En el taller de Dunia

Dado que, dijo la señora Miraflores y se calló. Le gustaba empezar las frases con esa expresión aunque luego no supiera cómo continuar. ¿Dado que, qué?, preguntó su amiga, la señora Espinar. Dado que tenemos mucho que hacer esta mañana, espero que Dunia no tarde mucho en atendernos. Eso sí, dijo la otra. Las dos dejaron sus bolsas con ropa sobre el mostrador y se pusieron a mirar las paredes y el suelo mientras, de lejos, Dunia les hacía un gesto con la mano que quería decir “ya voy”. Como no iba le añadió palabras:  ya voy, ahora mismitito voy.

Cuando dice ahora mismitito es que va para largo, me la conoceré yo a esta, le dijo Espinar a Miraflores.

Dado que se le amontona el trabajo es lógico que tarde un poco, lo que ya no es tan lógico es que quiera acaparar tanto, mira cómo lo tiene todo de ropa.

A la propia Dunia también le parecía que había demasiada ropa, las prendas colgaban fantasmagóricas sobre su cabeza, creando sombras en la  mesa donde cosía. Más prendas se alineaban a lo largo del estrecho pasillo sin dejar ni un  hueco libre y otras tantas se amontonaban sobre una mesa auxiliar. Ese montón era de ropa todavía sin clasificar y cada vez que levantaba la vista de la costura lo veía más y más grande, más alto, más ancho, más desparramado, como si fuera algo vivo , tal vez de una especie vegetal capaz de proliferar a gran velocidad.

Mismitito estoy llegando, dijo en gerundio pero sin moverse todavía de la silla, quería terminar lo que estaba haciendo.

¿Qué te dije? Cuando dice mismitito prepárate a morir.

Pues yo me voy, no puedo esperar. Dunia, ya vendremos otro día, no podemos esperar, gritó la señora Espinar apoyando una mano en el picaporte de la puerta,  solo apoyándola.

Dunia se levantó y sonriendo avanzó por el pasillo del local, que era largo y estrecho. Caminó entre abrigos, pantalones, chaquetas, chaquetones, blusas, vestidos. ¿Qué me traen? Abrió las bolsas. Probar, primero hay que probar. Hizo pasar a la señora Miraflores  tras la cortina morada, donde estaba el probador y fue sacando las prendas de la otra.

Muy bonito esto, muy bonito, te lo puedes poner con rosa o con amarillo también te quedaría bien o con…

Dado que no barres está el suelo lleno de alfileres, de telas y de pelusas, dijo la señora Miraflores desde dentro del probador, contenta porque esta vez la frase le había cuadrado muy bien. Y me acabo de pinchar, añadió triunfal.

Dunia soltó una risita, claro que no barría, no había tiempo para barrer.

Miraflores  salió del probador luciendo un vestido de color verde, le quedaba muy apretado por delante. A ver si me lo puedes ensanchar un poco descosiendo de aquí y de allá. Bueno tú verás lo que haces, me encanta este vestido lo tengo desde, ¿qué edad tendría yo entonces?, ¿treinta? No sé qué me ha podido pasar por aquí delante para que ya no me quepa,

Los cuarenta son los nuevos treinta y los cincuenta los nuevos cuarenta,  dijo Espinar con poco convencimiento observando unos cuadritos que había en un lado de la pared. Eran dos  acuarelas del puente Alejandro III sobre el Sena, en una se veía a una pareja abrazada, mirando al río, en la otra nada porque estaba envuelta en niebla pero se adivinaba ese mismo puente o tal vez otro.  Paris, París, ¿has estado en París, Dunia?

Pero claro y en más sitios.  Ahora solo estoy aquí y señaló el pasillo y su final donde se veía su silla y su mesa con la máquina encima. Aquí siempre y siempre, muchas horas aquí, no sé si hace sol o está nublado.

Hoy está nublado y hace un frío que pela, estás mejor aquí, recogida, no te creas que está la calle como para andar pateando, ¿tiene arreglo el vestido o no tiene arreglo?

Pero claro, todo tiene arreglo, si tiene usted un cuerpo de modelo, con esas piernas…lo abro un poco por aquí y se lo ensancho. Ya está.

La puerta se abrió de nuevo, era el señor Margill, un buen cliente. Traigo estos trajes y dos pantalones de mi mujer, ¿podría estar para finales de esta semana? Nos vamos de viaje.

Pero claro, puede estar, puede, se lo tengo, cómo no,  espere que ahora mismitito le atiendo. En cuanto termine con estas dos señoras.

