Día: 11 febrero, 2020

Un relato oriundo

Un hombre llamado Merlín viajaba mucho. Viajaba por motivos laborales y también por afición. Se había recorrido casi todo el mundo aunque todavía le quedaba algún que otro lugar por ver. Como a él le gustaba explicar no era lo mismo ser turista que ser viajero, él era viajero y por eso desechaba determinadas visitas y procuraba rodearse de la gente del lugar y alojarse, no en hoteles ni apartamentos turísticos, de los cuales abominaba, sino en casas normales con personas oriundas. Le gustaba mucho todo lo oriundo y también la expresión “siempre y cuando”, que decía muy a menudo. Al decir “cuando”, alargaba la u.

Si no viajaba solía frecuentar un bar cercano a su casa, “El cruce”,  donde se encontraba con algunos amigos y conocidos sin necesidad de quedar. La mayoría de los asiduos de El Cruce eran comerciantes de la zona, entre ellos se encontraba Ciro, el de la tienda de zapatos.

Esa mañana, Merlín, recién aterrizado, se fue a eso de las doce a pasar un rato al Cruce.

De la Patagonia vengo,una caña y un pincho de tortilla, siempre y cuando no sea de ayer, le dijo con soltura al camarero.

Los otros le preguntaron cómo era eso de la Patagonia y qué tal le había ido y  él se puso a contarlo mientras daba tragos a su cerveza y mordía la tortilla que de ayer no era, pero puede que sí de antes de ayer.

No por llamarse igual que el  famoso mago de gorro estrellado, hacía este Merlín  magia alguna con las palabras. Algo dificultoso había entre él y ellas, algo rasposo. En su boca se atascaban  y sus relatos, en lugar de ir hacia delante, retrocedían y se situaban en un momento anterior al propio relato, en una especie de punto muerto.

Tal vez era a causa de la manía que tenía con la exactitud de las cosas, quería contarlo todo tal y como había sucedido, ser preciso, ser verídico, como si fuera un historiador de sí mismo. Para ello aportaba numerosos detalles sin interés como la situación exacta del lugar, su climatología, los medios de transporte que había utilizado para llegar, los horarios. Con todo ello la narración se enfangaba, se hacía pantanosa.

Los oyentes del Cruce hacía rato que bostezaban hacia dentro conteniendo la mandíbulas y tensando los músculos del cuerpo en un intento por no perecer ahogados de aburrimiento.

Adormecidos, le oyeron mencionar el  glaciar Perito Moreno y la ciudad de Ushuaia, el Lago de todos los santos y el río Peulla. A ratos reculaba y  explicaba otras cosas, no sabían cuales,  cada uno pensaba ya en lo suyo y miraban hacia la puerta anhelando la llegada de Ciro, el de la zapatería,  que debía estar al caer.

Cayó Ciro por fin y respiraron con alivio. Enseguida se introdujo en el relato y lo enderezó. Nunca había estado en la Patagonia, ni en la chilena ni en la Argentina, ni siquiera  había pisado el continente americano, algunos sospechaban que nunca había salido del barrio aunque ese dato no estaba confirmado.  Sus días transcurrían entre la zapatería, una tienda pequeña que daba a una calle también pequeña y poco concurrida, su casa y el bar. En la zapatería no tenía mucho qué hacer, ordenaba las cajas, pasaba un plumerito a los zapatos, se miraba los suyos propios en esos espejos a la altura de los pies, observaba la vida de la calle por el escaparate, si entraba alguien lo atendía a las maravillas y luego volvía a su tranquilo deambular.

Ciro introdujo unas cuantas onomatopeyas para darle sonoridad a aquella línea sin tono,  gesticuló abriendo y cerrando los brazos como si con ese movimiento diera impulso al atasco que había provocado Merlín, infló los carrillos imitando al viento y en un momento les trajo lagos y glaciares, paisajes nevados, desiertos y montañas iluminadas por el atardecer. Y todo lo hizo deprisa, llevándolos en su río de palabras que avanzaba torrencial, salpicando, brincando sobre las rocas. Subidos en el tren del fin del mundo regresaron agotados pero felices y con los ojos llenos de novedades.

¡Qué tamaño las ballenas australes!, nunca imaginé…dijo el camarero secándose la frente con la mano y sirviendo otra ronda de cañas.

Siempre y cuando, siempre y cuando haya en esto algo de verdad, contestó Merlín un poco desconcertado pues casi había disfrutado más con la narración de Ciro que con el viaje real.

Pinchó el último trozo de tortilla oriunda y la tragó con dificultad.