Día: 4 noviembre, 2019

El no árbol

Serafín Espejo estaba triste, esa misma mañana los bomberos  habían talado el árbol que se veía desde una de sus ventanas. No es que fuera  un árbol muy bonito. Nadie, al menos que se sepa,  se había parado a fotografiarlo ni se había abrazado a su tronco más bien sucio y envejecido, pero era el suyo, el único contacto con lo natural que tenía desde su piso urbano. Cuando en primavera regalaba, con esfuerzo,  unas flores amarillas y pequeñas, atraía a numerosas mariposas también pequeñas y amarillas, como si quisieran hacer juego. Y  en las sofocantes noches de verano, un grillo escondido en sus recovecos, le traía recuerdos de frescor y campo.

Un día uno de enero de hacía unos cuatro años,  el árbol había amanecido lleno de estorninos, esos pájaros que parecen engominados y despeinados al mismo tiempo. Cantaban como locos desde la copa desnuda  dando la bienvenida al nuevo año. Esa visita inesperada de los estorninos le produjo a Serafín un gran contento. Cierto que desde ese día no volvieron nunca más pero él los esperaba. Ahora, sin árbol,  ya sabía con certeza que no iban a volver. Un poco de su esperanza había sido también talada.

Estaba triste y al asomarse a la ventana veía el árbol,  su sombra, su no estar en este mundo, su hueco, veía su ausencia. Para consolarse llamó a su amigo de infancia, Ignacio Vallejo,  que se había ido a vivir nada menos que a la calle Ventisquero de la Condesa y le propuso que se vieran un rato.  Bajó al metro, era un largo camino pero iba cómodamente sentado. Para entretenerse durante el trayecto se aprendió de memoria la línea 9. Algunas estaciones le resultaban fáciles porque le traían recuerdos. Herrera Oria, por ejemplo, la asociaba con una antigua novia de su etapa de instituto, Maura, la de Herrera Oria.  Otras,  como Concha Espina, no las ligaba con nada y se le atascaban. Aún así, cuando llegó a su destino,  la estación de  Mirasierra, ya  había conseguido recitarla entera sin equivocarse.

Orgulloso de su pericia nemotécnica salió a la calle Ventisquero de la Condesa donde, como era de esperar, soplaba tremebundo ventarrón. Se dejó empujar por sus manos y enseguida estuvo en la puerta de su amigo  Vallejo. En su veloz recorrido observó que el lugar estaba muy bien surtido de árboles, en especial de los de la especie denominada liquidámbar, a los que el otoño había coloreado de rojo, de anaranjado, de violeta, de amarillo ¡Qué suerte tiene Vallejo!, pensó, cuánta bella putrefacción a su alrededor.

Ignacio Vallejo lo estaba esperando  en la puerta con su hijo de la mano, era lo que se llama un padre añoso y tal vez por eso mismo muy entregado. Se palmearon con afecto las espaldas y caminaron en dirección contraria al viento, con esfuerzo. Vallejo tenía que llevar al niño a su clase de chino mandarín por lo que si a Espejo no le importaba podían ir juntos dando un paseo.

Las hojas de colores volaban y caían, algunas hacían espirales, filigranas aéreas antes de estamparse contra el suelo, otras descendían con decisión, entregándose veloces a la muerte. Al hijo de Ignacio le cayeron dos en la cabeza, una tercera en un hombro y una cuarta cerca de un ojo.

-Esos me están tirando hojas, protestó el niño, de nombre Iván, señalando hacia los árboles con disgusto,  como si se chivara.

-No te las tiran a ti es que se caen, en esta época del año los árboles pierden las hojas pero luego les vuelven a salir en primavera, no es nada personal, los árboles son buenos.

El niño no se fiaba un pelo y seguía mirando  con desconfianza y puños apretados a esos seres agresivos vestidos de colores que le lanzaban  de muy mala manera sus ropajes.

-Tiene una manía con los árboles,  un temor, le confesó por lo bajo Vallejo a Espejo, ya te contaré luego.

-Hablando de árboles, dijo Espejo viendo por fin el momento de colocar su particular desgracia, ¿sabes que tenía uno enfrente de mi ventana y que…?

-Añoro el  barrio, le interrumpió Vallejo, ¿sigue abierto el bar de Polipcarpo? Este sitio está muy bien para los niños, tenemos piscina y un tobogán rojo, a Iván le vuelve loco el tobogán rojo, es tranquilo esto y vemos la sierra desde casa,  si no fuera por ese miedo tan irracional que le ha entrado con los árboles… a lo mejor tiene que ver con el que tiene frente a la ventana de su cuarto, se le está colando dentro,  las ramas quiero decir. Es del vecino del bajo pero no lo quiere podar, veo que me voy a tener que meter en un pleito, se lo hemos dicho ya por las buenas tantas veces pero nada, pasa de nosotros. De noche las ramas parecen manos, garras, Iván tiene terrores nocturnos, le damos psico soma, es un jarabe, jarabe psicosoma, psicosoma jarabín,  canturreó Vallejo.

Resulta que el otro día…a Serafín Espejo se le acababan de pasar las ganas de contarle a Vallejo lo de la tala,  en cierto modo sintió que sería como profanar la memoria de su árbol feo, aunque al mismo tiempo sabía que eso no era del todo verdad.  Tal vez era pereza, nunca había sido muy hablador y ya tenía comprobado que las palabras no siempre le llevaban al lugar correcto. Al contrario, a veces las palabras le desviaban y le dejaban en el arcén y con cara de tonto. Por eso se  calló.

Por el camino de vuelta repasó la línea nueve, la dijo bien excepto Concha Espina que se le volvió a atascar. Nada más llegar a su casa  se asomó a la ventana.

Ahí estaba el árbol como un miembro fantasma, doliendo.