Día: 16 abril, 2020

Los pajaritos cantan, pero no solo

 

Observando pájaros
Un dibujo de Olga Álvarez

 

No hay mucho que mirar por la  ventana ya que la calle está vacía a excepción de los paseadores de perros y algún que otro enmascarillado con carro o bolsas de la compra. El patio del colegio, antes lleno de niños corriendo, saltando, pateando balones, lanzando canastas, empujándose, bailando, haciendo el pino o tres volteretas laterales seguidas, pegándose, patinando o abrazándose, está desierto.

Por las ventanas de las clases se asomaban de vez en cuando caras distraídas o con ganas de armar lío. Han bajado las persianas, que son de color granate. Ojos cerrados, párpados enrojecidos. De lo que se han olvidado es de desconectar el timbre que avisaba sobre el fin del recreo. Sigue sonando para  detener unos juegos que no existen. De vez en cuando se pasea una monja solitaria, cruza el patio vacío, rodea las canastas de baloncesto y vuelve a la casa de la esquina donde  viven las pocas que quedan.

En esa casa, cubierta por un andamio, están haciendo una obra. Esta mañana he salido a comprar y me he encontrado con la cuadrilla de obreros, ninguno llevaba mascarilla y estaban hablando tranquilamente entre ellos, muy cerca unos de otros. Lo mismo he visto hacer a dos del servicio de limpieza del ayuntamiento. Me sorprende y preocupa esa indiferencia de algunos. Tampoco en el supermercado la gente se aleja demasiado, algunos sí pero no todos, he tenido que esquivar a unos  cuantos por los pasillos, me resulta tan estresante esa huida del congénere potencialmente contagioso que me olvido de la mitad de las cosas que iba a comprar. Estoy deseando salir a la calle,  pero  cuando salgo ya no me gusta, no es la calle que imaginaba desde casa, la normal, la de antes.

Pero no era de esto de lo que quería escribir.  Me cuesta hacerlo, si escribo del virus o de la pandemia pienso que nadie va a querer leer sobre lo mismo, es excesivo. Si hablo de otra  cosa creo que hago mal, me siento frívola. Y, sin embargo, voy a hablar de otra cosa: de los pájaros nuevos y también de los  viejos. Llevaba unos días sin prestarles atención porque una vez que descubrí de qué especie eran (halcones cernícalos) se me pasó la emoción de la novedad.

Tampoco se puede decir que sus hábitos  sean muy entretenidos.  La hembra está posada sobre la parte más alta del tejado y allí se pasa las horas, sin hacer a simple vista nada de particular, se atusa un poco las plumas o cambia de posición. Poco más. El macho es más activo y ruidoso, planea  por el  cielo emitiendo su sonido característico y vuela muy lejos, estará cazando o explorando el territorio. A veces vuelve y se abalanza sobre la hembra, ella no opone resistencia pero tampoco parece muy entusiasmada. Estos acercamientos son muy breves y rápidos, el macho vuelve e a irse dando gritos y ella se queda a  verlas venir, tan indiferente como antes.

En una de esas veces en las que ella estaba sola, tal vez meditando o qué sé yo, aparecieron cuatro urracas. También son aves habituales de la zona, asiduas del tejado y las antenas.  Con toda claridad presencié cómo acosaban a la halcona. Primero se acercó una por delante, después otra por detrás. La cernícala, fiel a su pasividad y carácter impertérrito, ni se movió. Una tercera urraca se colocó a su derecha y otra a su izquierda. Ya estaba rodeada. En ese momento, giró el cuello. Parecía la típica inocente que, aún acorralada, todavía cree que está haciendo amigos. O estaría empleando la táctica de la resistencia pasiva, tipo Gandhi.

Pero las urracas no estaban para resistencias pasivas ni para amistades. Nada que ver con esos vecinos tan simpáticos de las películas americanas que cuando llega alguien  nuevo al barrio llaman a su puerta con una tarta entre las manos. A las urracas la señora halcona les estaba tocando los picos, ¿quién era esa pájara y qué hacía en su territorio? No hacía falta preguntar: una intrusa. Se le acercaron al cogote las cuatro a la vez y con violentas formas le hicieron ahuecar el ala. Por si no le había quedado claro que no era bienvenida, la estuvieron  persiguiendo  un buen rato por el  cielo.

Pobre halcona, me dio pena. Durante un par de días no volví a ver a la pareja y pensé que las urracas habían conseguido expulsarlos,  pero ayer ya estaban otra vez en sus posiciones, ella mirando al frente, inmóvil como una estatua y él haciendo de macho alfa por los aires. Y bien alfa que es porque hoy, después de comer, que suele ser mi rato de mirar por la ventana, he presenciado cómo el cernícalo macho, (¿no había un crece pelo o una colonia  que se llamaba abrótano macho?),  casi mata de un certero picotazo a una urraca. Si se ha librado de la muerte es porque ha encontrado refugio en un hueco entre verja y ventana. El halcón, para no perder el impulso asesino y dejar claro quién manda a partir de ahora en estos predios, se ha puesto a atacar palomas.

Por si fuera poco el jaleo aviar, ya han llegado desde África  los vencejos, ¿se los querrá zampar también el halcón?

Los pajaritos cantan, pero no solo.