Día: 22 enero, 2020

El callejón

 

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Ilustración de Olga

Que la pelota se colara siempre en casa de Merche y no en cualquiera de las otras casas no tenía mucha explicación. No, porque ellos tres iban avanzando por el callejón dando patadas a la bola y pasaban por delante de todas  hasta llegar al final. En ese final estaba la que hacía de cierre, era la más grande y  tenía una verja muy alta y cuatro  cipreses que parecían soldados guardianes además de una cámara de vigilancia que movía su ojo de cíclope de  un lado a otro.  Ahí daban la vuelta y continuaban   hasta el otro extremo. Y en ninguna se les colaba la pelota, salvo en la de Merche.

Cruzaban por delante de la de Lautaro, el escultor, con su jardín asilvestrado,  lleno de gatos, por la de las tres mujeres (hija, madre y abuela) con su acicalado porche lleno de bunganvillas , por la de Isidro, el hombre que tenía un huerto  en la parte trasera y por la de ellos dos, donde veían la cabeza de su padre agachada sobre un libro. Como si fuera un muñeco con radar detector de hijos,  les advertía cada vez “no salgáis de la calle”. Después venía la de Merche y por último la  de Silvio, su amigo, esa siempre estaba vacía.   Era  la última o más bien la primera y ya no podían seguir avanzando porque empezaba otra calle más grande,  con coches circulando. Esa calle se llamaba  “Mira el pez”. Al fondo. abajo,  estaba la playa, el mar y los peces que había que mirar.

Pero ya no querían ir por las tardes a la playa a pescar cangrejos a las rocas,  no querían desde  que habían conocido a Silvio. Como él no iba, ellos tampoco. Antes de conocerlo no sabían que un chico se pudiera llamar así, tenían una prima Silvia pero Silvio… se hubieran reído del nombre cuando se presentó de no haber sido él un poco mayor, de no haber tenido ese pelo  largo que le tapaba uno de los ojos  o de no haber chutado con tanta fuerza una pelota que además era suya. Dijo: me llamo Silvio, movió la cabeza para apartarse el mechón que le tapaba el ojo izquierdo y  chutó como si rubricara, firmó con una trazo aéreo y la pelota cayó dentro de la casa de Merche. Entonces  gritó, “Mercheeeee, la pilota”. También se hubieran reído de que no supiera decir pelota, en el caso de que no se hubieran dado las anteriores circunstancias y en el caso de que les hubiera dado tiempo, lo que no ocurrió.

Al instante, como si se tratara de magia, la pelota apareció por encima de la verja y rebotó sobre sus pies.  A Merche no la vieron, ni esa vez ni nunca pero cada vez que  la pelota caía en su casa y cayó muchas veces, ella,  invisible desde el otro lado, se la devolvía. Jamás  protestó  ni les dijo, “dejad ya de colar la pelotita o id a jugar más lejos o tened cuidado que me estoy cansando,  ya no os la devuelvo más”. Eso nunca pasó.

Merche como mucho decía, “vaaaaa” y la pelota volvía dócil a los pies de los tres.  O no decía nada y la pelota también volvía y además con gran rapidez.  Tal vez Merche viviera solo para devolverles la pelota y  se divertía esperando escondida del otro lado de la valla porque no tenía otra ocupación esas tardes del verano. Igual que ellos tampoco tenían otra ocupación que la correr pasándose la pelota  de un extremo al otro del callejón  hasta llegar a la calle Mira el pez donde se paraban y  asomaban un poco  la cabeza, por si acaso.