Mes: diciembre 2019

Los árboles (Herman Hesse)

Los árboles han sido siempre para mí los predicadores más eficaces. Los respeto cuando viven entre pueblos y familias, entre bosques y florestas. Y todavía los respeto más cuando están aislados. Son los solitarios. No como ermitaños, que se han aislado a causa de alguna debilidad, sino como hombres grandes en su soledad.

En sus copas susurra el mundo, sus raíces descansan en lo infinito; pero no se pierden en él, sino que persiguen con toda la fuerza de la existencia una sola cosa : cumplir su propia ley, que reside en ellos, desarrollar su propia forma, representarse a sí mismos.

Los árboles son santuarios. Quién sabe hablar con ellos, quien sabe escucharles, aprende la verdad. No predican doctrinas ni recetas, predican, indiferentes al detalle, la ley primitiva de la vida.

(Del libro “El caminante”)

 

 

Efímera

Este fin de semana he estado en una librería llamada “Efímera”, era tan efímera  que solo duraba un día. Su objetivo era ofrecer un espacio para que las editoriales independientes y pequeñas expusieran sus libros, dieran a conocer su trabajo y vendieran.  Entre esas editoriales estaba Piezas Azules. Pero no he venido a esta entrada a hablar de nada personal ni vendible,  como seguro que estáis empezando a temer, sino de lo efímero. Los editores son efímeros, son efímeros los autores, los libros que entre ambos producen son también efímeros, por mucho que los que escribimos queramos, de algún modo, permanecer un poco más a través de nuestras palabras, ser un poco menos efímeros.

Todos con los que me he cruzado esta mañana por la calle pisando hojas ya descoloridas y , efímeras de color y forma, son efímeros y con los que no me he cruzado también lo son. Y efímero es el suelo que pisamos y nuestro planeta girante es efímero, lo cual no es ninguna novedad y de primicia ya ni hablamos.  Esto no pretende ser pesimista, lo efímero tiene su encanto, que todo se nos escape de las manos y que hasta las mismas manos se nos escapen,  permite que mientras tengamos algo posado en nuestras palmas lo podamos admirar y tratar con cariño, si es que lo posado nos agrada. Y también es un consuelo para cuando lo que se nos posa es pesado, molesto de transportar, aburrido o doloroso.

Ser efímero es ligero y liviano,  me agrada  ser efímera y que todo lo demás también lo sea. Estás un rato, haces lo que puedes, a ser posible algo bueno y bonito,  con los efímeros materiales que te han sido asignados y te vas para dejar sitio a nuevos efímeros.

Más o menos como los asistentes a la librería Efímera, algunos iban con sus niños, les daban la merienda y se iban, otros pasaban a curiosear, se sentaban en el rincón destinado a que los editores hablasen de sus productos, y tosían de forma compulsiva y hasta convulsiva con efímeras toses que por momentos parecían eternas.

Los editores se miraban unos a otros, se relacionaban o no y hasta se compraban libros entre ellos o no.  Los lectores investigaban el territorio libresco, miraban las portadas, abrían páginas, leían algún párrafo o tan solo una línea, a veces con una línea basta para saber si te va a gustar  el contenido completo. Con suerte descubrían historias que les atraían, historias destinadas a retener un poco los instantes efímeros de la vida, que son todos,  a sujetarlos con las chinchetas de las letras sobre el papel. Algunos compraban, otros solo se daban un paseo entre el ruido, que era mucho, y las mesas y los libros, que también eran muchos, (¡cuántos libros efímeros existen!, puede que demasiados),  se llevaban gratis  marca páginas, (eso también lo hice yo) o lucían modelos estrafalarios (esto no). Me gustó una efímera visitante que se paseaba muy digna con un vestido verde brillante, largo hasta los pies y un bolso en forma de regadera. Ya que estoy aquí de paso que no pase desapercibida, hay que dejar huella  como sea, pienso yo que se diría mientras se tuneaba para la ocasión.

En el metro de camino a casa descubrí que no me quedaban viajes en el abono transporte, qué efímero es, y tuve que cargarlo en una máquina. Algo debí de hacer mal,  -me cuesta entender a los seres con botones-,  porque se puso a hablar sola con esas voces tan impertinentes de las máquinas, que no entran en razones porque no saben, no están programadas para la flexibilidad. “Su título no es válido”, decía ella sin parar y no sé si en venganza o porque se había bloqueado, más bien la había bloqueado yo de tanto pulsar sus teclas,  no me devolvía la tarjeta ni el dinero. Vino a socorrerme un efímero empleado bastante paciente pero cuando me fui,  la máquina todavía  seguía hablando sola,  sobre la duración de la paciencia del empleado prefiero no pensar.

