Día: 19 febrero, 2020

Nos vamos de mañaneo (2)

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Dibujo de Olga

 

Por fin salían,  daba mucha satisfacción dejar la ciudad atrás y empezar a ver terrenos sin edificar y un largo horizonte liberador hacia el que avanzaban. A los lados de la carretera, los frutales habían florecido.

-Qué belleza, dijo una mujer vestida de negro a la que antes no habían visto.

-Qué belleza, repitió mirándoles.

Cristina puso una sonrisa de tensa cortesía , Jacinto miró por su ventanilla,  no le interesaba intercambiar opiniones sobre las flores ni sobre nada con esa mujer. En ese momento el autobús se paró. Delante,  una larga hilera de coches también detenidos.

-¿Y ahora qué pasa? Estamos gafados.

-Parece que ha habido un accidente, dijo la mujer de negro dirigiéndose a ellos.

El cese del movimiento alteró  a los chicos que se iban de mañaneo, se habían sentado  al fondo, en las últimas filas, un poco más elevadas que el resto y desde allí reinaban.  El que llamaba a Eugenia la volvió a llamar.

-Eu, Eu, Eugeniaaaaaa.

Le  gustaba decir su nombre, solo eso. No acompañaba el llamamiento de ningún mensaje,  la nombraba como si nombrándola se acercara a ella o la tuviera un poco. Eugenia se reía, tenía una risa que se le escapaba  de la boca y rodaba por el pasillo del autobús.

La niña se giró para mirar, el grupo del fondo le atraía, sobre todo le gustaba la  chica, llevaba el pelo largo y suelto y, de vez en cuando,  cantaba y movía los brazos con los ojos cerrados bailando sentada. El que decía su nombre la miraba embobado pero como  si él mismo se diera cuenta de que eso no podía ser, rompía su embobe metiéndose con otro, un tal Curro.

-Curro, tío, hueles a establo. Das mazo asco. Tienes cara de gárgola o de esas figuras de la isla de Pascua. O de Marge Simpson, a Eugenia le mola Marge Simpson. Pero, ¿por qué estamos parados? Mi espalda llora, ¿de quién ha sido la puta idea de venir en bus, por qué hemos venido en bus?

-Porque renta más que la Renfe. Venga, un poco de reguetón.

El reguetón empezó a sonar por todo el autobús mezclándose con otra música que venía de delante, la de la radio que llevaba encendida el conductor.

-Eugenia, Eugenia, Euuuuu.

-Hola y adiós, dijo Eugenia después de echar la risa a rodar.

-Hola y adiós, dijo también la niña Cristina mirando a su madre.

-No copies lo que dicen, por favor, son unos maleducados y no te vuelvas tanto a mirarlos, ¿no ves que lo que quieren es llamar la atención?

La madre le giró la cabeza utilizando como asa la tiesa coleta.

Qué rabia le dio a la niña. Escuchó cantar a Eugenia, “se cansó de ser buena, ahora es ella quién los usa, pero si le ponen la canción, le da la depresión”. No entendía el final pero sí el principio. Y le gustaba.

-Y que este sea el futuro, dijo la mujer de negro mirando a los padres.

Era de las que tira el anzuelo a ver si engancha conversación,  pero esos dos peces no tenían hambre.

-Ya se les pasará, a los cuarenta ya se les habrá pasado, contestó el padre secamente.

La mujer juntó las manos como implorando al cielo.

-¿Qué preferís, diez años de cárcel o diez años en coma?, preguntó uno de los del fondo, el que hacía de animador.  Todos eligieron los diez años de cárcel.  Y qué preferís, ¿diez años a cuarenta grados o diez años a menos diez? También hubo unanimidad,  los menos diez.

Cristina se quedó pensando qué elegiría ella, con menos diez tendría que llevar siempre abrigo, gorro, bufanda y los zapatos feos de hoy.

-Eh, compadre, gritó uno al conductor, bájanos aquí que nos vamos andando. Fijo que llegamos antes andando. Vamos a cantar algo clásico, Rubén se hizo pis en el saco de dormir, ¿quién yo, yo no fui? Curro se hizo pis en el saco de dormir…

-Hola y adiós, hola y adiós, hola y adiós, dijo Eugenia y de nuevo soltó la risa por el pasillo.

-Esto ha tenido que ser un accidente vasto, vasto, que nos tenga que pasar  cuando nos vamos de mañaneo. Qué pereza estrellarse un sábado por la mañana. En plan, literal. Menos mal que tenemos cerveza.

Varias cabezas se giraron con indignación. Cristina aprovechó para mirar también, quería ver qué estaba haciendo Eugenia, si seguía bailando. Ya no, había apoyado la cabeza sobre el hombro de Curro, el de la cara de gárgola, y tenía los ojos cerrados.

El autobús, muy despacio,  empezó a circular, giró en un desvío, dejó atrás una grúa y una zona acordonada por la policía y retomó la carretera a velocidad normal.

Los del fondo aplaudieron y subieron el reguetón.

-Nos vamos de mañaneooo. Voy a confiar en vosotros pero como me falléis os rajo. No me hagáis bomba de humo, un poquito de mañaneo antes de la bomba de humo, que nadie se vaya a sobar a su casa.

-Te cinco los cinco, puta maravilla.

-Eugenia, Eugenia, Euuuuu.

-Hola y adiós, hola y adiós.

-Esto es insoportable, le dijo la madre al padre.

-Noto que en este autobús hay un poquito de ganas de apuñalamiento o de acuchillamiento, se oyó por el fondo.

La visión de una bonita urbanización rodeada de jardines los distrajo un momento a todos.

Qué belleza de lugar, dijo la mujer pescadora lanzando la caña con desgana hacia sus apáticos peces.

-Están to bacanas estas casas, tíos. La suerte cae donde cae. Aquí vive el Pecunias, sus padres tienen pasta. Cien por cien.

-Me encantaría vivir aquí, le dijo la madre al padre, ¿a ti no?

El padre no contestó porque estaba llamando otra vez al hermano.

-Matías, ya estamos casi llegando, nos deben faltar como unos veinte minutos poco más o menos, espéranos en la segunda parada, donde la laguna, ¿sabes dónde te digo?

-¿Cómo hacíamos para llegar antes a los sitios, para encontrarnos cuando no había teléfonos?, dijo la de negro mirando con un poco de mala idea al padre.

-Eugenia, Eugenia, Euuuuu, Euuuuu.

-Hola y adiós, hola y adiós, hola y adiós.

-Mira, mira, Cristina, una cigüeña. Y otra y ahí otra, dijo el padre.

Cristina fingió que miraba a la cigüeña pero a quién de verdad contemplaba era a Eugenia. La tenía fascinada.

Qué belleza de animal, dijo la de negro ya sin esperanza alguna.