El señor Margill era muy locuaz, le gustaba en especial hablar sobre sus hijas de las que siempre decía que eran bellísimas personas. Eso es lo más importante, ¿verdad?, ¿qué puede haber mejor que la bondad? Se lo digo siempre a María del Carmen, mi mujer. María del Carmen, nos habremos equivocado en muchas cosas pero en esto no, las tres chicas son bellísimas personas.

¿Y a nosotras qué nos importa?, le dijo por lo bajo la señora Espinar a la señora Miraflores. Dado que nada…nada, no nos importa nada.

A Dunia sí parecía importarle porque miraba a Margill con mucha atención, cada vez que  el hombre hablaba, la piel que le colgaba bajo el cuello se movía hacia los lados, temblorosa, dándole un aspecto de envejecida ave marina. Dunia se imaginó que cortaba y cosía toda esa zona y lo dejaba perfecto, era muy fina con los remates, muy fina. Ya no recordaba desde cuando se dedicaba a coser imaginariamente los defectos en las caras y los cuerpos de sus clientes, pero el caso es que no podía dejar de hacerlo.

Son tres bellísimas personas, repitió el señor Margill, remachando la idea central de su discurso.

Dunia miró de reojo el montón de ropa sin clasificar, no era posible pero había aumentado, estaba más alto,  más ancho y más desparramado. Si seguía así pronto invadiría toda la tienda y la asfixiaría como hiedra mala.

Seguro que lo son, como el padre, como el padre, un hombre muy elegante, además, muy elegante, le respondió sin mirarle porque no quería ponerse a coser su cuello de nuevo. Si no se iban pronto los tres, no le iba a dar tiempo a terminar los encargos de la mañana. Hizo una respiración profunda mirando el cuadro de la niebla, le pareció que respiraba un aire muy húmedo y un poco pegajoso.

Cuando por fin se marcharon y de nuevo se quedó sola, Dunia volvió a su máquina. En el lugar de la espalda alguien le había colocado un  saco con dolorosas piedras, en los ojos le había volcado arena y los brazos se los había  cambiado por dos  ramas quebradizas. Se frotó los ojos, inclinó la cabeza, accionó la máquina. La hiedra seguía creciendo.

35 comentarios en “En el taller de Dunia

  1. Pues ahora mismitito voy a comentar. Huy, pues qué estrés, qué agobio… efectivamente Dunia quiere abarcar demasiado y no llega a coser tanta ropa como tiene acumulada. Pobrecita, esclavizada, doliéndole el cuerpo y sin salir ni ver la luz del sol. Dado que la vida es tan dura y la precariedad laboral está a la orden del día, no me extraña la situación. Muchos encargos para sacarse un buen sueldo.
    El señor Margill y sus pellejos colgantes en el cuello… pues no tiene mucho que ver, pero algo sí, porque me he acordado de cierto animal y un chiste que he leído hoy y no sabía, me ha hecho mucha gracia…
    —Mamá, mamá… en el cole me llaman morsa…
    —Anda, no les hagas caso… y súbete a una silla que me rayas el suelo…
    Me iría bien Dunia de vez en cuando. Siempre tengo problemas con los agujeros de los pantalones, que se me agujerean… tengo que echar mano del truco de pegarles parches adhesivos (esas rodilleras que venden, es lo más fácil y rápido).
    Bye bye.

    1. Mucho agobio, como en tantos y tantos trabajos. A veces más que precariedad laboral parece esclavitud.
      Gracias por el chiste y por comentar tan mismitito. Recuerdo esos tipos de chiste, había un montón del estilo.
      A Dunia no le lleves los pantalones que no da para más la pobre 😉

      Besos

      1. Sí, sin duda “esclavitud moderna” me pasó por la cabeza. Y me refería a los bolsillos de los pantalones, que omití la palabra. Genial el comentario de Carmen, me he reído mucho. “Cardo borriquero”… jajaja. Y aunque me meta donde no me llaman: ¿no crees en el karma? Bueno, eres muy libre, pero ¿has reflexionado bien sobre ello? Tiene mucho sentido y por lo menos a mí me suena a verosímil.
        Namastebeso.

      2. Tendría que matizar lo que he dicho. No creo que exista esa especie de justicia cósmica ligada al buen o mal comportamiento de cada uno.
        Daría para largo debate el tema.
        Besos, What

  2. Es un retrato magnifico, sobre una mujer Dunia, que ha aprendido las leyes de la supervivencia y conoce la fragilidad del espacio que ocupa. Un traspiés y en estos tiempos que corren, el suelo que la sostiene puede desaparecer. Entonces solo queda caer y caer por un vacío sin fondo. Un beso.

