El no árbol

Serafín Espejo estaba triste, esa misma mañana los bomberos  habían talado el árbol que se veía desde una de sus ventanas. No es que fuera  un árbol muy bonito. Nadie, al menos que se sepa,  se había parado a fotografiarlo ni se había abrazado a su tronco más bien sucio y envejecido, pero era el suyo, el único contacto con lo natural que tenía desde su piso urbano. Cuando en primavera regalaba, con esfuerzo,  unas flores amarillas y pequeñas, atraía a numerosas mariposas también pequeñas y amarillas, como si quisieran hacer juego. Y  en las sofocantes noches de verano, un grillo escondido en sus recovecos, le traía recuerdos de frescor y campo.

Un día uno de enero de hacía unos cuatro años,  el árbol había amanecido lleno de estorninos, esos pájaros que parecen engominados y despeinados al mismo tiempo. Cantaban como locos desde la copa desnuda  dando la bienvenida al nuevo año. Esa visita inesperada de los estorninos le produjo a Serafín un gran contento. Cierto que desde ese día no volvieron nunca más pero él los esperaba. Ahora, sin árbol,  ya sabía con certeza que no iban a volver. Un poco de su esperanza había sido también talada.

Estaba triste y al asomarse a la ventana veía el árbol,  su sombra, su no estar en este mundo, su hueco, veía su ausencia. Para consolarse llamó a su amigo de infancia, Ignacio Vallejo,  que se había ido a vivir nada menos que a la calle Ventisquero de la Condesa y le propuso que se vieran un rato.  Bajó al metro, era un largo camino pero iba cómodamente sentado. Para entretenerse durante el trayecto se aprendió de memoria la línea 9. Algunas estaciones le resultaban fáciles porque le traían recuerdos. Herrera Oria, por ejemplo, la asociaba con una antigua novia de su etapa de instituto, Maura, la de Herrera Oria.  Otras,  como Concha Espina, no las ligaba con nada y se le atascaban. Aún así, cuando llegó a su destino,  la estación de  Mirasierra, ya  había conseguido recitarla entera sin equivocarse.

Orgulloso de su pericia nemotécnica salió a la calle Ventisquero de la Condesa donde, como era de esperar, soplaba tremebundo ventarrón. Se dejó empujar por sus manos y enseguida estuvo en la puerta de su amigo  Vallejo. En su veloz recorrido observó que el lugar estaba muy bien surtido de árboles, en especial de los de la especie denominada liquidámbar, a los que el otoño había coloreado de rojo, de anaranjado, de violeta, de amarillo ¡Qué suerte tiene Vallejo!, pensó, cuánta bella putrefacción a su alrededor.

Ignacio Vallejo lo estaba esperando  en la puerta con su hijo de la mano, era lo que se llama un padre añoso y tal vez por eso mismo muy entregado. Se palmearon con afecto las espaldas y caminaron en dirección contraria al viento, con esfuerzo. Vallejo tenía que llevar al niño a su clase de chino mandarín por lo que si a Espejo no le importaba podían ir juntos dando un paseo.

Las hojas de colores volaban y caían, algunas hacían espirales, filigranas aéreas antes de estamparse contra el suelo, otras descendían con decisión, entregándose veloces a la muerte. Al hijo de Ignacio le cayeron dos en la cabeza, una tercera en un hombro y una cuarta cerca de un ojo.

-Esos me están tirando hojas, protestó el niño, de nombre Iván, señalando hacia los árboles con disgusto,  como si se chivara.

-No te las tiran a ti es que se caen, en esta época del año los árboles pierden las hojas pero luego les vuelven a salir en primavera, no es nada personal, los árboles son buenos.

El niño no se fiaba un pelo y seguía mirando  con desconfianza y puños apretados a esos seres agresivos vestidos de colores que le lanzaban  de muy mala manera sus ropajes.

-Tiene una manía con los árboles,  un temor, le confesó por lo bajo Vallejo a Espejo, ya te contaré luego.

-Hablando de árboles, dijo Espejo viendo por fin el momento de colocar su particular desgracia, ¿sabes que tenía uno enfrente de mi ventana y que…?

