Mes: noviembre 2019

Kacharros y más

Nunca había entrado Serafín Espejo en la tienda “Kacharros y más” por parecerle cutre y anticuada, como mucho le había echado una ojeada rápida al pasar por delante. Pero al ver esta tarde pegado en su escaparate un cartel en el que anuncia su cierre, le ha brotado el deseo de entrar y comprar cualquier cosa.  Puede que se esté perdiendo  algo grande en su vida por no tener uno de esos cacharros, (¿o debería decir Kacharros?)  tan poco  útiles pero con cierta belleza decadente o esos jarrones de vidrio de colores donde colocar ramas o flores o nada, solo para mirar cómo juega con ellos la luz al atardecer.

Como es un hombre bastante indeciso, ha pegado la nariz al escaparate y se ha pasado un rato contemplando  cada uno de los objetos que si se da prisa podrían ser suyos, pero perderá para siempre si pasa de largo. Caso de que se decida podría tener una corbata de falsa seda italiana descolorida, papiros de diferentes tamaños, guirnaldas, platillos para el pan, pequeños botes para aromatizar de manzana y piña o barritas de incienso  “sri saibaba” con la cara muy feliz de sai baba impresa en sus cajas de alargado cartón.

Mientras mira tironeándose dubitativo los pelos de la ceja derecha, piensa que no sería raro que al encender una de esas barritas, el espíritu del simpático sai baba, tiene una cara de alegría que no puede con ella,  se extendiera  por toda su casa impregnándola de dicha y buen  rollo. Pero no se decide, otro día, otro día pasaré y ya veremos, se dice dejando atrás “Kacharros y más” y liberando  los pelos de la ceja.

Para comprar lo que quiere, una alfombra de ducha, ha entrado en una tienda de los chinos. Cuando va a pagar,  el dependiente le asegura que el producto que acaba de elegir viene de Francia, ¿no de china?, le pregunta extrañado Serafín. “Todo ese estante es de Francia -dice él con orgullo-  pero los productos chinos ya no son malos,mejora, mejora, poco a poco,  primero la vida de la gente, somos muchos en mi país, luego productos.” El chino se explica muy bien y es muy amable aunque le falta la sin igual alegría de la cara de sai baba. Serafín está tentado de volver a Kacharros y más a por dos cajas de barritas de incienso y unos cuantos papiros, ¿cómo habrá podido vivir hasta ahora sin papiros?

No vuelve, en su lugar entra a comprar pan en una nueva panadería, se llama “Masa madre”, hay panes de muchos tipos, de tantos tipos y formas y colores que tarda un buen rato en elegir, se está formando una incómoda cola detrás de él, oye gruñidos y carraspeos y pisotones y murmullos y algún insulto desabrido,  así que señala con el dedo al azar una barra plana,  y  sale un poco avergonzado de “masa madre”.

En el trayecto de vuelta, que hace dando un rodeo porque le gusta andar y cambiar de ruta, ve muchas otras panaderías llamadas “masa madre”, son todas iguales: bonitas, pequeñas, con muy variados tipos de panes dispuestos en cestillos de paja, con panaderas jóvenes vestidas con idénticos delantales y apoyadas de la misma manera en el mismo lugar de la panadería. En sus delantales llevan impresas las palabras “organic bread”.

Muerde la punta de la barra organic, el bread está bueno pero le ha dolido un diente. Se lo toca con la lengua. La luz del atardecer hace brillar las chimeneas, resbala sobre los tejados y se deja caer por las fachadas.  Si tuviera un jarrón de vidrio de colores de “Kacharros y más” iría corriendo a su casa para ver los efectos luminosos sobre el cristal. Como no lo tiene va despacio, siente una felicidad tonta de cinco minutos, la disfruta todo lo que puede, sabe que le durará  lo mismo que el cielo rojo en apagarse.

El no árbol

Serafín Espejo estaba triste, esa misma mañana los bomberos  habían talado el árbol que se veía desde una de sus ventanas. No es que fuera  un árbol muy bonito. Nadie, al menos que se sepa,  se había parado a fotografiarlo ni se había abrazado a su tronco más bien sucio y envejecido, pero era el suyo, el único contacto con lo natural que tenía desde su piso urbano. Cuando en primavera regalaba, con esfuerzo,  unas flores amarillas y pequeñas, atraía a numerosas mariposas también pequeñas y amarillas, como si quisieran hacer juego. Y  en las sofocantes noches de verano, un grillo escondido en sus recovecos, le traía recuerdos de frescor y campo.

Un día uno de enero de hacía unos cuatro años,  el árbol había amanecido lleno de estorninos, esos pájaros que parecen engominados y despeinados al mismo tiempo. Cantaban como locos desde la copa desnuda  dando la bienvenida al nuevo año. Esa visita inesperada de los estorninos le produjo a Serafín un gran contento. Cierto que desde ese día no volvieron nunca más pero él los esperaba. Ahora, sin árbol,  ya sabía con certeza que no iban a volver. Un poco de su esperanza había sido también talada.

