Día: 16 enero, 2020

En confianza

María Luisa ya se iba sintiendo cómoda con todas esas damas aristócratas  de la sala que custodiaba. En un principio le impusieron un poco, debido a su prestancia y, como ella decía, a su abolengo.

Pero a fuerza de verlas todos los días y durante tantas horas,  la distancia se había ido acortando. Es verdad que siempre estaban en la misma pose lo cual no ayudaba mucho a establecer una relación fluida y de tú a tú,  pero al mismo tiempo resultaba tranquilizador. Con ellas sabía a qué atenerse, no había sorpresas,  lo que no siempre pasa con los que se pueden mover y cambian de postura, lugar, sentimientos y opiniones a poco que te despistes.

Os veo más que a mi familia, guapas, les decía con el pensamiento cuando estaba sola. Más que a mi propia familia.

Su propia familia era más bien escueta, tenía una hermana melliza y un hijo. Su melliza, María Jesús, se había ido a vivir a una ciudad con mar, “por amor”, según ella misma se encargaba de recalcar a la mínima ocasión. La melliza le mandaba vía guasap y vía otras redes sociales muchas fotos del citado mar con ella incrustada y con su amor incrustado a su lado,  subtituladas más o menos así, “aquí, con las olas” o “aquí,  feliz y rodeada de azul”.

Algunas veces María Luisa deseaba que una de esas olas le pegara a su melliza un buen empujón y se la llevara, con el amorzote incluido, bien dentro del  azul. A ver si desde los fondos abisales era capaz de  mandar otra foto de “aquí, en la gloria”.

Claro está que al momento se arrepentía de sus malos pensamientos, “qué haría yo sin mi melliza, qué haría yo sin  Mariaje”. Y  se respondía ella sola: más o menos lo mismo que ahora, trabajar en la sala de un museo ocho horas al día, solo que con un gran vacío interior, con un agujero doloroso. Otro más.

En cuanto al hijo, de nombre Josué, no era malo, lo que se dice malo de preocupar pero bueno,lo que se dice  bueno de contentar, tampoco. Era poco comunicativo y las frases que más salían de sus labios eran “¿ta la cena ya, ma?” o “taluego, ma” o “la paga, ma”.

Una de las damas de los retratos tenía también un hijo, bastante feo y escuchimizao, parecía de la misma edad que su Josué ¿Qué tal se te porta?, estuvo a punto de preguntarle una mañana  y al momento se asustó por si se estuviera volviendo loca. No sería raro, pasaba todo el día sola, encerrada en esa sala sin ventanas, en penumbra y con las mujeres pintadas rodeándola, mujeres de otro siglo y de otra clase social.

Aunque sola en realidad no estaba, venían muchos visitantes a contemplar a las damas pintadas y eso la mantenía en tensión, en mucha tensión. Su misión, le habían dicho en la entrevista de trabajo, será custodiar las obras de arte y vigilar para que no se produzcan incidentes lamentables. Le había gustado mucho aquello de la misión y más todavía  acompañada de la palabra custodiar pero lo de los incidentes le daba más miedo que otra cosa. Estaba decidida a que no se produjera ni uno solo y para eso mantenía una extrema vigilancia.

Ni una dejaba pasar. Había momentos  tranquilos en los que los visitantes se desplazaban como bancos de peces y fluían por su espacio en silencio y sin desmandarse pero otros no eran bancos de peces organizados y rítmicos sino un desmadre de seres diversos  e impredecibles, dotados de pezuñas más que de pies, a los que no podía quitar el ojo de encima.

Esa mañana, una mañana brumosa y helada del mes de febrero, ya había tenido que llamar varias veces la atención.

Una mujer había apuntado con un bolígrafo a la dama de las flores y el vestido rojo,  como si quisiera corregir algún detalle de la pintura, otro visitante había acercado  su cabeza  hasta casi pegarla al delicado perfil de su amiga la pálida del traje verde y otro más había estado a punto de rozar con sus basto abrigo la delicada tela de tul de la dama del jardín.  Por no mencionar a los que hablaban a gritos y se reían como bestias sin tener en cuenta que estaban ante mujeres obras de arte.

Ella, sintiéndose poderosa con su uniforme azul, reeprendía y contenía, ejerciendo muy bien su misión de custodia y no dejó de controlar a los díscolos hasta que no los perdió de vista en la sala contigua. Tenía ensayado un giro de botas muy marcial con el que ponía fin a la reprimenda y se alejaba hasta una esquina para seguir vigilando en la sombra.

Cuando al fin hubo un momento de paz, a eso de las dos, y se quedó sola, se sintió cansadísima y con necesidad de soltar la tensión acumulada.

A ver, guapas, les dijo en voz alta  por primera vez sintiéndose muy a gusto y en total confianza, esto de custodiaros me tiene molida y vaya dolor de piernas. Muy finas y muy de abolengo y mucho presumir  pero estáis  muertas. Ya sé yo que también pasariáis vuestras penurias, no todo habrá sido tan idílico como se ve en estos cuadros. A mí no se me engaña tan fácil, es como lo de las fotos de mi hermana, claro que ella nunca será obra de arte y vosotras sí. Me gusta mucho tu jardín,  pero tú, ese bicho que llevas enrollado al cuello…no me va el maltrato animal, salvo al cerdo sintiéndolo mucho, es que me pierde el jamón, no lo puedo remediar.

Dos visitantes silenciosos habían entrado en la sala, más que a los cuadros contemplaban primero con asombro y después con risas contenidas el monólogo de  María Luisa.

Cuidado con tocar  y no me sobrepasen la línea de seguridad, dijo ella estirándose el uniforme y recobrando la compostura. No quiero lamentables incidentes. Carraspeó,  se sacó del bolsillo un caramelo Wherter,s Original, a los que era adicta,  y se lo metió en la boca para consolarse.