Día: 4 mayo, 2020

No somos hierbas

Estos días de fiesta ni siquiera estaba  el obrero de los guantes y sus tejemanejes con la furgoneta. Ni siquiera los cepos lámpara ni las cintas ni la bolsa naranja rodando de acá para allá.  Solo la monja de gris paseando. Se había cambiado un poco los modelos, el sábado llevaba una chaqueta de color vino y el domingo una blusa azul y la chaqueta gris anudada a la cintura porque hacía bastante calor.  Sus pasos ya no tenían tanto ímpetu, había abandonado la pista de atletismo y se desplazaba por el centro del patio, con menos concentración y sin tantos alardes de capacidades físicas. Más desganada,  cumpliendo una obligación, sin alegría, sin el estímulo de otra presencia, de otra mirada. Y además esa desgana se fue intensificando de un día para  otro. El sábado se quedó parada en mitad del patio observando la puerta  y el domingo, ya definitivamente harta, se sentó un rato a mitad de trayecto. Me entró mucha melancolía cuando se sentó y apoyó la barbilla en la mano, pero tampoco sé explicar por qué, creo que el encierro acentúa las emociones y al mismo tiempo las atonta. Te vuelve más sensible en algunos aspectos y más zoquete en otros.

Se sentó, sí, qué decepción, es el resultado de no tener público. En realidad ese público estaba solo en su imaginación  porque, aunque reales y carnales , -ahí estaban los obreros coincidiendo con ella en espacio físico y temporal-,  no le prestaban  ninguna atención y por lo tanto, no existían como tal público.  Y sin embargo, cabía la posibilidad de que llegaran a ser ese público soñado por ella en algún momento y eso le servía de estímulo.

Es como escribir en internet, puede que nadie te haga caso pero existe la posibilidad de que sí te lo hagan y por eso procuras hacerlo bien, te esmeras, como nos decían en el colegio.  Pero si estás escribiendo en un archivo del ordenador o en un cuaderno, es posible que te quedes mirando la puerta o que te levantes un rato, que en este caso sería el equivalente al sentarse de la monja.  Y que si no te sale fácil, abandones o no lo pulas tanto y lo dejes con algún que otro fallo que ya corregirás cuando sea o nunca.  Total, no lo va a leer nadie. A no ser que uno piense en un público futuro con el que establecer comunicación y escriba pensando en esos ojos que algún día recorrerán las letras.  Pero también puede ser que no se  piense en nadie ni en nada,  que el hecho de escribir  obedezca a una necesidad íntima, tal como hacen las hierbas. Cumplen con su tarea sin esperar nada a cambio.

Ellas  sí han seguido bailando al margen de su público.  Crecieron en silencio, proliferaron. Uno de estos días de atrás,  el viento muy fuerte las movía hasta hacerlas ondular como si fueran un mar vegetal. Era una belleza contemplar esas ondulaciones.  No lo hacen de forma voluntaria, ni siquiera son conscientes de que lo hacen, está en su ser ofrecer ese espectáculo, como lo estará en breves días volverse amarillas, secarse, irse apagando, bailar haciendo un ruido áspero y regresar a la tierra de la que nacieron sin más tonterías. Las hierbas son unas inconscientes y no se esmeran, no lo necesitan.  Pero no somos hierbas.

Miraré menos el patio ya que se puede salir a determinadas horas pero todavía lo seguiré mirando durante un tiempo porque la calle con tanta gente a la vez no me gusta.  Me sucede  como a un hámster que tuvimos en casa, de nombre Canelón. Como nos daba pena que estuviera enjaulado, empezamos a dejar que saliera un rato cada tarde  por el pasillo. Los primeros días y después de mucho pensárselo,  solo daba vueltas alrededor de su jaula, no se fiaba del mundo exterior ni de esa libertad repentina, después se fue aventurando un poco más pero enseguida regresaba con mucha prisa a tocar barrote.  Hasta que se acostumbró  y en cuanto abríamos la puerta salía disparado y procuraba escaparse. El territorio más exótico y lejano que llegó a explorar fue la parte de abajo del friegaplatos. No sé si le gustó.