Mes: diciembre 2019

Los gatos frustrados

Los gatos con vocación de pájaro se subieron al árbol y desde allí hicieron varios intentos de alzar el vuelo.  Al primero, cayeron de patas al suelo. Orgullosos como eran, miraron a su alrededor por si alguien había visto su fracaso y para disimular,  se estiraron con elegancia, como si caer hubiera sido su pretensión primera y su pretensión segunda hacer unos estiramientos.  Uno de ellos se encaramó de nuevo dispuesto a volverlo a intentar,  el otro se demoró rodeando el tronco, operación que aprovechó para  rascarse el lomo, pero después, siguiendo a su compañero,  subió al árbol.

Tenían una gran habilidad para estar sobre las ramas y puede que fuera eso lo que les había hecho creer que volar sería tan sencillo como estar posados. Sus cuerpos se acoplaban a las curvas del árbol de un modo tan natural que parecían frutos, frutos  grandes y bigotudos.

El día estaba gris, un gris brumoso amigo de los sueños, con él se arroparon y envueltos en su aliento húmedo, durmieron. Soñaron que volaban, era tan fácil en sueños, ni siquiera les hacía falta tener esas plumas ni esas alas ni esos cuerpos de huesos ligeros,  con los suyos de gato podían volar, bastaba un suave impulso, la sola idea del impulso,  que en realidad era el simple deseo de volar, y ya estaban ingrávidos surcando los tejados rojos, verdes y azules, atravesando nubes, sintiendo el abrazo del cielo.

Una especie  de  temblor  los despertó, abrieron muy despacio las rendijas de los párpados. Un grupo de  corredores acababa de pasar por debajo del árbol, los gatos no tenían vocación de corredores, ninguna, los miraron con desdén queriendo regresar marcha atrás al sueño, hundirse en él de nuevo. No pudieron, la puerta se había cerrado. Eran dos gatos sobre la copa de un cinamomo sin hojas, con sus bolas amarillas colgando. Dos gatos un poco ceporros, a decir verdad, soñolientos.  Se miraron el uno al otro y luego miraron el horizonte por donde despacio se fugaban las nubes con vocación de nubes, plenamente realizadas.

Por segunda vez saltaron con la intención no de bajar sino de subir, pero bajaron, hasta el suelo bajaron,  la sola intención no era suficiente. Repitieron la rutina anterior de estiramientos variados y  para consolarse  comieron de un pienso que les habían puesto en una esquina, dentro de un recipiente de plástico. Volvieron al árbol saciados de cuerpo pero insatisfechos de espíritu y desde allí miraron el mundo que no les dejaba ser lo que querían, frustrados. Tal vez si se comían un pájaro o más de uno, adquirirían la habilidad que les faltaba. Tensos y al  acecho, esperaron.

No mucho. El  día estaba muy gris y húmedo, ese gris venía cargado de sueño,  de flojera, de oníricas promesas,  sus músculos en tensión se fueron soltando, la puerta cedió, se deslizaron entre nieblas por un largo pasillo hasta llegar al otro lado, al lado donde sí se les concedían sus deseos. Los gatos frustrados  volaron la ciudad entera hasta dejarla atrás y llegar  planeando a los largos campos. Pájaros verdaderos entraban y salían del árbol vigilando con un ojo el sueño de los gatos.