Día: 9 junio, 2020

Larry

Como no le dejaban tener un perro, Marcelo decidió ser perro él mismo. Ya llevaba varios días recorriendo el jardín a cuatro patas y ladrando como respuesta cuando se dirigían a él. También pasaba bastantes ratos debajo del castaño, tumbado de medio lado como había visto hacer al perro del vecino. Y cuando algo le llamaba la atención, también como hacía el perro del vecino,  levantaba la cabeza con sobresalto, la mantenía quieta y concentrada un momento y salía disparado,  olisqueando el suelo, en busca de lo que fuera.

No era tan sencillo ser perro a todas horas, se daba algunos descansos, sobre todo cuando no lo miraban,   pero mantenía firme  su decisión. Era divertido convertirse a  ratos en otro ser, en el ser que más quería, dejando aparcado a Marcelo,  y también lo era comprobar que, a medida que pasaban los días y no cejaba, los nervios de su madre se iban alterando.

Esa mañana de julio hacía mucho viento, un viento caliente que se colaba  por las rendijas de las ventanas y las hacía gemir, que removía las copas de los árboles y les arrancaba prematuramente hojas todavía verdes.   Estaban solos en el jardín, él y su hermana Claudia. Yeseña entraba y salía de la casa, vigilando.  A Yeseña no le ponía nerviosa que Marcelo ladrara en vez de hablar, se reía y decía, “es chistosa esta criatura”.  También le hacía reír que  Claudia jugara a operar a sus  muñecas. En ese instante se disponía a hacerle con un palo una cirugía abdominal de urgencia  a una de sus muchas Barbies.

Antes de que pudiera empezar la delicada y peligrosa  operación, algo se  cayó del árbol delante de las narices de Marcelo. O de su hocico.  Era un pájaro pequeño, negro, con reflejos azules en las alas. Si hubiera sido un perro de verdad se lo hubiera comido sin más dilación.  El pajarito temblaba. Marcelo dejó de ser perro y  llamó a gritos a Yeseña.  Su hermana tiró el palo bisturí y corrió hacia él. Yeseña también vino  pero sin correr, rara vez se agitaba.  Los tres miraron en silencio al pequeño pájaro que  no dejaba de temblar.

¿Qué nombre le vamos a poner?, preguntó Claudia  ¿Larry?, sí, Larry.

Se agachó para cogerlo entre sus manos porque, una vez nombrado,  lo consideraba suyo,  pero Yeseña se lo impidió.

No lo toque, mija, si lo toca, morirá. Cuando se caen del nido hay que dejarlos donde están, ya vendrá la madre a por él.

Claudia obedeció  y Marcelo, como no sabía qué otra cosa mejor podía hacer, volvió a su postura canina y se puso a ladrar. También aulló un poco, a la desesperada.  Larry seguía temblando pero consiguió dar unos torpes saltos y se acomodó en un rincón al sol. Tuvieron que entrar a comer y cuando salieron de nuevo, compitiendo en escupir lo más lejos posible huesos de cereza,  ya no estaba.

-¿Qué les dije? Ya vino la madre y se lo llevó al nido, allí estará bien, dijo Yeseña.

Pero al día siguiente otra vez vieron a Larry en el suelo, estaba en la esquina contraria y le faltaba un ojo.

-¡Chuta!, fueron las hormigas, exclamó Yeseña  sin darse cuenta del terror que ese dato acababa de provocarles. Claudia se sobrepuso y  fue a por una caja de zapatos donde acostar al pájaro tuerto y darle los primeros auxilios.  En un momento tan dramático como ese, Marcelo no sabía si ser niño o ser perro, si era niño tendría que ocuparse de hacer algo con Larry, pero si era perro bastaba con olerlo, decidir que no era manjar para él y alejarse como si no le interesara. Eligió perro.

Claudia se pasó toda la mañana acarreando  la caja con Larry dentro, cuidándolo, tratando de alimentarlo con pan mojado en leche. Ya era suyo y también su responsabilidad.  Yeseña se quedó  dormida en el sofá columpio y Marcelo, de vez en cuando,  en venganza, recuperaba su posición erguida y mataba a pisotones todas las hormigas que veía.

A  las seis oyeron llegar el coche de su madre.

Hola, hola, ya estoy aquí,  dijo como de costumbre.

Marcelo contestó de lejos con varios ladridos que fueron subiendo en intensidad para demostrar lo mucho que se alegraba de verla. Claudia, que no había llorado en todo el día, inició un aparatoso duelo  moviendo ante los ojos de la madre  la caja lecho del dolor donde agonizaba Larry. Yeseña se levantó rápidamente del columpio, se frotó los ojos  y agarró el escobón de las hojas.

Estoy dejando todo muy limpiesito, dijo tranquila,  sonriente.

A las siete de la tarde, Larry murió. Marcelo sabía que tendría que ir a un entierro y participar en un elaborado funeral. En lo que llevaban de verano ya había ido a dos: el de un escarabajo y el de un caracol, a Claudia le gustaba mucho organizar honras fúnebres y las de Larry prometían ser mucho más intensas que las de los otros dos. Cuando llegara la hora, se volvería perro.

Por la noche, siendo ya niño en su cama, pensó en la corta y dramática vida de Larry y sintió miedo y pena, estaban mezclados de tal manera que no se podía distinguir a la una de la otra.