-Añoro el  barrio, le interrumpió Vallejo, ¿sigue abierto el bar de Polipcarpo? Este sitio está muy bien para los niños, tenemos piscina y un tobogán rojo, a Iván le vuelve loco el tobogán rojo, es tranquilo esto y vemos la sierra desde casa,  si no fuera por ese miedo tan irracional que le ha entrado con los árboles… a lo mejor tiene que ver con el que tiene frente a la ventana de su cuarto, se le está colando dentro,  las ramas quiero decir. Es del vecino del bajo pero no lo quiere podar, veo que me voy a tener que meter en un pleito, se lo hemos dicho ya por las buenas tantas veces pero nada, pasa de nosotros. De noche las ramas parecen manos, garras, Iván tiene terrores nocturnos, le damos psico soma, es un jarabe, jarabe psicosoma, psicosoma jarabín,  canturreó Vallejo.

Resulta que el otro día…a Serafín Espejo se le acababan de pasar las ganas de contarle a Vallejo lo de la tala,  en cierto modo sintió que sería como profanar la memoria de su árbol feo, aunque al mismo tiempo sabía que eso no era del todo verdad.  Tal vez era pereza, nunca había sido muy hablador y ya tenía comprobado que las palabras no siempre le llevaban al lugar correcto. Al contrario, a veces las palabras le desviaban y le dejaban en el arcén y con cara de tonto. Por eso se  calló.

Por el camino de vuelta repasó la línea nueve, la dijo bien excepto Concha Espina que se le volvió a atascar. Nada más llegar a su casa  se asomó a la ventana.

Ahí estaba el árbol como un miembro fantasma, doliendo.

36 comentarios en “El no árbol

  1. Vallejo el del chino, claro en que viviendo en la calle del Ventisquero uno debe estar bien aireado y además en un barrio que se llama Mirasierra, que supongo si no fuera por la cordillera, se debería ver hasta el mar. Espejo en cambio sólo puede aspirar a descubrir ese hueco mellado que ha quedado como huérfano. Que triste el concejal de distrito que lo ha mandado podar. Un beso.
    Acá se nos mueren las encinas de soledad por culpa de la pertinaz sequía.

    1. Eso también es muy triste. Y mira que las encinas son resistentes.
      Aquí en cuanto un árbol es sospechoso, lo talan. Da mucha pena pero se entiende porque hay riesgo de que mate a alguien, ya ha ocurrido.
      Lo que ya no sé es si se les está yendo la mano.

  2. Este texto me ha recordado el arbolito esmirriado que contemplaba desde la ventana de mi habitación, en la residencia en que me alojaba en Francia. Acabé encariñándome con él. Por suerte no lo talaron. Habría sido una gran pérdida, como la sufrida por Serafín Espejo.
    Es verdad, un árbol es una esperanza. Pájaros, viento, gatos lo convierten en algo más vivo todavía.

  3. A veces la vida son ausencias que no sabemos llenar con palabras..

    Las palabras rara vez nos llevan a algún sitio, como mucho nos hacen dar vueltas por los mismos lugares…

    Mucha nostalgia nos has traído hoy, tengo un mapa del metro parecido al de Vallejo, el metro de las ausencias y de las cosas perdidas, lo llamo…

    1. Las palabras consuelan y sirven para entender, para entendernos pero que nos lleven donde queremos eso ya creo que no.

      Será un mapa bonito ese tuyo 🙂
      Aunque pueda parecer que sí por lo que escribo, no soy muy nostálgica, me gusta mucho recordar pero en general sin pena.
      No volvería atrás, caso de que se pudiera

  4. Vaya nombres tan acertados que elegiste, me dio mucha tristeza lo del árbol, es algo tan natural y normal en esta época, en donde vivo no ven un bosque ven leña o tablas y si no sirve para ello, mejor cortarlo y eso trae que ya encuentres a las montañas despobladas y árboles talados que no siempre utilizan la totalidad.
    Tengo uno frente a mi ventana y sí los pájaros, los animalitos lo pueblan y dan una vida hermosa, sobre todo con sus cantos en primavera. Un abrazo

    1. Me alegra que tengas un árbol compañero junto a tu ventana, lo que ya no me gusta es lo de las montañas despobladas.
      Qué brutos!!

      Gracias por fijarte en los nombres.

      Abrazo, Themis

  5. Jo… la guinda del pastel es la última frase!!!

    Nunca estamos contentos eh… tengamos lo que tengamos envidiamos lo de otros y probablemente en su situación tampoco estaríamos contentos… si es que somos muy difíciles…

    Besos.

