Día: 8 enero, 2020

Siete, cuatro, ninguno…

siete-cuatro-ninguno
Dibujo de Olga

Silencio, silencio, se dijo a sí misma Eleonora, mucho silencio. Salió de puntillas procurando no rozar  ningún objeto, cerró la puerta con el mayor cuidado posible, giró muy despacio la llave y antes de salir del todo miró el castaño sin hojas donde se posaban los gorriones y los contó: siete. Contarlos era un ritual. Solían ser siete aunque algunas veces variaba el número. En ese momento del día eran siete.

Silencio, silencio, les dijo a sus zapatos que se empeñaban en hacerse notar, ¿o eran las piedras del camino las que querían llamar la atención?, shhhhhh, a callar, a callar, les ordenó haciendo más ruido que las propias piedras. No mucho  pero al parecer sí lo suficiente para que la mujer que vivía en la casa de al lado, su vecina Consuelo,  saliera a la ventana. Así asomada y a esa distancia parecía una muñequita de reloj, solo le faltaba dar tres vueltas al ritmo de alguna música. No las dio y música no había,  lo que sí hubo fue un grito rompiendo la mañana clara y helada: Eleonoraaaaa, juenos días, guapa, ¿ya te vaaaas?

Le gustaba hacer preguntas tontas del estilo de “¿ya te vas?” cuando veía que se estaba yendo o “¿ya de vuelta?” Cuando comprobaba desde su ventana que  volvía.  Tenía algún problema de dicción con la letra be, pero no siempre, la cambiaba por jota pero tampoco siempre, solo en algunas palabras.

Yo tengo que salir luego a cambiar unas cosas, quiero comprarme una crema juena, pero de las juenas de verdad. Acuérdate de cómo se me puso la cara con esa otra, llena de granos, ¿a que te acuerdas?

Sí que se acordaba, sí, hubiera preferido no almacenar semejante imagen desagradable en su memoria pero la cara llena de granos de Consuelo estaba a buen recaudo en algún cajón de su cerebro, como si importara. Si se pudiera hacer limpieza de esos cajones…

No te entretengo que ya te vas, si viviera Piloto sería su hora de salir, la nuestra, y te podríamos acompañar un trecho hasta el autobús,  pero ya no vive, ¿te acuerdas de Piloto, a qué sí?

También se acordaba de la cara babosa de ese perro pero con menor nitidez que de la de Consuelo con aquella erupción.

Era de una inteligencia que ni te quiero contar (sí que quería), dijo Consuelo asomándose un poco más a la ventana y pareciendo todavía más la muñequita de un reloj con forma de casa. Mira, es que lo estoy viendo cuando se comió las chuletas de Jose Ángel, visto y no visto el animal y ponía esa cara así, como de “pero si yo no he sido, si soy jueno”. Consuelo puso cara de perro triste, había que reconocer que lo clavaba.

Y la coneja, madre mía la coneja, ¿te acuerdas de Peludita? No era tan inteligente como Piloto, eso no, pero también tenía lo suyo y para ser de su raza era bastante sociable, es que los conejos no se relacionan tanto como los perros, entiéndeme, son otra cosa. Con el perro se llevaba bien, siempre que no quisiera jugar con ella, a ella no le gustaban los juegos, era cosa seria, como una profesora o algo así, como una estudiosa, como tú que también me pareces profesora o estudiosa,  entonces, mira, hacía así con las patas, zas, zas, empujándolo.

Consuelo hizo con sus propias manos el gesto de empujar con las patas, Eleonora no sabía cómo lo conseguía  pero se transmutó en una coneja, le maravillaba la capacidad de metamorfosis de su vecina, tanto que se le estaba olvidando que quería irse, que no quería estar ahí plantada aguantando el rollo de las mascotas muertas.  Se les coge mucho cariño a los animales, es verdad, dijo por decir algo, ella nunca había convivido con animales ni ganas. Me  tengo que ir, dijo avanzando el pie derecho y girando el cuerpo, que tengas buen día, Consuelo.