Estaba triste y al asomarse a la ventana veía el árbol,  su sombra, su no estar en este mundo, su hueco, veía su ausencia. Para consolarse llamó a su amigo de infancia, Ignacio Vallejo,  que se había ido a vivir nada menos que a la calle Ventisquero de la Condesa y le propuso que se vieran un rato.  Bajó al metro, era un largo camino pero iba cómodamente sentado. Para entretenerse durante el trayecto se aprendió de memoria la línea 9. Algunas estaciones le resultaban fáciles porque le traían recuerdos. Herrera Oria, por ejemplo, la asociaba con una antigua novia de su etapa de instituto, Maura, la de Herrera Oria.  Otras,  como Concha Espina, no las ligaba con nada y se le atascaban. Aún así, cuando llegó a su destino,  la estación de  Mirasierra, ya  había conseguido recitarla entera sin equivocarse.

Orgulloso de su pericia nemotécnica salió a la calle Ventisquero de la Condesa donde, como era de esperar, soplaba tremebundo ventarrón. Se dejó empujar por sus manos y enseguida estuvo en la puerta de su amigo  Vallejo. En su veloz recorrido observó que el lugar estaba muy bien surtido de árboles, en especial de los de la especie denominada liquidámbar, a los que el otoño había coloreado de rojo, de anaranjado, de violeta, de amarillo ¡Qué suerte tiene Vallejo!, pensó, cuánta bella putrefacción a su alrededor.

Ignacio Vallejo lo estaba esperando  en la puerta con su hijo de la mano, era lo que se llama un padre añoso y tal vez por eso mismo muy entregado. Se palmearon con afecto las espaldas y caminaron en dirección contraria al viento, con esfuerzo. Vallejo tenía que llevar al niño a su clase de chino mandarín por lo que si a Espejo no le importaba podían ir juntos dando un paseo.

Las hojas de colores volaban y caían, algunas hacían espirales, filigranas aéreas antes de estamparse contra el suelo, otras descendían con decisión, entregándose veloces a la muerte. Al hijo de Ignacio le cayeron dos en la cabeza, una tercera en un hombro y una cuarta cerca de un ojo.

-Esos me están tirando hojas, protestó el niño, de nombre Iván, señalando hacia los árboles con disgusto,  como si se chivara.

-No te las tiran a ti es que se caen, en esta época del año los árboles pierden las hojas pero luego les vuelven a salir en primavera, no es nada personal, los árboles son buenos.

El niño no se fiaba un pelo y seguía mirando  con desconfianza y puños apretados a esos seres agresivos vestidos de colores que le lanzaban  de muy mala manera sus ropajes.

-Tiene una manía con los árboles,  un temor, le confesó por lo bajo Vallejo a Espejo, ya te contaré luego.

-Hablando de árboles, dijo Espejo viendo por fin el momento de colocar su particular desgracia, ¿sabes que tenía uno enfrente de mi ventana y que…?

-Añoro el  barrio, le interrumpió Vallejo, ¿sigue abierto el bar de Polipcarpo? Este sitio está muy bien para los niños, tenemos piscina y un tobogán rojo, a Iván le vuelve loco el tobogán rojo, es tranquilo esto y vemos la sierra desde casa,  si no fuera por ese miedo tan irracional que le ha entrado con los árboles… a lo mejor tiene que ver con el que tiene frente a la ventana de su cuarto, se le está colando dentro,  las ramas quiero decir. Es del vecino del bajo pero no lo quiere podar, veo que me voy a tener que meter en un pleito, se lo hemos dicho ya por las buenas tantas veces pero nada, pasa de nosotros. De noche las ramas parecen manos, garras, Iván tiene terrores nocturnos, le damos psico soma, es un jarabe, jarabe psicosoma, psicosoma jarabín,  canturreó Vallejo.

Resulta que el otro día…a Serafín Espejo se le acababan de pasar las ganas de contarle a Vallejo lo de la tala,  en cierto modo sintió que sería como profanar la memoria de su árbol feo, aunque al mismo tiempo sabía que eso no era del todo verdad.  Tal vez era pereza, nunca había sido muy hablador y ya tenía comprobado que las palabras no siempre le llevaban al lugar correcto. Al contrario, a veces las palabras le desviaban y le dejaban en el arcén y con cara de tonto. Por eso se  calló.

Por el camino de vuelta repasó la línea nueve, la dijo bien excepto Concha Espina que se le volvió a atascar. Nada más llegar a su casa  se asomó a la ventana.

Ahí estaba el árbol como un miembro fantasma, doliendo.