  6. Jajaja, conozco la zona del Ventisquero de la Condesa. No sé qué tenemos contra los árboles, los talamos para hacer esos nuevos parques donde no hay nada de vegetación, sólo cemento. No me extraña que a Serafín Espejo le duela el suyo como si fuera un “miembro fantasma”, me ha gustado mucho ese final. Saludos, Evavill.

    1. Jajaja, es que siempre me ha gustado ese nombre de calle. La zona es muy bonita.

      Poca vista y menos inteligencia tienen cuando diseñan y construyen esos parques. Con el tueste que hace en verano Y más que va a hacer.

      Gracias, Raúl.
      Un saludo

  7. «Un poco de su esperanza había sido también talada. Estaba triste y al asomarse a la ventana veía el árbol, su sombra, su no estar en este mundo, su hueco, veía su ausencia».
    Al momento he pensado en lo del miembro fantasma, ese brazo amputado que dicen aún percibimos… y lo acabas diciendo al final. Cierto. ¡O el cerebro fantasma! ¿Has pensado en ello alguna vez? Porque hay gente que… y entonces lo echan mucho de menos y… jajaja, es que estoy de cachondeo.
    ¿Sabes? Pues ahora en serio, en su blog Tao muchas veces ha usado una expresión que me parece tremendamente sabia y acertada. Es esta: «Las ausencias no pueden demostrarse». Esto viene a cuento del budismo y de que el budismo no se dedica a demostrar que no existe un yo, pues es imposible demostrarlo de forma directa. Lo expone detalladamente demostrando las innumerables cosas que somos, pero eso es diferente. No mostrarás lo que no está, así de fácil. En eso me hizo pensar, y a la vez en que habrá ausencias indemostrables pero perfectamente palpables, y que sentimos.
    Muy graciosa también la expresión “tremebundo ventarrón”, asociado a la calle Ventisquero, que desde luego el nombre tiene tela. A veces cuando algo me impacta o sencillamente para reírme un rato me digo “tremebundo, Facundo”.
    Lo del niño y su manía/temor a los árboles también es muy extraño. Mira que es raro verlos como seres peligrosos o agresivos. Graciosísimo el pasaje en que se queja de que le tiran hojas. No creo que lo recuerdes, pero una vez traduje una parte del libro de Springsteen, del principio, donde explica que en su niñez tenía un árbol enorme al lado de su casa y que sus ramas casi entraban por la ventana. Y que tiempo después, ya desaparecido, él notaba aún el lugar en el que había estado plantado. Otra ausencia bien palpable. Claro, me acordé de eso también.
    Es triste no poder compartir las penas, lo digo por Serafín y su silencio respecto al árbol. No ve forma de introducir su queja y su dolor vital. Ese es el ego que clama por hacer notar sus pequeñas, insignificantes muchas veces y personales historias (y siempre egóticas a tope, obvio), y entonces el ego de Serafín (su mente egótica) topa con la realidad, con la fuerza de la vida que lo atropella todo y donde esa historia personal casi parece minúscula y prescindible.Los niños que aprenden chino mandarín, otros barrios y otros árboles. No sé si se ve lo que quiero decir. La persona (mental) que arrastra un dolor, un agravio, una “putada” que le ha gastado el universo, contra el ser real (que va mucho más allá de la persona) que se topa con la vida fluyendo. Entre esas dos alternativas deberíamos optar sin dudarlo por la segunda. Las personas del tipo A serían las que encajan seguramente en esta frase: “Siempre, siempre está hablando de sí mismo; es tremendamente cansino”.
    Namastebeso.

    1. No sé si he sido un poco “duro” e insensible. No quiero dar a entender que Serafín sea una de esas personas egóticas y cansinas. He puesto al final un ejemplo un poco extremo. Lo que quiero decir es que el ego siempre está con sus quejas y agravios, con las cuentas pendientes, muchas veces lamiéndose las heridas de distintas formas, incluyendo la comunicación con los otros. Y a veces lo que para otros puede resultar nimio a uno le afecta, como el tema del árbol. O sea, que pese a todo lo dicho es comprensible su dolor o tristeza…

      1. No, duro, no.
        Es tu opinión. Además no tiene importancia, solo es el personaje de un relato.
        Pero he entendido lo que has querido decir.
        No ha sido tremebundo, Facundo

