Larry

Como no le dejaban tener un perro, Marcelo decidió ser perro él mismo. Ya llevaba varios días recorriendo el jardín a cuatro patas y ladrando como respuesta cuando se dirigían a él. También pasaba bastantes ratos debajo del castaño, tumbado de medio lado como había visto hacer al perro del vecino. Y cuando algo le llamaba la atención, también como hacía el perro del vecino,  levantaba la cabeza con sobresalto, la mantenía quieta y concentrada un momento y salía disparado,  olisqueando el suelo, en busca de lo que fuera.

No era tan sencillo ser perro a todas horas, se daba algunos descansos, sobre todo cuando no lo miraban,   pero mantenía firme  su decisión. Era divertido convertirse a  ratos en otro ser, en el ser que más quería, dejando aparcado a Marcelo,  y también lo era comprobar que, a medida que pasaban los días y no cejaba, los nervios de su madre se iban alterando.

Esa mañana de julio hacía mucho viento, un viento caliente que se colaba  por las rendijas de las ventanas y las hacía gemir, que removía las copas de los árboles y les arrancaba prematuramente hojas todavía verdes.   Estaban solos en el jardín, él y su hermana Claudia. Yeseña entraba y salía de la casa, vigilando.  A Yeseña no le ponía nerviosa que Marcelo ladrara en vez de hablar, se reía y decía, “es chistosa esta criatura”.  También le hacía reír que  Claudia jugara a operar a sus  muñecas. En ese instante se disponía a hacerle con un palo una cirugía abdominal de urgencia  a una de sus muchas Barbies.

Antes de que pudiera empezar la delicada y peligrosa  operación, algo se  cayó del árbol delante de las narices de Marcelo. O de su hocico.  Era un pájaro pequeño, negro, con reflejos azules en las alas. Si hubiera sido un perro de verdad se lo hubiera comido sin más dilación.  El pajarito temblaba. Marcelo dejó de ser perro y  llamó a gritos a Yeseña.  Su hermana tiró el palo bisturí y corrió hacia él. Yeseña también vino  pero sin correr, rara vez se agitaba.  Los tres miraron en silencio al pequeño pájaro que  no dejaba de temblar.

¿Qué nombre le vamos a poner?, preguntó Claudia  ¿Larry?, sí, Larry.

Se agachó para cogerlo entre sus manos porque, una vez nombrado,  lo consideraba suyo,  pero Yeseña se lo impidió.

No lo toque, mija, si lo toca, morirá. Cuando se caen del nido hay que dejarlos donde están, ya vendrá la madre a por él.

Claudia obedeció  y Marcelo, como no sabía qué otra cosa mejor podía hacer, volvió a su postura canina y se puso a ladrar. También aulló un poco, a la desesperada.  Larry seguía temblando pero consiguió dar unos torpes saltos y se acomodó en un rincón al sol. Tuvieron que entrar a comer y cuando salieron de nuevo, compitiendo en escupir lo más lejos posible huesos de cereza,  ya no estaba.

-¿Qué les dije? Ya vino la madre y se lo llevó al nido, allí estará bien, dijo Yeseña.

Pero al día siguiente otra vez vieron a Larry en el suelo, estaba en la esquina contraria y le faltaba un ojo.

-¡Chuta!, fueron las hormigas, exclamó Yeseña  sin darse cuenta del terror que ese dato acababa de provocarles. Claudia se sobrepuso y  fue a por una caja de zapatos donde acostar al pájaro tuerto y darle los primeros auxilios.  En un momento tan dramático como ese, Marcelo no sabía si ser niño o ser perro, si era niño tendría que ocuparse de hacer algo con Larry, pero si era perro bastaba con olerlo, decidir que no era manjar para él y alejarse como si no le interesara. Eligió perro.

Claudia se pasó toda la mañana acarreando  la caja con Larry dentro, cuidándolo, tratando de alimentarlo con pan mojado en leche. Ya era suyo y también su responsabilidad.  Yeseña se quedó  dormida en el sofá columpio y Marcelo, de vez en cuando,  en venganza, recuperaba su posición erguida y mataba a pisotones todas las hormigas que veía.

A  las seis oyeron llegar el coche de su madre.

Hola, hola, ya estoy aquí,  dijo como de costumbre.

