Día: 25 noviembre, 2019

Carcasa roja

Serafín Espejo salió a dar una vuelta en la tarde del domingo, se subió al primer autobús que pasaba por delante, se sentó cómodamente y se puso a mirar por la ventanilla.  Había tanta gente en la calle que Serafín, que había imaginado otras visiones más idílicas desde su casa,  empezó a agobiarse y a preguntarse con rabia dónde irían todos esos y para qué. Como si él no fuera uno más de todos esos.

Había familias, parejas cogidas de la mano, solitarios como él, mujeres mayores agarradas del brazo, grupos diversos. Muchos de ellos se detenían para hacerse fotos o fotografiaban los edificios o se  fotografiaban delante de esos mismos edificios. Intentó apartar la vista de la gente porque tantos de sus congéneres yendo y viniendo por las calles, entrando y saliendo de las tiendas y tratando de atrapar instantes de ellos y de su entorno le causaba una tristeza extraña y le hacía preguntarse por el sentido de la vida. No quería preguntarse por ese sentido  porque no tenía respuesta que ofrecerse, está claro que es tonto además de inútil pedir respuesta a la misma persona que hace la pregunta.

Su breve crisis existencial fue eliminada de golpe por  una música impertinente que provenía de su propio teléfono.  La pantalla se llenó con la cara sandunguera de su amiga Vilma Maruja. Estuvo tentado de no responder pero  enseguida se arrepintió, cómo no iba a contestar a Vilma.

¡Sera!, gritó ella, acabo de verte en el bus, llevabas tu cara típica, la  de empanao,  baja que estoy aquí. Serafín miró hacia la calle buscando el aquí de Vilma, pero no lo vio. Aquí, aquí,  delante de “La casa de las carcasas”, ¿me ves ahora?,  baja, corre, ¡qué casualidad pero qué casualidad!, con las ganas que tenía de verte.

La casa de las Carcasas con todas esas fundas de plástico de colores colgadas  por las paredes le parecía un sitio horrible a Serafín Espejo, ¿y si no bajaba? Vilma Maruja era, junto con Ignacio Vallejo,  una de sus mejores amigas pero a veces le caía mal, por ejemplo cuando interrumpía su paseo sin rumbo y le hacía bajar delante de la Casa de las carcasas. Y lo que es peor, entrar. Ya estaban dentro mirando carcasas. No sé cuál elegir, ¿tú cuál elegirías, Sera? A buena parte iba. Ninguna,  no elegiría ninguna, dijo Serafín, que para las negaciones sí era rápido y ejecutivo,  y larguémonos de aquí.

Caminaron entre riadas de gentes en busca de felicidad, se suponía,  hasta que llegaron al Paseo de Rosales. Bandadas de grullas cruzaban el cielo en dirección norte, Serafín se quedó embobado mirándolas.  Y por eso mismo estoy muy contenta, oyó decir a su amiga entre alas. Con la contemplación de las aves, Serafín se había perdido la primera parte de la frase y ahora no sabía cuál era el  motivo del contento de Vilma. Qué bien, dijo por salir del paso.

De todas formas,  Vilma Maruja rara vez no encontraba algún motivo de contento, tal vez ella sabía algo, ¿Para qué crees que sirve vivir, Vilma?, el sentido, quiero decir. A Vilma le hizo  tanta gracia la pregunta  que se paró para reírse sujetándose los costados, sus rizos rubios se agitaban muy felices y eléctricos.

Vivir sirve, sobre todo,  para estar vivo.

Ah, claro, me quedo tranquilo, y morir para estar muerto.

Vilma Maruja no captó la ironía, casi nunca las captaba.

Ahora mismo no me importaría morirme, ya he vivido mucho, madre mía, todo lo que he vivido, es impresionante.

Serafín se desconcertó, ¿pero no decías hace un momento que estabas muy contenta?

Sí, y lo estoy, ¿y eso qué tiene qué ver?

Serafín ya no preguntó más, fueron caminando hasta el final del paseo y allí, en la esquina por donde se estaba metiendo el sol, Vilma Maruja se giró, se apoyó en sus hombros y lo besó. Lo siento,  añadió luego, no estoy enamorada de ti, que se te quite la idea.

Ni yo de ti, pensó Serafín, pero que ni un poco. No se lo dijo. Vilma Maruja siempre creía que todos la amaban y el sentirse así de adorada por toda la humanidad, ya que en ese todo cabían hombres, mujeres, infantes, perros y hasta flores, le daba mucha felicidad, ¿por qué iba a quitársela él?

Acababan de encenderse las farolas sobre los árboles amarillos y como obedeciendo a una orden, el sol se metió.

Yo creo que la carcasa roja me iría bien, dijo Vilma Maruja mirándose las botas, que también eran rojas.