    2. Las ausencias no pueden demostrarse porque son incorpóreas, supongo que te refieres a eso, ¡es tanto lo que no se puede demostrar!
      Lo del niño es cierto, me hizo mucha gracia y por eso lo introduje en este relato de árbol o de no árbol, mejor dicho.
      Sí que me acordaba del árbol de Bruce, de que lo tenía, de su añoranza por él la verdad es que no.
      Sobre Serafín, no sé, supongo que cuando piensas que no te van a entender, te callas. No lo veo una cuestión de ego sino de ahorrar en palabras.
      Besos, What y muchas gracias por el comentario

      1. Ya te dije que la frase «Las ausencias no pueden demostrarse» tiene su miga, y mucha. Incluso tiene sonoridad y magnetismo, e invita a pensar. Algunos aplicarían el razonamiento a Dios y al alma, claro que ahí ya entraríamos en un debate interminable, dependiendo de creencias y opiniones. O sea un debate tremebundo (Facundo). Jajaja, muy bueno tu final de comentario.
        Reitero que, pese a mis razonamientos un poco deconstruyendo al ego y sus historietas (a veces tontas) entiendo a Serafín, su dolor y pena, y sus ganas de comunicar “su” desgracia. ¿Ves? Es que no es “su” desgracia, simplemente es algo que sucede. Esto abunda en lo que dije anteriormente. ¡Basta! Soy tremebundo.
        Tremebunda la historia esa del vecino de Carmen talando árboles, Qué salvaje e incívico.

      2. Muchos… “namastepetons” me ha chocado de entrada, pero no está mal. Lo prefiero en castellano. En catalán también existe el verbo “besar”, tal cual. Entonces decir “et petonejo”, perfectamente correcto (y que suena más gracioso) vendría a ser más bien “te besuqueo”. Fíjate, esos matices son muy curiosos. Besar-besuquear, it is not the same.

    1. Tu relato desprende soledad….Has dicho muy bien , Luna…tengo la misma sensación . Es muy maestra nuestra querida Paloma contarnos las cosas habituales y , aparentamente,de poca interes pero nos conmueven hasta las lágrimas. Un abrazo.

  8. Hay que ver…lo que a unos nos encanta otros lo detestan…
    Me entristecería que talaran un árbol frente a mi casa.
    Cuando llegué a donde vivo ahora había un árbol seco,sin vida.No fui capaz de arrancarlo y lo conservo,aunque sólo sea un tronco.En cambio a uno de mis vecinos le pillé un sábado serrando un árbol de la parcela de enfrente de la suya…cuando pasaba un coche se escondía.Llamé a la policía y le pillaron motosierra en mano.Le advirtieron de que estaba prohibido talar árboles así como así (y encima no estando en su casa!) y paró.
    Todo este rollo para decirte que como en tu historia…hay gente pa tó…unos conservamos troncos secos y otros sierran árboles vivos,cada loco con su tema.
    Por cierto,la calle Ventisquero de la Condesa no me mola…porque cuando voy en coche al hospital paso por allí.Me recuerda a ese camino que no me apetece hacer.En cambio hay paradas de metro que me gustan porque,como tu personaje,las asocio a personas o momentos especiales.Y tu post me las ha recordado.
    ; )

    El liquidámbar es un árbol precioso…

    Besos por las ramas!

    1. Ese vecino tuyo es un arboricida, ¡menudo personaje! Me he reído imaginando la escena.
      Yo no puedo llamar a la policía porque el que tala es el ayuntamiento, será por seguridad, no quiero pensar mal, pero estos días he visto caer a unos cuantos 😦
      No me extraña que no te guste la calle Ventisquero de la Condesa, queda ahora mismo eliminada.
      En su lugar, un camino lleno de árboles liquidámbar para ti.

      Besos, Carmen

  9. Creo que ninguno de nuestros predecesores se ensañaron con los árboles como lo hace nuestra generación. Las talas y los incendios son indiscriminados. No somos conscientes del tiempo que cuesta conseguir árboles de un porte importante.

    Un beso.

  10. Me está doliendo ese no árbol…
    En el patio de casa de mi abuela hay una higuera y un membrillero, los vecinos de la planta alta, en vez de podar lar ramas, como hubiera sido lo normal, clavaban unos clavos largos para que los árboles muriesen… Consiguieron liquidar el membrillero, pero con la higuera nunca pudieron.
    Buen relato, Paloma. Conozco bien la línea 9, je je je, aunque no me la sé entera.
    Mil besos

    1. Pero qué gente más mala!!! Lo de los clavos es casi peor que el vecino de Carmen con la motosierra, muerte lenta.
      Las higueras son muy poderosas, me encantan.
      Besos y buen viaje por la 9 :))

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