Día: 19 noviembre, 2019

En el taller de Dunia

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Dibujo de Olga Álvarez

 

Dado que, dijo la señora Miraflores y se calló. Le gustaba empezar las frases con esa expresión aunque luego no supiera cómo continuar. ¿Dado que, qué?, preguntó su amiga, la señora Espinar. Dado que tenemos mucho que hacer esta mañana, espero que Dunia no tarde mucho en atendernos. Eso sí, dijo la otra. Las dos dejaron sus bolsas con ropa sobre el mostrador y se pusieron a mirar las paredes y el suelo mientras, de lejos, Dunia les hacía un gesto con la mano que quería decir “ya voy”. Como no iba le añadió palabras:  ya voy, ahora mismitito voy.

Cuando dice ahora mismitito es que va para largo, me la conoceré yo a esta, le dijo Espinar a Miraflores.

Dado que se le amontona el trabajo es lógico que tarde un poco, lo que ya no es tan lógico es que quiera acaparar tanto, mira cómo lo tiene todo de ropa.

A la propia Dunia también le parecía que había demasiada ropa, las prendas colgaban fantasmagóricas sobre su cabeza, creando sombras en la  mesa donde cosía. Más prendas se alineaban a lo largo del estrecho pasillo sin dejar ni un  hueco libre y otras tantas se amontonaban sobre una mesa auxiliar. Ese montón era de ropa todavía sin clasificar y cada vez que levantaba la vista de la costura lo veía más y más grande, más alto, más ancho, más desparramado, como si fuera algo vivo , tal vez de una especie vegetal capaz de proliferar a gran velocidad.

Mismitito estoy llegando, dijo en gerundio pero sin moverse todavía de la silla, quería terminar lo que estaba haciendo.

¿Qué te dije? Cuando dice mismitito prepárate a morir.

Pues yo me voy, no puedo esperar. Dunia, ya vendremos otro día, no podemos esperar, gritó la señora Espinar apoyando una mano en el picaporte de la puerta,  solo apoyándola.

Dunia se levantó y sonriendo avanzó por el pasillo del local, que era largo y estrecho. Caminó entre abrigos, pantalones, chaquetas, chaquetones, blusas, vestidos. ¿Qué me traen? Abrió las bolsas. Probar, primero hay que probar. Hizo pasar a la señora Miraflores  tras la cortina morada, donde estaba el probador y fue sacando las prendas de la otra.

Muy bonito esto, muy bonito, te lo puedes poner con rosa o con amarillo también te quedaría bien o con…

Dado que no barres está el suelo lleno de alfileres, de telas y de pelusas, dijo la señora Miraflores desde dentro del probador, contenta porque esta vez la frase le había cuadrado muy bien. Y me acabo de pinchar, añadió triunfal.

Dunia soltó una risita, claro que no barría, no había tiempo para barrer.

Miraflores  salió del probador luciendo un vestido de color verde, le quedaba muy apretado por delante. A ver si me lo puedes ensanchar un poco descosiendo de aquí y de allá. Bueno tú verás lo que haces, me encanta este vestido lo tengo desde, ¿qué edad tendría yo entonces?, ¿treinta? No sé qué me ha podido pasar por aquí delante para que ya no me quepa,

Los cuarenta son los nuevos treinta y los cincuenta los nuevos cuarenta,  dijo Espinar con poco convencimiento observando unos cuadritos que había en un lado de la pared. Eran dos  acuarelas del puente Alejandro III sobre el Sena, en una se veía a una pareja abrazada, mirando al río, en la otra nada porque estaba envuelta en niebla pero se adivinaba ese mismo puente o tal vez otro.  Paris, París, ¿has estado en París, Dunia?

Pero claro y en más sitios.  Ahora solo estoy aquí y señaló el pasillo y su final donde se veía su silla y su mesa con la máquina encima. Aquí siempre y siempre, muchas horas aquí, no sé si hace sol o está nublado.

Hoy está nublado y hace un frío que pela, estás mejor aquí, recogida, no te creas que está la calle como para andar pateando, ¿tiene arreglo el vestido o no tiene arreglo?

Pero claro, todo tiene arreglo, si tiene usted un cuerpo de modelo, con esas piernas…lo abro un poco por aquí y se lo ensancho. Ya está.

La puerta se abrió de nuevo, era el señor Margill, un buen cliente. Traigo estos trajes y dos pantalones de mi mujer, ¿podría estar para finales de esta semana? Nos vamos de viaje.

Pero claro, puede estar, puede, se lo tengo, cómo no,  espere que ahora mismitito le atiendo. En cuanto termine con estas dos señoras.

El señor Margill era muy locuaz, le gustaba en especial hablar sobre sus hijas de las que siempre decía que eran bellísimas personas. Eso es lo más importante, ¿verdad?, ¿qué puede haber mejor que la bondad? Se lo digo siempre a María del Carmen, mi mujer. María del Carmen, nos habremos equivocado en muchas cosas pero en esto no, las tres chicas son bellísimas personas.

¿Y a nosotras qué nos importa?, le dijo por lo bajo la señora Espinar a la señora Miraflores. Dado que nada…nada, no nos importa nada.

A Dunia sí parecía importarle porque miraba a Margill con mucha atención, cada vez que  el hombre hablaba, la piel que le colgaba bajo el cuello se movía hacia los lados, temblorosa, dándole un aspecto de envejecida ave marina. Dunia se imaginó que cortaba y cosía toda esa zona y lo dejaba perfecto, era muy fina con los remates, muy fina. Ya no recordaba desde cuando se dedicaba a coser imaginariamente los defectos en las caras y los cuerpos de sus clientes, pero el caso es que no podía dejar de hacerlo.

Son tres bellísimas personas, repitió el señor Margill, remachando la idea central de su discurso.

Dunia miró de reojo el montón de ropa sin clasificar, no era posible pero había aumentado, estaba más alto,  más ancho y más desparramado. Si seguía así pronto invadiría toda la tienda y la asfixiaría como hiedra mala.

Seguro que lo son, como el padre, como el padre, un hombre muy elegante, además, muy elegante, le respondió sin mirarle porque no quería ponerse a coser su cuello de nuevo. Si no se iban pronto los tres, no le iba a dar tiempo a terminar los encargos de la mañana. Hizo una respiración profunda mirando el cuadro de la niebla, le pareció que respiraba un aire muy húmedo y un poco pegajoso.

Cuando por fin se marcharon y de nuevo se quedó sola, Dunia volvió a su máquina. En el lugar de la espalda alguien le había colocado un  saco con dolorosas piedras, en los ojos le había volcado arena y los brazos se los había  cambiado por dos  ramas quebradizas. Se frotó los ojos, inclinó la cabeza, accionó la máquina. La hiedra seguía creciendo.