  3. Pobre Dunia,extenuada y teniendo que aguantar todo tipo de plastas.Se nota que ha adquirido la paciencia que hay que tener para soportar clientes así.
    Me dan ganas de decirle a la Sra. Miraflores “lo que usted tiene es barriga señora” y a la Sra Espinar “y usted es un cardo borriquero” (a juego con su nombre).

    La vida es injusta y el karma una tomadura de pelo.

    Besos sin costuras.

  4. Dunia tendría que dejar la costura y dedicarse a la cirugía práctica.
    Con su experiencia seguro que lo haría muy bien.
    Pobre Dunia… la imagino enterrada entre montañas de ropa para arreglar…

    Besos.

  5. Guau, te has lucido una vez más. El montón cada vez más alto y ancho, pero a ver quién se atreve a rechazar un encargo.
    Lo de arreglarle la papada es buenísimo, ¿en qué va a pensar la mujer, si no hace otra cosa?
    Un besote. 🙂

  6. Dunia sufre deformación profesional, pero no es extraño. Tantas horas en el taller tienen que pasar factura a la hora de enjuiciar a los demás y físicamente. La descripción me ha recordado el taller de costura chino del barrio, en cuya puerta hay un cartel donde se lee: “Arreglos y transformaciones”. Que disfrutes de este día otoñal.

  7. Conocí de primera mano un taller de costura. Es increíble las cosas que te llegan a pedir. La gente no es consciente del cuerpo que tiene y las limitaciones que ello provoca. La culpa siempre la tiene la mujer que hace los arreglos por primorosos que sean y las cuentas que no se pagan se acumulan.

    Cuando una modista confecciona un vestido a la perfección el mérito siempre es del estilo de la clienta y cuando el trabajo no puede disimular la gordura o malformaciones de ésta el desdoro es para la modista.

    Un beso.

  8. Buenísimo, Paloma. Una historia de la vida misma, contada con ese toque tuyo tan especial. Muy bien intercalado ese habla popular en medio de la narración. Geniales los pensamientos de la pobre Dunia, abrumada por el trabajo, que ya casi ve visiones y piensa en recortar las papadas de sus clientes buscando esa perfección que probablemente tampoco logre con su costura. Un abrazo.

  9. El final es demoledor, Paloma.
    Y eso que ahora los arreglos más económicos lo hacen los chinos.
    Mi madre era modista, no tenía taller, pero recuerdo el trasiego de vecinas, las telas, tomar medidas, las pruebas, también arreglaba ropa.
    Intentó enseñarme, pero me negué, preferí dedicarme a estudiar. Aunque eso no impidió que le echara una mano a sobrehilar, rematar, coser botones… En fin, cuando le enseñé mi máquina de coser, me dijo, si hubiera tenido una así antes, porque su máquina, con la que aún cose es de las de toda la vida: SINGER.
    Me has evocado todos esos recuerdos.
    Mil besos

    1. Espero que tu madre no acabara tan cansada como la protagonista del relato.
      Pero a ti sí te gusta coser!! Imagino que no es lo mismo como afición, sin prisas y haciendo lo que tú quieras que como profesión.
      Hiciste muy bien eligiendo estudiar.
      Me ha gustado mucho lo que me has contado 🙂
      Besosssssss

  10. Qué pesadez!, pobre mujer tener que soportar a ese tipo de personas que se creen que se lo merecen todo y para colmo atascada de trabajo, el final toda una simbología que muestra más claramente de que se trata su vida. Un abrazo

    1. Hola, Themis.
      Tratar con clientes suele ser así de pesado y además hay que darles la razón y poner buena cara. Si a eso le añades mucho trabajo el resultado solo puede ser agotamiento.

      Gracias por tu comentario!!

      Otro abrazo

  11. Cuando era estudiante mi padre siempre me decía que lo peor de trabajar no era en el trabajo sino todo lo que le rodeaba, sobre todo ciertas personas que, a menudo, eran las que te hacían odiar la actividad laboral. Está claro que todas las clientas tienen la talla 36, si no pueden entrar en el vestido es por culpa de la modista. Saludos Evavill.

  12. El Sísifo de Camus atrapado ante su máquina de coser…

    A veces nos es posible escapar, claro, pero otras veces dejamos que la rutina nos ahogue sin plantearnos si ese túnel tiene una salida, un cartel de cerrado y una escapada a París .. existen problemas que no requieren soluciones sólo un “a la mierda y un salir corriendo”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .