Día: 19 mayo, 2020

Cristal de Murano

Frida odiaba las visitas y ahora esa niña del piso de abajo estaba a punto de llegar.

Te mando a la niña con un flan que acabo de hacer, así, de paso,  te hace un rato de compañía, le había dicho la madre por teléfono. Si necesitas algo más, me llamas.

¿Y para qué quiero yo un flan? A mí no me gusta el flan, refunfuñó Frida en cuanto colgó el teléfono.  Y encima la niña esa, ¿de qué iban a hablar? No se le daba bien la conversación y de niños no tenía ni idea, ¿qué podría interesarle a una niña de unos diez años? La había visto alguna vez, abajo, en el jardín, con dos amigas más, se reían como tontas, una vez las vio intentando acariciar a los gatos sarnosos de los soportales, que las rehuían,  y otra se las encontró en el supermercado, espachurrando bollos  y también riéndose como bobas.

Y aquí tenía ya a la boba, en la puerta, con la flanera.

-Pasa, guapa, gracias por venir, siéntate un poco, lo tengo todo un poco revuelto pero con este esguince que me he hecho en el tobillo tengo que guardar reposo y no he podido ordenar.

La niña miró la sala con asombro, le pareció ordenada y limpia,  era igual que su casa pero mucho más grande, el doble de grande.

Frida adivinó lo que estaba pensando.

-Tiré dos tabiques para poder poner el piano y que quedara más espacio, con una habitación tengo más que suficiente, solo estoy yo, dueña y señora, como suele decirse.

El piano, dijo la niña con voz de admiración. Y luego no dijo nada más, seguía con la flanera entre las manos, observando.

-El piano, sí, el pianito.  Lo odio ¿lo sabías?

La niña puso cara de susto y luego de risa.

-Ahora me dedico a las clases pero también he dado conciertos, muchos, por todo el mundo.  Yo no quería estudiar música pero mi madre dijo: tú, Frida, vas a ser pianista y me colgó el piano de la espalda. Mi cruz.

Frida se levantó para llevar el flan a la cocina, cojeaba. Después fue a su cuarto y sacó la caja de los collares. Que elija unos cuantos y se vaya, no sé de qué hablar con ella y cuando no sé de qué hablar acabo contando más de la cuenta, ¿para qué le habré dicho que odio el piano?

-Mira cuántos collares tengo aquí,  te dejo que te lleves los que quieras. Venga, sin miedo, sin miedo.

La niña, sin atreverse a más, eligió uno corto y rojo.

-Es de cristal de Murano, le explicó Frida.

-Sabrá esta qué es el cristal de Murano.

No lo sabía, era verdad, pero se le quedó grabado y por el camino, mientras tocaba las piezas cuadradas, se lo iba repitiendo, “es de cristal de Murano, de Murano, de Murano”. Se lo probó en el ascensor, no le gustaba cómo le quedaba puesto, era de vieja, pero sí tenerlo en la mano, su color rojo, su tacto.

Abajo le estaban esperando sus dos amigas, llevaban un plato y leche para atraer a los gatos.  Les dijo, chuleándose un poco,  que venía de casa de Frida, la pianista.

-¿Ha tocado algo?

-Claro, todo el tiempo, es lo único que hace, toca y toca y no para de tocar  porque le encanta la música, es su vida. Si algún día no tocara, solo con un solo día que dejara de hacerlo, se moriría, se moriría de golpe, eso me ha dicho.