Alguien, después de una de esas comidas y bebidas que se celebran  para celebrar que pronto habrá más comidas y bebidas,  había vomitado en el suelo del vagón. Flotaba  un asqueroso, pero por suerte efímero olor ácido.

De tanto repetir efímera se me ha borrado su significado, ahora me parece el nombre de una mujer flaca, con la nariz ganchuda y una falda gris. María Efímera la antipática. Eso en su versión negativa, que también la tiene y  para contradecir todo lo que acabo de decir.

En su versión positiva me la imagino como un hada juguetona y transparente, muy inquieta, que se aburre de todo enseguida y por eso va destruyendo y creando al mismo tiempo, por experimentar y armar líos.

 

Gorriones

20191212_173844.jpg“Los gorriones son los niños del aire, la chiquillería de los arrabales, plazas y plazuelas del espacio.” (Miguel Hernández)

Un pájaro humilde y cotidiano que está desapareciendo 😦

Y no, no es culpa de los gatos de la entrada anterior.

Los gatos frustrados

Los gatos con vocación de pájaro se subieron al árbol y desde allí hicieron varios intentos de alzar el vuelo.  Al primero, cayeron de patas al suelo. Orgullosos como eran, miraron a su alrededor por si alguien había visto su fracaso y para disimular,  se estiraron con elegancia, como si caer hubiera sido su pretensión primera y su pretensión segunda hacer unos estiramientos.  Uno de ellos se encaramó de nuevo dispuesto a volverlo a intentar,  el otro se demoró rodeando el tronco, operación que aprovechó para  rascarse el lomo, pero después, siguiendo a su compañero,  subió al árbol.

Tenían una gran habilidad para estar sobre las ramas y puede que fuera eso lo que les había hecho creer que volar sería tan sencillo como estar posados. Sus cuerpos se acoplaban a las curvas del árbol de un modo tan natural que parecían frutos, frutos  grandes y bigotudos.

El día estaba gris, un gris brumoso amigo de los sueños, con él se arroparon y envueltos en su aliento húmedo, durmieron. Soñaron que volaban, era tan fácil en sueños, ni siquiera les hacía falta tener esas plumas ni esas alas ni esos cuerpos de huesos ligeros,  con los suyos de gato podían volar, bastaba un suave impulso, la sola idea del impulso,  que en realidad era el simple deseo de volar, y ya estaban ingrávidos surcando los tejados rojos, verdes y azules, atravesando nubes, sintiendo el abrazo del cielo.

Una especie  de  temblor  los despertó, abrieron muy despacio las rendijas de los párpados. Un grupo de  corredores acababa de pasar por debajo del árbol, los gatos no tenían vocación de corredores, ninguna, los miraron con desdén queriendo regresar marcha atrás al sueño, hundirse en él de nuevo. No pudieron, la puerta se había cerrado. Eran dos gatos sobre la copa de un cinamomo sin hojas, con sus bolas amarillas colgando. Dos gatos un poco ceporros, a decir verdad, soñolientos.  Se miraron el uno al otro y luego miraron el horizonte por donde despacio se fugaban las nubes con vocación de nubes, plenamente realizadas.

Por segunda vez saltaron con la intención no de bajar sino de subir, pero bajaron, hasta el suelo bajaron,  la sola intención no era suficiente. Repitieron la rutina anterior de estiramientos variados y  para consolarse  comieron de un pienso que les habían puesto en una esquina, dentro de un recipiente de plástico. Volvieron al árbol saciados de cuerpo pero insatisfechos de espíritu y desde allí miraron el mundo que no les dejaba ser lo que querían, frustrados. Tal vez si se comían un pájaro o más de uno, adquirirían la habilidad que les faltaba. Tensos y al  acecho, esperaron.

No mucho. El  día estaba muy gris y húmedo, ese gris venía cargado de sueño,  de flojera, de oníricas promesas,  sus músculos en tensión se fueron soltando, la puerta cedió, se deslizaron entre nieblas por un largo pasillo hasta llegar al otro lado, al lado donde sí se les concedían sus deseos. Los gatos frustrados  volaron la ciudad entera hasta dejarla atrás y llegar  planeando a los largos campos. Pájaros verdaderos entraban y salían del árbol vigilando con un ojo el sueño de los gatos.