Ya te digo, cariño del jueno, pero si hasta la tortuga que tuvimos, jajajaja, qué risa, se llamaba como tú, Eleonora, se lo pusieron los niños, no te vayas a creer que yo…, tú tortuga no pareces,  es que coincidió que te mudaste y que les regalaron la tortuga, ¿nunca te lo había dicho, verdad? De Eleonora no te puedes acordar porque se murió enseguida, le dije yo a Jose Ángel, mira que si se muere ahora también la nueva que ha venido, qué cargo de conciencia. Y  me dijo él por todo decir,  qué tonterías, hija, qué tonterías. No te has muerto, bien viva que estás, te veo cuando sales para el gimnasio, pim pam, pim pam, digo, ya va para el gimnasio a todo trote.  No te puedes acordar de la tortuga, era monísima, con una carita como de sueño que le asomaba por el caparazón, tener que ir siempre con eso encima no tiene que ser cómodo pero supongo que se acostumbrarán y como no han conocido otra cosa…Nos pasa a los humanos pues a ellas también.

Consuelo, que ya había abandonado la ventana para desplazarse hasta la puerta, ejecutó allí mismo unos movimientos lentos, como de tortuga perezosa agobiada por el peso de su casa y de la vida toda.

Pero qué magnífica imitadora de la fauna era esa mujer, se admiró de nuevo Eleonora. Había que cortar de alguna manera, imitaba muy bien pero aquello se estaba haciendo interminable, con algunas personas la educación era peligrosa, se colaban a su través como por un agujero y una vez de tu lado te acogotaban.

Adiós, me voy ya, dijo muy seca y emprendió la marcha hacia la verja de salida sin mirar atrás. La voz de Consuelo se mezclaba con el sonido de sus pisadas sobre el sendero de piedras.

Los animales te dan mucho cariño, algunos más que otros claro, Eleonora era muy de ir a lo suyo pero a su manera también era cariñosa. Voy a recoger un poco la casa y salgo yo también. Está casa se ha quedado muy solitaria, sin los chicos, sin las mascotas, sin Jose Ángel, daba mucho trabajo y no le gustaba que le hablara pero estaba, que ya es algo. Una presencia. Mira, cuatro  gorriones en el árbol, qué salados son.

Casi sin darse cuenta, Eleonora se giró a mirar, contó, había siete, no cuatro. Son siete, acabo de contarlos.

Cuatro, siete, seis, los que sean, qué graciosos son, yo creo que están durmiendo, parecen bolas de plumas.

Consuelo se infló, imitándolos. Deshizo la imitación porque se acababa de acordar de otra cosa, ¿sabes lo que también tuvimos? Si es que esta casa ha sido…aquí ha vivido de todo, ¡una mantis religiosa!, la trajo mi hijo el del medio, el que te rompió de una pedrada el faro del coche, ¿te acuerdas de eso, a qué sí? No sabemos por qué lo hizo, no lo sé, no lo sé, nos decía, me entraron ganas,  lo sentimos mucho pero ya se arregló,  qué cosas los chicos, ¿verdad?, tú, como no tienes… mejor para ti, así te puedes ir por las tardes al gimnasio, que te veo yo salir. Y no te dan problemas ni te dejan sola de repente porque como sola tú ya estás… porque quieres, entiéndeme,  que no es lo mismo que no querer.  La mantis estaba dentro de un terrario y allí pasaba los días, muy tranquila, era juena.

Consuelo dobló los brazos y a Eleonora le pareció que se alargaba, que la cara se le triangulaba y  los ojos se le volvían grandes, esquinados y  globulosos.

Ahora sí que me voy, dijo horrorizada y echó a correr. Tres gorriones volaron hacia el árbol de enfrente.

¿Qué te dije?, son cuatro. Los acabo de contar. Y ahora… ahora ninguno.

Siete, cuatro, ninguno…

 

(Dedicado a Olga/Rubal , que me sugirió el tema.)