Marcelo contestó de lejos con varios ladridos que fueron subiendo en intensidad para demostrar lo mucho que se alegraba de verla. Claudia, que no había llorado en todo el día, inició un aparatoso duelo  moviendo ante los ojos de la madre  la caja lecho del dolor donde agonizaba Larry. Yeseña se levantó rápidamente del columpio, se frotó los ojos  y agarró el escobón de las hojas.

Estoy dejando todo muy limpiesito, dijo tranquila,  sonriente.

A las siete de la tarde, Larry murió. Marcelo sabía que tendría que ir a un entierro y participar en un elaborado funeral. En lo que llevaban de verano ya había ido a dos: el de un escarabajo y el de un caracol, a Claudia le gustaba mucho organizar honras fúnebres y las de Larry prometían ser mucho más intensas que las de los otros dos. Cuando llegara la hora, se volvería perro.

Por la noche, siendo ya niño en su cama, pensó en la corta y dramática vida de Larry y sintió miedo y pena, estaban mezclados de tal manera que no se podía distinguir a la una de la otra.

31 comentarios en “Larry

  1. Qué bien reflejas en tus relatos el mundo de la infancia, Paloma. Yo también fui perro de pequeña, aunque quizás no con tanta insistencia, y también tuve mascotas que murieron y se convirtieron en mis primeras aproximaciones a la muerte. Un abrazo.

    1. ¡Qué graciosa, Mayte! 🙂
      No es malo que los niños aprendan sobre la muerte con naturalidad. Nuestra sociedad la oculta y no solo a los niños.

      Muchas gracias y otro abrazo

  2. Qué relato tan interesante y entretenido. Se me pasó por la cabeza que Marcelo el perro pudiera coger con la boca al pájaro, la primera vez, y llevárselo, pero sin comérselo. Un perro podría hacer eso. Entonces sí que a la madre le da un patatús.También me he reído mucho con las dudas existenciales del niño, de ser humano o perro, en ese momento crítico (Larry malherido). Pues tiene sus ventajas ser perro en algunos momentos. Es gracioso.
    El ver los estertores de algún animal moribundo (casualmente aves) es bastante inquietante.
    Besos.

    1. Tienes razón, podría haberlo cogido con la boca o fauces pero no se atreve. Le convino más ser niño en ese momento.
      No me quiero ni imaginar esos estertores, supongo que sufrirán. El proceso está mal diseñado, que lo cambien.
      Besos, What. Y gracias!!

  3. Esa mezcla de miedo y pena es terrible…se pasa muy mal.
    Pobre Larry,tan chiquitín…
    : (
    En casa de mi abuela una vez salvamos a un pajarillo,cuando estuvo bien se pudo marchar volando.
    : )

    Besos!

  4. Me gusta como escribes, casi siempre y mucho más, cuando haces que tus palabras resuenen con algo que anda medio escondido en el interior. Un besazo.
    Tengo un vecinillo que ladra que es un primor.

  5. Ohhh… Paloma, todos , estoy segura de ello , teníamos en la niñez los entierros de los bichitos o pajaritos que caían de sus nidos. Yo con mi amiga hicimos un bonito ataúd de una cajita adornandola con un trocito de terciopelo por lo que tuve una bronca tremenda de mi madre. Ella era modista y precisamente aquel trozo le trajo una clienta para elaborar los botones. Pues nada, pero el pajarito fue enterrado como Díos manda.
    Un precioso texto. Te adoro , Paloma.

    1. Lo que es adorable es tu comentario. Es como otro relato dentro de este. Me ha gustado mucho la historia del terciopelo para los botones y el fin que le diste.
      Muchas gracias, Tatiana :))
      Besos

  6. Nunca entendí porqué nos engañaban diciendo que mamá pajaro cogería al pollito y volvería al nido… ahora ya mayor sí lo entiendo y no sé si es mejor la mentira o la verdad.
    Perfectamente descriptivo como siempre. Un abrazo

    1. Es verdad, demasiados ladridos muy feos en el exterior.
      Un honor que te recuerde a Calvino, hace mucho que no leo nada suyo pero de joven era uno de mis escritores preferidos. Creo que leí todos sus libros. O casi todos.

      Besos, Roque

  7. Siempre queremos alejar a los niños de la presencia de la muerte, como si fuera algo ajeno a sus vidas, sin embargo están más familiarizados con ella de lo que pensamos. Un relato triste y, a la vez, muy estimulante. Saludos.

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