Día: 16 octubre, 2019

Vuelta tras vuelta tras vuelta, la mariposa blanca

Cuando estudiaba e imaginaba mi futuro como trabajador aparecía en mi mente un lugar parecido a  este, pero enseguida desechaba la idea, los lugares así no existían, no en esta ciudad. Así que, cuando empezaron a construir la biblioteca en medio de esos jardines,  me emocioné, parecía que  alguien, algún ser benéfico, conocía  mis ensoñaciones y se había decidido a cumplirlas. Más me  emocioné aun cuando estuvo terminada y pude visitarla. Se alzaba entre árboles y caminos bordeados de flores y sus enormes cristaleras desde las que se veía el cielo eran magníficas. Olía un poco fuerte a materiales nuevos  y los suelos de arriba crujían al pisarlos pero esas fueron las dos únicas pegas, menores, que encontré. Se me metió en la cabeza que yo tenía que trabajar ahí, que no podía trabajar en ningún otro lugar.

Sí que trabajé en otros lugares antes, en otras bibliotecas, cerradas, sin ventanas por donde escapar con la mirada, en secos callejones de asfalto,  sin luz natural, por eso cuando por fin me dieron la plaza en la del jardín estaba tan feliz que no podía dejar de contárselo a todo el mundo y seguí feliz un tiempo, no sé, a lo mejor durante todo el primer año, tenía ganas de innovar, propuse montar talleres de literatura, animaciones a la lectura, pensaba que mis compañeros compartirían mis planes y  mi entusiasmo.

Lo que no me imaginé, ni siquiera cuando ya empezaban a aparecer los primeros indicios de apatía, es que iba a tener que soportar a  una jefa psicópata, a una compañera víbora y a otra aburrida y que los días se sucederían sin estímulo alguno, uno igual a otro y a otro y otro. Lo que nunca llegué a pensar es que empezaría, poco a poco, a detestar las cristaleras, la luz, los árboles y, sobre todo, sobre todo,  a la mariposa blanca.

Cada vez que miro por los cristales y es inevitable no hacerlo porque de cristal es todo el edificio, veo a ese bicho  que se pasea por encima de las flores rojas del camino principal,  va hacia la derecha, se posa en una, recula, vuelve, se posa en otra, indecisa, da marcha atrás y así siempre y así siempre. Cómo detesto a esa mariposa, porque siempre es la misma,  una mariposa inmortal,  cada vez que levanto la vista de la pantalla y me choco con su vuelo repetitivo me entran ganas de gritar o de dar puñetazos. No sé si compartiremos desesperación, no sé si ella será consciente y querrá, como quiero yo, irse a un parterre de flores distinto, dejar de dar vueltas sobre las mismas una vez y otra y otra.  Ella podría irse si supiera, este jardín está lleno de caminos y rotondas floreadas,  pero yo no, yo  necesito el permiso de Ana María, la psicopáta.

Ya no sé ni la de veces que he  llamado a su despacho para pedirle el cambio de turno tragándome el orgullo y la repugnancia.  Repica  con las uñas sobre la mesa,  las lleva cada una pintadas de un color distinto,  “veremos qué podemos hacer, veremos, lo estudiaremos”, dice frunciendo esa boca inyectada de silicona o de lo que sea que haya inyectado, da igual, sigue pareciendo de la edad que tiene, ¿para qué se harán eso si están igual de horribles y para colmo se nota que han querido dejar de estarlo? Yo también envejezco y lo peor es que ha ocurrido sin que me diera cuenta, a traición. Aquí, menos la mariposa blanca,  todos envejecemos.

Lo que no entiendo es  por qué me habla en plural,  ese “veremos”, ese “estudiaremos”, como si tuviera un grupo de afines escondido dentro de los cajones con los que toma decisiones. Y eso debe de estar haciendo,  estudiándolo en profundidad con sus seres imaginarios porque no me da el traslado. Aquí sigo, muerto en vida con la víbora y la sosa, con el viejo que se duerme y el chiflado que se está leyendo la enciclopedia tomo por tomo, y encima toma apuntes el tío, lo mismo se la está copiando en cuadernos. Y con el de la cresta azul y su miedo me da. A mí sí que me da miedo todo esto, cada mañana sufro un ataque de pánico cuando se abren las puertas y me siento detrás del ordenador.

Esta mañana le he dicho al elemento de la cresta que se apartara, no soporto a la gente que teniendo espacio de sobra viene a colocarse justo a tu lado, a invadirte,  y enseguida ha saltado la víbora con una falsa voz de madre Teresa de Calcuta “quédate aquí si quieres, a nosotras no nos molestas” seguido de un lanzamiento de mirada maligna en mi dirección. Después la he visto reírse con esa cara que pone de saberlo todo cuando ha entrado esa chica tan guapa y me he puesto a hablar con ella. Envidiosa.  La otra solo es una pánfila, con hablar de tartas y de su niño al que llama “pescadito o corderito o ratoncito” ya tiene bastante, no le puedo achacar maldad, porque no la tiene,  solo es que me aburre, es soporífera,  me aburre como la puta mariposa que da vueltas y vueltas y vueltas sobre las flores rojas.

Las once todavía y aquí llegan las de la limpieza a sumarse a la conversación sobre las tartas. Qué olor a lejía, a bayeta fermentada. Voy a salir un momento a la puerta a despejarme. Ahí está, vuelta tras vuelta tras vuelta,  la mariposa blanca.