Día: 10 octubre, 2019

Turno de mañana

 

No sé qué hora sería cuando ha llegado esa chica, sobre las diez y media, puede.  Estábamos tranquilos,  cada uno mirando nuestro ordenador, Julia y Mari pasando las fregonas por arriba y por abajo, el que se lee la enciclopedia acababa de abrir  el tomo siete, el  viejo habitual durmiéndose con un libro abierto sobre las piernas, un hombre mirando a través de las cristaleras con unos auriculares puestos y los estudiantes  en la planta de arriba, estudiando.

Quiero decir que todavía no había llegado ningún pesado a preguntarnos nada ni ningún colegio ruidoso. Sí estaba el grupo que viene de un centro de rehabilitación para drogadictos. Los traen bastantes mañanas a esta  biblioteca a pasar el rato, nada más entrar se pasean entre los estantes mirando los libros como si se asombraran de que hubiera tantos  en el mundo, creo que más que asombro es una especie de paseíllo de  cortesía porque enseguida se van  a la sección de audiovisual, la que les gusta de verdad. Revuelven con ganas ,  se llevan en préstamo alguna serie o película y  las comentan entre ellos, “peliculón” o  “de putísima madre”, les oímos decir.   No es que se porten mal, vienen muy aleccionados por su monitor y no sé si un poco dopados, se mueven y hablan a cámara lenta, como si flotaran, como peces o astronautas. Salen mucho a la puerta a fumar, todos fuman, y allí hablan de peliculones o miran el trabajo de los jardineros.

Solo hay uno que nunca sale ni se pasea por los estantes de los libros a mirar con asombro el objeto libro ni se va a la sección de audiovisual a decir “peliculón”, ese se queda pegado al mostrador como un pasmarote, luciendo su cresta azul tan pasada de moda como el resto de su vestimenta: cazadora corta de cuero negro con tachuelas en las hombreras, pantalones pitillo, botas vaqueras con remaches metálicos en la punta. Parece una mezcla de extintas tribus urbanas,  un muestrario ambulante de los ropajes de  la movida madrileña. Aunque es mayor y está bastante deteriorado,  tiene cara de niño, de niño perdido en este mundo. Hasta en los márgenes se puede estar marginado. No habla apenas pero de vez en cuando dice, “miedo me da”. Me gustaría saber qué es lo que le da miedo, si algo en concreto o todo en general.

Guillermo le tiene una manía que no le puede ni ver, eso ya indica cómo es el compañero Guillermo.

-¿Te puedes apartar?, aquí delante no puedes estar, no dejas pasar a la gente, le ha dicho con esa brusquedad suya.

El otro ha  mirado a los lados, como pensando, “¿pero de qué gente me habla, si aquí no hay nadie, habrá gente que yo no esté viendo”? Y se ha movido un poco hacia la esquina, cerca  de Miriam y  de mí. No nos encanta su compañía,  pero tampoco nos molesta en especial, no hace nada, solo se apoya y a veces resopla y suelta su “miedo me da”.

En ese momento ha entrado la chica joven de la coleta y se ha colocado en el supuesto lugar prohibido  a mirar su móvil y a mandar mensajes, se reía sola. Miedomeda la miraba de reojo y Guillermo más que de reojo, a ella no le ha dicho  que se tenía que quitar, al contrario, “si te podemos ayudar en algo, nos lo dices, eh”, de un amable que ni en sueños hemos visto tanta amabilidad.

La chica le ha dicho que buscaba un libro de economía de costes o algo así  y Guillermo, “pues qué estudias”, interesadísimo,  y ella que estudiaba ADE, eso que estudian todos ahora, y el tonto de Guillermo se ha puesto a darle consejos como si fuera un padre amantísimo o un amante padrísimo, más bien. Más bien que eso es lo que le gustaría a él. La chica le seguía el rollo mientras él buscaba en el ordenador el libro y eso que si algo  le molesta es que le hagan trabajar, a todos los manda con más malos modos que buenos a que se hagan sus propias búsquedas. Pero a la de la coleta no. Poco le ha durado el entretenimiento porque la chica ha encontrado enseguida el libro, gracias a sus indicaciones, y se ha marchado tan contenta sin dejar de mirar su teléfono.

Miriam ha empezado a contarme la receta de una tarta de manzana que se puede hacer en el microondas,  no me interesan  sus recetas ni las pienso hacer pero, por cortesía, como los ex yonquis cuando se pasean entre los pasillos de  libros, la he escuchado. El viejo que se queda dormido se ha despertado y ha mirado extrañado a su alrededor, creo que no sabía dónde estaba ni quién era, Julia y Mari con tal de aparcar un rato las fregonas se han acercado a escuchar la receta y a hacer sus propias aportaciones.

He visto la cara de desesperación de Guillermo y hasta me ha dado pena, su chaqueta de pana arrugada por la espalda, su pelo canoso, sus bolsas bajo los ojos llenas de aburrimiento vital. Se ha puesto a protestar,  que estaba harto del turno de mañana, que ya le ha solicitado a la jefa el cambio a la tarde,  que el turno de mañana le parece deprimente…Seguro que se cree que el de tarde está hasta los topes de chicas jóvenes con coleta ávidas de conocimientos y consejos.  No le voy a desengañar, he estado años en el turno de tarde y es más o menos  lo mismo pero con más gente, más peticiones de todo tipo y más ruido.

Miedo me da, ha dicho Miedomeda y se ha tocado la cresta azul con la mano, asegurándose de que seguía en su sitio. Allí seguía.