pero le inquietaban. La madre, también blanca como una gran luna, las contemplaba admirada, se le parecían tanto que hubieran podido nacer por partición, sin la intervención del padre. Y aunque ella nunca había escrito poesía sí la había sentido en su interior como una especie de afán, de deseo no manifestado que se revelaba ahora en las tres niñas, traspasado en el silencio de los meses de gestación.

A medida que las niñas blancas fueron creciendo aumentó su belleza y su lirismo, en sus juegos siempre estaba presente la poesía, en su vida diaria. Escribían poemas en los bordes de los libros, en las cajas de galletas, por las paredes de su cuarto, en las suelas de sus zapatos colegiales, en el espejo empañado del cuarto de baño.

Cuando el padre llegaba a última hora de la tarde a casa, con la cabeza llena de los agobios propios de un hombre de negocios, las encontraba por el salón bailando y cantando, recitando, leyendo en voz alta poemas propios y también  de otros. Y en el centro siempre estaba la madre, admirada, feliz, plena con sus tres niñas poetas tan iguales a ella, sus tres niñas de plata.

Le invitaban  a quedarse, a participar de sus lecturas y recitales pero él no entendía de poesía y no le gustaba,  no sabía qué querían decir aquellas palabras misteriosas organizadas en  versos, le incomodaba tanto sentimiento desparramado, todo ese vuelco de almas. Deseaba que se  callaran y aunque las amaba también  las odiaba un poco.  Cuando las odiaba no las veía como tres lunas sino como tres quesos de bola parloteadores y estrafalarios.

Habían construido un mundo al que él no tenía acceso, un mundo en el que se sentía incómodo y perdido. Esas no eran sus hijas, eran las hijas de ella, de la madre lunar. Se sentía muy solo y no sabía qué hacer con esa soledad tan grande que le perseguía y le ahogaba en cuanto entraba en su casa.

Se organizó un cuarto donde poder ver en paz, sin la intromisión de la poesía,  todo tipo de deportes  y allí pasaba sus ratos de ocio, acantonado, sin tener con quién gritar ¡gol, gol, goooool!

De vez en cuando, del resto de la casa, por donde pululaban incesantes y en todas direcciones las tres niñas como aceleradas libélulas, le llegaban palabras o  ráfagas de frases que le irritaban, impropios vocablos en bocas infantiles,  “labios de ángel, carne de sueño, todo es resplandor, secretos de los Dioses, gritos en medio de la sangre, reino de lo gris, niñas erráticas nimbadas de niebla, inminencia de alas”

Aquello era horrible y hasta obsceno ¡Silencio!, ¿ os podéis callar un rato?, pedía  asomando medio cuerpo por la puerta de aquel cuarto donde todo era comprensible y normal, sencillo,  sujeto a normas y resultados. Las lunas le concedían unos instantes de ese demandado silencio pero a él le parecía que estaba cargado de hielo y desaprobación.

Una tarde en la que se jugaba la final de la copa de Europa, decidió marcharse  pero antes quiso dejar una nota aclaratoria, fue a la cocina y en la libreta donde se anotaba la lista de la compra escribió, ”Me voy,  os mandaré dinero cada mes” lo colocó apoyado sobre el cesto del pan y salió sin hacer ruido.

Por detrás de esa nota, las niñas escribieron un poema conjunto en el que aparecía muchas veces la palabra abandono y en el que todo lloraba: puertas, ventanas, paredes, sillas, sartenes, estrellas, cortinas, muñecas y nada más porque no cabía en papel tan pequeño.